Separación y Divorcio

En su generalidad el matrimonio es un laboratorio de reajustes emocionales y taller de reparación moral, a través de los cuales Espíritus comprometidos se unen para elevados emprendimientos en el ministerio familiar. Sin duda, reencuentros de Espíritus afines producen vida conyugal equilibrada, en clima de continua felicidad, a través del cual misionarios del saber y de la bondad establecen la unión, objetivando nobles aspiraciones, en que ponen todas las fuerzas.

Otras veces, programando la elaboración de una tarea relevante para el futuro de ellos mismos, se embargan en una unión conyugal que les ofrezca reparación junto a los desafectos y a las victimas indefensas del pasado, para cuya necesidad de socorrer y elevar comprenden que es inaplazable.

Fundamental, entretanto, en tales coyunturas, la victoria de los cónyuges sobre el egoísmo, conquistando recursos que los acrediten a pasos más largos, en la esfera de las experiencias en común.

Normalmente, a través del consorcio matrimonial, se ejercitan mejor las virtudes morales, que deben ser trabajadas a beneficio del hogar y de la comprensión de ambos, los comprometidos en la empresa redentora.

En esas circunstancias la familia, casi siempre vinculada por desajustes del pasado, es igualmente convocada al buril de la perfección, en el taller doméstico, de cuyos resultados surgen compromisos variados en relación con el futuro individual de cada miembro del clan, como del grupo en sí mismo.

Atraídos por necesidades redentoras, pero sin preparación para ellas, los miembros del programa afectivo, no pocas veces, descubren, de inmediato la imposibilidad de continuar juntos. De cierto modo, la precipitación resultante del inmediatismo materialista que turba el discernimiento, casi siempre por el desequilibrio en el comportamiento sexual, es responsable por las alianzas de sufrimiento, cuya armonía difícil, casi siempre, culmina en odios despreciables o tragedias lamentables.

Indispensable, en el matrimonio, no confundir pasión con amor, interés sexual con afecto legítimo. Causa preponderante en los desajustes conyugales el egoísmo, que se concede valores y méritos superlativos en detrimento de la pareja a quien se está vinculado.

Más fascinados por las sensaciones brutalizantes que por las emociones ennoblecidas, huyen los prometidos uno del otro al principio por la imaginación y después por la actitud, abandonando la tolerancia y la comprensión, de pronto iniciando el comercio de la animosidad o dando cuerpo a las frustraciones, que degeneran en roces graves y en enfermedades perturbadoras.

Si se comprometiesen, realmente, a ayudarse con lealtad, si se estructurasen en los elementos de las lecciones evangélicas, si se comprendiesen y aceptasen como legítimas la transitoriedad del cuerpo y el valor de la experiencia provacional, y se evitarían incontables dramas, innumerables desastres del hogar, que ahora desarticulan las familias y hacen infelices a la sociedad.

El casamiento es un contrato de deberes recíprocos, en que se deben empeñar los contratantes a fin de lograr el éxito del emprendimiento.

La sociedad materialista, aunque disfrazada de religiosa, facilita el rompimiento de los lazos que legalizan el matrimonio por cuestiones de menos importancia, facultando a la gran mayoría de los comprometidos perseguir sensaciones nuevas, con que desbordan por la vía de alucinaciones consecuente de sutiles como vigorosas obsesiones resultantes del comportamiento pasado y de la locura del presente.

El divorcio como el abandono son, en consecuencia, soluciones legales para lo que moralmente ya se encuentra separado. Evidente, que tal solución es siempre admirable, por evitar actitudes más infelices que culminen en peores conductas para los implicados, en la trama de los reajustes que no escaparán.

Volverán a encontrarse, sin duda, quizá en una posición menos afortunada, oportunamente imprescindible que, antes de la actitud definitiva para la separación o el divorcio, todo sea un desafío en pro de la reconciliación, aún más considerando cuanto merecen los hijos que los padres se impongan una unión respetable, de cuyo esfuerzo mucho dependerá la felicidad de ellos.

Periodos difíciles ocurren en todo y cualquier emprendimiento humano. En la disolución de los vínculos matrimoniales, lo que padezca la familia, será considerado como responsabilidad de los padres, que si sumasen esfuerzos podrían haber contribuido con conocimiento, a través de la renuncia personal, para la dicha de los hijos.

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Si te encuentras en la difícil coyuntura de una decisión que implique en un problema para tus hijos, para y medita. Necesitan de ti, pero, también del otro miembro-base de la familia. No te precipites, a través de soluciones que a veces complican las situaciones.

Da tiempo a que la otra parte despierte, concediéndole espacio para el reajuste.

De tu parte permanece en el puesto.

No seas tú quien toma la decisión.

La humildad y la perseverancia en el deber consiguen modificar comportamientos, reavivando la llama del entendimiento y del amor, momentáneamente apagada. No te apegues al otro, hasta la consumación de la desgracia. Si alguien no desea más, espontáneamente, seguir contigo, no te transformes en cadenas o prisión.

Cada ser va por la ruta que mejor le place y vive conforme le conviene. Estará, donde quiera que vaya, bajo el clima que merece. Ten paciencia y confía en Dios.

Cuando se modifica una circunstancia o cambia una situación, no concluyas de eso que la vida, la felicidad, se acabaran. Prosigue animado de que aquello que hoy no tienes será fortuna mañana en tu vida.

Si estás a solas y no dispones de fuerzas, concédete otra oportunidad, que te ennoblecerás por el amor y por la dedicación.

Si te encuentras al lado de un cónyuge difícil ámalo, así mismo, sin deserción, haciendo de él el alma amiga con quien estás comprometido por el pasado, para la construcción de un porvenir dichoso que a ambos dará la paz, facultando, de ese modo, a otros Espíritus que se volverán a vincular por la carne, la ocasión excelente para la redención.

Joanna de Ângelis

Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “S.O.S Familia”
Traducido por R Bertolinni.

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