En los ojos de ella

¿Por qué muchas veces se ve interrumpida la vida en la niñez?

– La duración de la vida del niño puede ser, para el Espíritu en él encarnado, el complemento de una existencia interrumpida antes del término debido, y su muerte es a menudo una prueba o una expiación para los padres.

Pregunta 199

Hay reencarnaciones de emergencia.

El Espíritu en situación crítica en la Espiritualidad retorna para una breve existencia, como un enfermo en estado grave que es llevado a urgencias.

El suicida, por ejemplo, provoca tal desorden periespiritual y tan gran tormento en su consciencia, que la mejor solución puede ser el retorno a la carne, en un complemento de la existencia anterior.

Hay quien podría suponer una cantidad en ese complemento, como quien paga una deuda temporal. Viviría sesenta años; murió a los cincuenta, por mal uso de la máquina física: debe diez. ¿Y quién tiene aliento para ochenta años y se mata a los veinte? ¿Debe sesenta? ¿Y si repite la dosis, en la existencia complementa sesenta? ¿Tendrá en total cien años?

Tanto más extraña es esa idea, cuando se cree que nadie reencarna con fecha precisa para volver a la Espiritualidad. El cuerpo humano tiene una programación para cerca de cien años. Dura menos a causa de diversos factores relacionados con las condiciones de vida y, sobre todo, la manera de cómo vivimos. Ese complemento sería, más apropiadamente, subordinada. La situación en que estará el Espíritu en la nueva existencia guardará relación con la manera cómo vivió en la pasada y, particularmente, como murió.

El suicida será doblemente beneficiado: Por un lado, el choque biológico del renacimiento implicará en el olvido del pasado, permitiéndole reordenar sus experiencias, con el propósito de superar graves traumas relacionados con su gesto de fuga. Por otro, la carne funcionará como sumidero de los desajustes consecuentes de la agresión que cometió contra sí mismo, arraigados en su periespíritu. Exactamente por eso tendrá una existencia breve, ya que el cuerpo físico no resistirá por mucho tiempo las presiones de su psiquismo conturbado que, inclusive, le impondrá limitaciones en la génesis orgánica.

La muerte del bebé está asociada, también, a problemas karmicos, envolviendo al desencarnante y a sus padres. El trauma de la separación, particularmente cuando ocurre en circunstancias trágicas, impone, a los personajes de esos dramas, angustias semejantes a las que impusieron a sus víctimas, cuando comprometidas en comportamiento criminoso.

Es incontable el número de niños victimadas por actos terroristas, guerras, negligencia, imprudencia, omisión. Los responsables enlutan hogares, siembran sufrimiento, llevan corazones al desespero. Pasan, pues, por experiencias semejantes, en la condición de hijos que desencarnaron prematuramente o de padres que los ven partir, sufriendo las mismas angustias que provocaron, a fin de aprender a respetar al prójimo.

Nos rebelamos contra aquellos que cometen atrocidades, principalmente cuando involucran a niños.

Deberíamos lamentarlos, dado que siembran espinos que forzosamente recogerán. Por eso Jesús, que conocía mejor que nadie los mecanismos de la justicia divina, no evocó castigos celestes para aquellos que lo crucificaron. Solo rogó, en oración:

– Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.

Hay desencarnes prematuros que consagran experiencias misionarias. El Espíritu reencarna con la misión específica de sensibilizar afectos queridos a su corazón, rescatándolos de la indiferencia y del acomodamiento con relación a los objetivos de la vida.

Mientras en la convivencia amorosa, en su breve estadio, hacen el encanto de los familiares, tocándoles las fibras más íntimas de la afectividad. Son niños adorables, inteligentes, comunicativos, generosos…

Coronan su misión con la propia muerte. Con ellas van las ilusiones de los padres. La separación les es extremamente dolorosa, como si la existencia hubiese perdido el significado. Buscando caminos de religiosidad, ávidos de consuelo, encuentran promisoras oportunidades de edificación espiritual.

El desencarnado, que los acompaña y ampara, se regocija.

El objetivo fue alcanzado.

***

Hay, también, muchos Espíritus que retornan a la espiritualidad, en plena infancia, por falta de recursos de subsistencia. Esta afirmación puede ser chocante para quien imagina que todo ocurre por fatalidad divina.

Llevada a las últimas consecuencias, semejante idea nos exime de cualquier responsabilidad envolviendo la vida y la muerte.

El enfermo muere por carencia de ayuda. Voluntad de Dios.

Transeúntes mueren en un tiroteo. Voluntad de Dios.

Decenas de personas mueren en un atentado terrorista. Voluntad de Dios.

Millares mueren en una guerra. Voluntad de Dios.

¿Y por qué no decir que el individuo que intenta el suicidio, y la mujer que pretende abortar, solo consiguen su objetivo porque es la voluntad de Dios?

Ninguno de esos crímenes, ninguna de esas muertes ocurre por iniciativa divina. Son situaciones generadas por la insensatez humana. Dios quiere que vivamos en la Tierra de forma productiva, haciendo lo mejor, aprovechando integralmente el tiempo de vida que nos concede y las oportunidades de edificación. Si eso no ocurre, no podemos responsabilizar al Creador lo que es de nuestra responsabilidad.

En la medida en que un país se desarrolla, mejora sus servicios de salud, se reduce drásticamente la mortalidad infantil. ¿Será que Dios premia a los países ricos, preservando a sus niños?

Más racional y justo es considerar que la vida se sitúa como don de Dios, pero la calidad y duración de la existencia humana se subordina al esfuerzo del hombre, creando condiciones para que las personas vivan más y mejor.

Dios inspira el progreso, las revelaciones, los descubrimientos, el bienestar humano, pero compete al Hombre obrar como instrumento de la Divinidad para que todo eso ocurra. No es de la voluntad de Dios que mueran niños en chabolas.

Exceptuándose los que parten atendiendo a problemas karmicos, la vasta mayoría muere porque Dios no encuentra personas que se dispongan a obrar como instrumentos de su voluntad para ayudarlos.

La presencia inherente de Dios se hace sentir en todas las dimensiones del Universo y en todas las manifestaciones de vida. Todo revela la existencia de un ser soberano, infinitamente justo y misericordioso, que nos dio el don de vivir, reservándonos una gloriosa destinación. Pero, si prestamos atención, superando milenarias tendencias egoisticas que caracterizan a la criatura humana con relación a las dificultades del prójimo, notaremos que Dios está presente también en los ojos tristes del niño carente, pidiéndonos que le ayudemos a vivir.

Richard Simonetti.
Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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