El quinto hijo

¿Transmiten los padres a sus hijos una porción de su alma, o sólo se limitan a darles la vida animal, a la cual, otra alma, brinda la vida moral?

– Sólo la vida animal, puesto que el alma es indivisible. Un padre torpe puede tener hijos talentosos, y a la inversa.

Pregunta 203

La señora quedó embarazada por quinta vez.
Evento poco animador.
El marido, sifilítico. Ella, tuberculosa.
El primer hijo nació ciego.
El segundo murió.
El tercero era sordo.
El cuarto padecía del mal materno.
El matrimonio pensó en el aborto, con apoyo de médicos y amigos.

¿Y usted, lector, que haría?

Bien, si es espirita, no hay nada que pensar. El Espiritismo es inconfundiblemente contrario. Admite el aborto solo en una circunstancia; cuando hay un serio riesgo para la futura madre. En una situación así, es razonable que prevalezca la vida que ya ejercita labores y responsabilidades sobre aquella que aún no vino a la luz. Aun así, se trata de una cuestión muy personal. Existen madres que, informadas de los riesgos que corren, deciden llevar adelante el embarazo. Fervorosa en la fe, preservan el bebé y son preservadas por Dios.

***

En el pasado, culturas materialistas, como la de Esparta, eliminaban deficientes físicos en el nacimiento, pretendiendo mantener una raza de guerreros impecablemente fuertes y saludables. Esa eugenesia amoral está presente hoy en los modernos centros médicos, donde sofisticados exámenes, durante el embarazo, determinan en cuanto a la conveniencia de eliminar embriones defectuosos, como si fuesen piezas de una fábrica rechazadas en los test de calidad.

El Espiritismo tiene una contribución para ofrecernos, en este particular, demostrando que niños con problemas mentales y físicos son Espíritus en pruebas, enfrentando situaciones compatibles con sus necesidades evolutivas y sus débitos karmicos. Los padres, a su vez, se sitúan, generalmente, por parejas o mentores de sus delitos. Tiene, por eso, el intransferible compromiso de ayudarlos en esas penosas jornadas de rehabilitación.

El problema, por tanto, no puede ser reducido a un simple accidente biológico. Aunque las leyes de la genética estén presentes en el acto reencarnatório, no funcionan de forma casual. El mecanismo es causal.

No es la casualidad que promueve la combinación de elementos hereditarios. La causa está en las vivencias anteriores del reencarnante, que determinan la naturaleza de su cuerpo, con las facilidades o dificultades que enfrentará.

En el síndrome de Down, el llamado mongolismo, por ejemplo, ocurre una especie de error cromosómico. El portador posee un cromosoma de más, que provoca la anomalía. Problema genético, pero de ascendentes karmicos.

El mongoloide es un Espíritu en expiación, enfrentando limitaciones relacionadas con su pasado.

***

Heredamos de nuestros padres elementos hereditarios, como quien recibe material para construir una residencia.

Las casas son hechas de ladrillos, tejas, maderas, cal, cemento, arena. El tipo de construcción va a depender de las necesidades, disposiciones disponibilidades del propietario. Podrá ser grande o pequeña, ventilada o sofocante, asoleada o sombría, solida o frágil…

Lo mismo ocurre en la reencarnación. Recibimos de nuestros padres el material (genes) para una nueva vivienda (cuerpo) y lo hacemos obedeciendo al automatismo de las leyes divinas o a un planeamiento espiritual, que resultará siempre en una estructura orgánica compatible con nuestras necesidades evolutivas.

Un individuo violento, siempre preparado para resolver “con los puños” sus disputas, tendrá un cuerpo frágil que reducirá sus impulsos agresivos. Aunque reencarne en familia de gente fuerte y saludable, aprovechará el material de construcción precariamente y resurgirá en la carne con educativas deficiencias. Anomalías como el síndrome de Down, clasificadas como accidentes hereditarios por los genetistas, constituyen, en verdad, bendecida terapia de Dios en favor de hijos desajustados.

Hay otro lado de la cuestión. Un Espíritu reencarna con importante misión, en el seno de familia que tiende a generar deficientes físicos, en virtud de problemas genéticos. Por la naturaleza de sus tareas, él debe tener un cuerpo saludable. Así, técnicos de la Espiritualidad actuando con seguridad, seleccionan el ovulo más prometedor, el espermatozoide más adecuado y promueven la fecundación, aprovechando de la mejor forma posible los caracteres hereditarios, favoreciendo al reencarnante.

No obstante, los pronósticos, nace el niño sin problemas físicos o mentales pasibles de comprometer su misión.

Cierta vez vi una cocina azulejada, en una entidad asistencial.

– ¡Institución rica! ¡Azulejos de primera! – bromee.

– Son de segunda. Seleccionamos lo mejor- explicó el director.

Así ocurre en la reencarnación. Aunque no exista disponibilidad genética ideal, cuando, necesario la Espiritualidad siempre da la forma de seleccionar “azulejos”. Por eso, aquella mujer tuberculosa, con el marido sifilítico y descendencia problemática, puede quedar tranquila. El hijo que vendrá no estaría unido a ella sin razones ponderables.
Y nunca serán fortuitas las condiciones que le marcarán la mente y el cuerpo, favoreciéndole los vuelos del raciocinio o imponiéndole la obnubilación intelectual, ofreciéndole libre movimiento o aprisionándolo en la deficiencia.

Misionario o reeducando, trabajador o aprendiz, tendrá un cuerpo compatible con sus compromisos, conforme los sabios designios de Dios, presentes hasta incluso en la hoja que cae de un árbol, como enseñaba Jesús.

Richard Simonetti.
Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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