¡Murió de frío!

Una tarde fui con mi amiga Herminia Guzmán a una casa de campo que posee en Carabanchel, sitio de preferencia, porque allí pasó su primera juventud con sus padres; allí se casó; allí sonrió a su primer hijo y allí derramó sus primeras lágrimas. Hoy Herminia, mujer muy buena, es profundamente desgraciada, a causa de su marido y de sus hijos, sin otra ventaja en medio de su desventura, que la de una posición adinerada. Suaviza sus amarguras la fe religiosa, esperándolo todo del amor y de la justicia divina.

Al llegar a la quinta, lo primero que hizo fue enseñarme la casa. Luego nos refugiamos en el gabinete que ella ocupara de soltera, donde me mostró retratos, poesías de sus compañeras de colegio, y por último una cajita de raso blanco, en cuya tapa había bordadas con seda azul estas palabras: «¡Murió de frío!». La caja contenía una flor seca y un rizo de cabellos rubios como el oro.

-Esto tendrá su historia -dije a Herminia.

-Y muy triste por cierto: ¡Pobre niño! ¡Cuánto me quería!

-¿Ha muerto el que te dio esta flor?

-Sí, murió; los ángeles no pueden vivir en la Tierra. ¡Si le hubieras conocido! Sus ojos hablaban más que sus labios.

-¡Cuéntame, cuéntame!

-Estando una tarde en casa del capataz, que está aquí cerca, vi venir una pobre anciana, ciega, lanzando lastimeros ayes, apoyada en el hombro de un niño que tendría unos diez años. Llamáronme la atención, porque no iban sucios ni harapientos, y el niño era una figura por extremo delicada, con unos cabellos rubios hermosísimos y unos ojos grandes y melancólicos. Antes que ellos me hablaran, les salí al encuentro, y pregunté a la anciana si se había muerto alguien de su familia, o le había sucedido alguna desgracia. Al oír mi voz la pobre vieja redobló su llanto, y con sollozos entrecortados me contó sus penas. Había perdido a su marido, a su hija, a su yerno, quedándole sólo su nieto enfermo, con palpitaciones en el corazón, sin fuerza para el trabajo. Vivían con un hermano de su esposo; pero éste se había cansado de mantenerlos y les había arrojado a la calle pretextando que no podía ni quería holgazanes en su casa. ¡Ay!, los holgazanes
eran una anciana ciega y un niño enfermó que no podía tenerse en pie. Yo me conmoví tanto, que les dije:

-No se apure usted, señora. Hablé a la mujer del capataz, y la misma noche ya pudieron dormir bajo un techo amigo aquellos desheredados de la fortuna y del mundo.

-¡Qué contento para ellos! ¿,No?

-Ya lo creo; mucho más cuando se persuadieron de que a mi lado tenían amparo y consuelo para toda su vida. Mis protegidos supieron captarse las simpatías de todos los de casa; amos y criados competíamos en darles pruebas de cariño para hacerles grata la existencia. Paula se hacía útil; a pesar de no ver la luz del día, hacía medias, cosía, y nunca quería estar ociosa. ¡Pobre mujer!, ¡cuán buena era! Guillén, el niño, era un encanto, por su talento, su dulzura y su inalterable resignación. El infeliz se ahogaba; no podía dormir acostado. ¡Y jamás se quejaba! Lo único que solía decir era que sentía frío. Yo creo que era más frío del alma que del cuerpo, porque, según podía adivinarse, mortificábale verse necesitado de vivir a expensas de otros. Apenas tomaba alimento, y yo, conociendo su excesiva delicadeza, me lo llevaba a paseo y le contaba historias. Eran éstas las mejores horas de su vida. Yo le amaba con todo mi corazón.

-¿Qué edad tenías entonces?

-Dieciocho años, y él catorce; pero Guillén no parecía representar más de diez. Una tarde, paseando por el campo, nos encontramos en el suelo una moneda, una peseta que yo recogí y se la di a Guillén, diciéndole:

-Toma, para ti, para comprar lo que quieras: ¿qué deseas adquirir?

-Para mí, nada -dijo el niño-; para ti… ¡deseo tantas cosas!… Y la mirada de Guillén irradiaba una luz divina.

-¿Deseas muchas cosas?… ¿Y qué cosas son esas?-le dije sonriéndome.

-¡Qué cosas son esas!… Quisiera estar sano; porque trabajaría, sería escultor, haría tu estatua de mármol blanco, y como sería una obra admirable, ganaría con ella el primer premio; después tendría mucho dinero, llevaría a mi pobre abuela en coche y la acompañaría al teatro. Llegaría a ser rico, muy rico, y entonces…

-¿Y entonces, qué? -le pregunté, viendo que callaba.

-Entonces, si tú me querías… me casaba contigo. Pero… nada de esto es posible. Estoy enfermo, muy enfermo; tengo siempre tanto frío… Sólo cuando estoy a tu lado se me quita ese temblor convulsivo que agita violentamente todo mi ser.

Al día siguiente, no vino Guillén a verme como de costumbre, y fui yo a buscarle, llena de inquietud. Díjome la ciega que su nieto había salido para comprar una cosa que me gustaría mucho. Ya estábamos todos inquietos por su tardanza, cuando vimos venir a Guillén. Yo salí corriendo a su encuentro. Venía pálido como un difunto, temblaba dominado por el frío; pero su mirada expresaba una profunda satisfacción. Presentóme una lindísima camelia blanca, diciéndome:

-Mira: el primer dinero que me ha dado la Providencia, lo he gastado en la flor que más le gusta. Querían más dinero por ella; pero tanto he suplicado, que al fin me la dieron por la peseta hallada en nuestro paseo. ¿Estás contenta?

No supe qué contestar. Las lágrimas resbalaron por mis mejillas, considerando cuán frágil era la vida del pobre niño. El médico nos había dicho en secreto que Guillén se nos quedaría muerto de un momento a otro, cuando menos lo pensáramos. ¡Pobre Guillén! Mezcló sus lágrimas a las mías y me envolvió en una de esas miradas de amor inefable, cuya expresión nadie sabría traducir bien a nuestro lenguaje. Puse en un búcaro con agua la flor, que duró lozana más de quince días. En ese tiempo, Guillén se agravó y todos le veíamos ya camino del sepulcro.

-Enséñame la camelia -me dijo, cuando ya apenas tenía aliento para hablar. Fui por ella, se la presenté, y mirándola exclamó:

-¡Qué lastima! Las hojas de esta flor quieren desprenderse de su tallo, como mi alma quiere desligarse de mi cuerpo; no te la lleves, déjamela mirar; verás, cuando le caiga la primera hoja, mi cuerpo caerá también.

Oyendo estas desconsoladoras palabras, hice un movimiento brusco, agitóse la flor, y como pequeñas mariposas, algunas hojas se desprendieron. Guillén las miró angustiosamente y murmuró con voz apagada:

-Los cuerpos son las hojas del árbol de la vida; cuando las hojas caen, algunas almas lloran: ¿quién llorará por mí?

Copiosas lágrimas afluyeron a mis ojos; pero Guillén ya no me veía; su espíritu se desprendía de su carcel terrestre para lanzarse en el infinito espacio.

-¡Guillén! -grité angustiada.

El niño se estremeció y me miró fijamente.

-¡Guillén! -grité de nuevo. Incorporóse entonces un poco y respondió con voz casi ininteligible:

-Aquí hace mucho frío; no quiero estar aquí….

Y se fue aquella alma de fuego, dejándome tanto frío en el corazón, que han pasado veintidós años y estoy tiritando aún; y eso que algunas veces los espíritus vienen a consolarme.

-¿Sí?… ¿.Qué me dices?

-Tanto he sufrido, que he apelado a todo, hasta aceptar el Espiritismo, que según dicen muchos, es una locura.

-¿De modo que tú eres espiritista?

-No sé si lo soy; lo que sí puedo decirte es que al morir Guillén me quedé tan desconsolada, que mi dolor llegó a asustar seriamente a mi familia y a mi confesor.

-¿Y la pobre ciega?

-La infeliz decía que estaba contenta con la muerte de su nieto, porque como conocía muy bien su carácter, sabía que el sufría muchísimo. Por su comprensión no era un niño, sino un hombre pensador que al verse impotente por sus dolencias, se consumía. La pobre vieja vivió pacíficamente seis años más. A poco de morir el único ser que me ha amado en el mundo, después de mis padres, conocí al que más tarde fue mi marido. Mi familia arregló el casamiento, creyendo que olvidaría mi primer amor. Con mi primer hijo creí en la felicidad; pero pronto me convencí de que una cosa es crear la familia, y otra crearse las simpatías en el seno de la misma. Espíritus rebeldes, indómitos, de perversas intenciones, me han rodeado, para hacerme sufrir y recordar más y más a aquel niño de rubios cabellos, de dulce mirada y maravillosa inteligencia, que tan feliz me hacía con su cariño. Un día le conté a mi confesor cuánto me atormentaba y a la vez me halagaba aquel recuerdo, y mi confesor, que era muy estudioso y sabio, al verme desesperada me dijo:

-Mira, hija, para tu consuelo voy a abrirte un camino que está anatematizado por la Iglesia. Aquí para entre los dos, muchas cosas excomulgan las religiones movidas por intereses puramente terrenales. Has de saber que las almas viven después de dejar su cuerpo, y prosiguen su existencia en cumplimiento de eternas leyes. Desde la más remota antigüedad, los muertos se han comunicado con los vivos. Llama a Guillén con tu deseo, y tal vez te concederán los espíritus el consuelo de ponerte en relación, si no con él precisamente, con algún ser del espacio que te hable de él y de la vida espiritual. A nadie hables de lo que acabo de decirte, y entrégate en brazos del Espiritismo, que es nuestra Providencia.

Aquella misma noche, mientras esperaba a mi esposo, que siempre se retira al amanecer, ensayé el consejo de mi confesor, y nada obtuve. Seguí durante dos meses deseando esperanzada, hasta que al fin una noche -hacía diez años que Guillén había muerto-, me pareció que me hablaban al oído. Presté toda mi atención, y comprendí algunas palabras incoherentes, sin ilación alguna. En estos ensayos de algunas noches, pude obtener al fin algunas comunicaciones por escrito.

-¿Las tienes?

-Sí, aquí. Están dentro de esta cajita.

Y abriendo y levantando un doble fondo, sacó varios papeles cuidadosamente doblados, con fechas distintas.

-Lee éste -me dijo Herminia.

Y me entregó un papel con la siguiente comunicación, escrita con letra casi microscópica:

-¡Herminia! ¡Ten valor! Ten fe y espera resignada, que también para ti lucirán días mejores. Tú, más dichosa que otros seres, has visto sonreír la felicidad, simbolizada en un niño que te amaba como saben amar los espíritus de luz. Él está contigo, te inspira fortaleza en las duras pruebas de tu vida. Murió de frío, como mueren todos los seres acostumbrados al calor de otra vida. No pueden resistir la temperatura glacial de ese mundo.

»El niño enfermizo que tú amparaste y quisiste, fue ayer el hombre fuerte que te salvó de una muerte cierta, muerte espantosa, porque debías morir en una hoguera, y él, que te amaba como aman las almas grandes, arrostró todas la iras inquisitoriales, llegando a la heroicidad del sacrificio por salvarte en aras del amor.

»Volvió a la Tierra para saldar una pequeña cuenta. Sufrió mucho hasta que te conoció. Entonces su espíritu tendió el vuelo, llevándose la visión de la única felicidad terrestre. Murió de frío; pero hoy siente el calor de la vida infinita. Hoy es tu ángel tutelar, y jamás te abandonará».

-Es preciosa esta comunicación.

-Sobre todo, consoladora. Tendría muchas más, pero como sufro tanto y mi cabeza está tan conturbada, los mismos espíritus me aconsejan que procure rehuir las emociones fuertes que recibo con los dictados de ultratumba. Yo también, como Guillén, moriré de frío. El Espiritismo, sin embargo, me ha hecho un gran bien, un bien inmenso.

Herminia calló. De sus ojos cayeron dos perlas. ¡Cuánto deseamos que nuestro adelanto nos permita salir de este planeta! Aquí hay una enfermedad contagiosa: la mayoría de los terrenales mueren de frío.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro»Cuentos espiritistas»

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