Heredietariedad moral

Los progenitores suelen transmitir con frecuencia a sus hijos una semejanza física. ¿Les transmiten también un parecido moral?

– No, puesto que se trata de almas o Espíritus diferentes. El cuerpo procede del cuerpo, pero el Espíritu no procede del Espíritu. Entre los descendientes de las razas sólo existe consanguinidad.

Pregunta 207

Varios proverbios resaltan la idea de que los hijos reproducen defectos y cualidades de los padres: tal padre, tal hijo…

Hijo de pez, pececito es…

Quien sale a los suyos no degenera…

Hijo de gatos, ratas mata…

Hijo de burro puede ser lindo, pero un día dará coces.

Bien, depende del ángulo en que observemos el asunto. En cuanto a la estructura física es notorio que funciona la heredietariedad. Hija de padres obesos difícilmente será maniquí.

Hijo de padres delgadísimos tendrá pocas oportunidades de ser luchador de sumo.

Hay, también, cierto peso hereditario determinando el cociente de inteligencia. Padres de CI elevado guardan mejores oportunidades de tener hijos inteligentes. Investigaciones demuestran eso.

Aquí es necesario llevar en consideración el nivel social. Individuos de CI elevado obtienen mejor éxito profesional, garantizando una razonable estabilidad económico-financiera. Consecuentemente sus hijos serán bien nutridos, tendrán mejores escuelas, cuidados médicos adecuados, vida más saludable, opciones numerosas de deporte y ocio. Todo eso favorece el desarrollo intelectual.

Importante recordar siempre, en el estudio de la reencarnación, que el Espíritu se subordina a las posibilidades del cuerpo que le sirve a las experiencias humanas, como un corredor de Fórmula Uno está sujeto a las potencialidades de su máquina.

Ayrton Senna, as del automovilismo mundial se hundiría en el ostracismo sin un vehículo con tecnología punta.

Un genio de la Espiritualidad tendrá inmensas dificultades en movilizar su potencial en un cuerpo subnutrido desde el embarazo. Esto es claramente demostrado en las experiencias con adopción. Hijo de chabolistas humildes, paupérrimos, es adoptado por una familia rica, aun recién nacido. Recibe desde temprano lo que hay de mejor en alimentación y cuidados médicos.

El bienestar de este bebé, en la edad adulta, con un hermano que permaneció en la favela, revelará una sensible diferencia en favor del primero. Lo mismo no se puede decir en cuanto a la moral.

No heredamos la bondad o la maldad, el altruismo o el egoísmo, el vicio o la virtud de nuestros padres. Estos valores no están impresos en los genes, ni se condicionan a la estructura o desarrollo del cuerpo físico. Constituyen un patrimonio del Espíritu. Hay, sin duda, también aquí, la influencia del medio. El niño es sensible a los ejemplos que recibe, a la presión del ambiente en que vive.

Pero es una influencia relativa, incluso porque la evolución moral se opera de dentro para fuera, a partir de la disposición intima del individuo en luchar contra sus imperfecciones y deficiencias. Por eso los hijos revelan sus propias características, eminentemente personales, su manera de ser no es raro, en oposición al lugar en que viven y a los estímulos que reciben.

La mejor demostración de eso está en el propio hogar. En una familia de cinco hijos, con los mismos padres, el mismo ambiente, los mismos cuidados, bajo las mismas condiciones, son todos diferentes entre sí, como los dedos de la mano.

Hay un cariñoso; otro que es muy agresivo.

Hay el que no le gusta mentir; otro que se destaca por ser amigo del engaño.

Hay el fascinado por sonidos estridentes; otro que prefiere música suave.

Hay el ávido por aventuras amorosas; otro extremamente prudente en el relacionamiento afectivo.

Entre padres e hijos, la misma antítesis.

Ejemplo destacado: Marco Aurelio y Cómodo.

Marco Aurelio, el más virtuoso y sabio de los emperadores romanos, inmortalizado por su amor a la filosofía y a las letras. Cómodo, su hijo, habría pasado anónimo por la Historia, si no fuera por el lamentable destaque para su crueldad y libertinaje.

La moral, por tanto, es la tarjeta de identidad del Espíritu, dándonos cuenta de que él es hijo de sí mismo, de sus patrimonios íntimos, de sus experiencias pasadas, revelándonos el nivel de evolución en que se encuentra. En otro día, refiriéndose a una familia donde padres e hijos tienen un comportamiento inmoral, siempre dispuestos a lesionar al semejante, un amigo comentaba:

– Es todo harina del mismo saco.

Realmente, esto puede acontecer, no por herencia moral o mera influencia de ambiente, sino por afinidad. Una familia de bandidos es constituida por Espíritus que tienen esa tendencia. Una familia de gente honesta y digna integra Espíritus del mismo porte. Hay, aun, la “oveja negra”, un hijo degenerado, de comportamiento inconsecuente y vicioso, en el seno de la familia ajustada. Espíritu atrasado que fue escogido con el propósito de ser ayudado en su aprendizaje. Lo inverso también ocurre: una “oveja blanca” entre marginales. Espíritu evolucionado en una tarea sacrificial en favor de los familiares.

***

Algo semejante ocurre con relación a la vocación, punta visible de nuestro universo íntimo, sin subordinación a factores hereditarios o ambiente. Desde la más tierna infancia el niño revela tendencia y habilidades relacionadas con determinada actividad que, no es raro, sorprenden a los adultos. Si hubiese una escuela para los padres una disciplina sería indispensable: cómo ayudar a los hijos a seguir sus inclinaciones, en el indispensable casamiento entre vocación y profesión. Cuando esto no ocurre, tenemos verdaderos desastres:

Malos médicos que serían excelentes hacendados.

Malos abogados que serían buenos músicos.

Malos administradores que se les darían mucho mejor como operarios.

Dice Gibran Khalil Gibran, en “El Profeta”:

Vuestros hijos no son vuestros hijos. Son los hijos y las hijas del ansia de la Vida, por si misma. Ellos vienen a través de vosotros, pero no de vosotros. Y aunque vivan con vosotros, no os pertenecen.

Jesús dijo algo semejante en el famoso diálogo con Nicodemo, cuando dijo:

El Espíritu sopla, donde quiere; tu, escuchas su voz, pero no sabes de donde viene ni para donde va…

Los dos textos se aplican a la concepción reencarnacionista, dándonos cuenta de que los hijos traen sus propias aptitudes y sentido moral. Podemos y debemos ayudarlos a desarrollar para el Bien esos valores. Para eso están junto a nosotros.

Consideremos, con todo, que llegará el momento en que seguirán sus caminos. Entonces, aprenderán con sus propios errores y crecerán con sus propios aciertos.

Richard Simonetti.
Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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