Problemas en el Matrimonio

A excepción de los casos de relevantes compromisos morales, el matrimonio, en la Tierra, constituye una bendecida oportunidad redentora a dos, que no se puede desconsiderar sin gravámenes complicados.

En toda unión conyugal las responsabilidades son recíprocas, exigiendo de cada pareja una expresiva contribución, a beneficio del éxito de ambos, en el intento comenzado.

Piedra angular de la familia, el culto de los deberes morales, la construcción del hogar en él, se hace mediante las líneas seguras del ennoblecimiento de los cónyuges, objetivando el equilibrio de la familia.

Solamente un reducido número de personas se prepara convenientemente, antes de intentar el consorcio matrimonial; la ausencia de ese cuidado, casi siempre, ocasiona un desastre inmediato de consecuencias lamentables.

Estimulado por pasiones de orden variada, que se extienden desde la atribulación sexual a los juegos de los intereses monetarios, se dejan coger por desvaríos de fuga, que redundan en un mayor débito entre la pareja y con relación a la descendencia….

Iludidos, frente a los recursos de la actual situación tecnológica, dejan, de inicio, el deber de la paternidad bajo justificativas indebidas, convirtiendo el tálamo conyugal en recurso para el placer como para la liviandad, con que atrofian los mejores planes por momento acogidos….

Luego despiertan, estimulados por antipatías y desajustes que les parecen irreversibles, suponen que solamente la separación constituye una fórmula solucionadora, cuando no derrapan en las escabrosidades que conducen a los lúgubres crímenes pasionales.

Con el alma atrofiada, cuando la experiencia se les convirtió en sufrimiento, parten para nuevas uniones amorosas, cargando recuerdos tormentosos, que se transforman en pesadas cargas emocionales desequilibrantes.

Algunos de entre los que yacen victimados por acerbas incomprensiones y anhelan rehacer el camino, se identifican con otros espíritus a los cuales se apegan, ansiosos, explicando tratarse de almas gemelas o afines, no temiendo deshacer uno o dos hogares para constituir otro, por cierto, de efímera duración. Otros, saturados, se desbandan en la dirección de aventuras viles, envenenándose lentamente.

Mientras la juventud les ofrece oportunidades, las disfrutan, sin fijaciones de afecto, ni intensidad de abnegación. Sorprendidos por la vejez prematura, que el desgaste les impone, o llegados a la edad del cansancio natural, no se conforman, acogiendo pesimismo y cultivando los residuos de las pasiones y resentimientos que los enloquecen, poco a poco.

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El amor es de origen divino. Cuanto más se dona, más se multiplica sin nunca agotarse.
Partidarios del libertinaje, se empeñan en una insensata cruzada para hacerlo libre, como si jamás no lo hubiera sido. Lo confunden con sensualidad y piensan convertirlo solo en instinto primitivo, estandarizado por los impulsos de la sexualidad atribulada.

Libertad para amar, sin duda, disciplina para el sexo, también.

Amor es emoción, sexo sensación.

Comprensiblemente, incluso en las uniones más ajustadas, irrumpen desentendimientos, incomprensiones, discordias que el amor suplanta.

El matrimonio, de ese modo, es una sociedad de ayuda mutua, cuyos bienes son los hijos, Espíritus con los cuales nos encontramos vinculados por los procesos y necesidades de la evolución.

Piensa, por tanto, reflexionando antes de casarse. Reflexiona, pues, mucho antes de huir, después de asumidos los compromisos.

Las dudas proyectadas para el futuro siempre surgen en horas inesperadas con intereses capitalizados. Lo que puedas reparar ahora no lo dejes para mañana. Mientras tu luz se amplía, produce bienes valiosos y no te arrepentirás.

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Teniendo en vista la elevación del casamiento, Jesús lo bendijo en Caná con su presencia, haciéndolo como parte inicial de su ministerio publico entre los hombres.

Y Pablo, el discípulo por excelencia, pensando en los deberes de incorruptibilidad matrimonial, escribió, conforme la epístola número 5, a los efesios, en los versículos 22 y 25: “las mujeres sean sujetas a sus maridos, como al Señor… Así también deben los maridos amar a sus mujeres como sus propios cuerpos. Quien ama a su mujer, se ama a sí mismo”.

En tan noble concepto no hay servilismo femenino ni pequeñez masculina, antes, ajustamiento de los dos para la felicidad en el matrimonio.

Joanna de Ângelis

Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “S.O.S Familia”
Traducido por R Bertolinni.

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