Espiriteros

La posibilidad de mejorar en otra existencia ¿no puede inducir a ciertas personas a perseverar en un mal camino, por pensar que podrán siempre corregirse más tarde?

– El que así piense no cree en nada y la idea de un castigo eterno ya no le hace mella, porque su razón la rechaza, y tal idea lleva a la incredulidad acerca de todo. Si sólo se hubieran empleado medios racionales para conducir a los hombres no existirían hoy tantos escépticos. Un Espíritu imperfecto podrá pensar, en su vida corporal, como tú acabas de decirlo, pero una vez desprendido de la materia reflexionará de otra manera, y pronto comprenderá que ha hecho mal sus cálculos, y es entonces que adquirirá un concepto distinto para aplicar en una nueva existencia. Así se lleva a cabo el progreso, y he aquí por qué tenéis en la Tierra unos hombres más adelantados que otros. (…)

Pregunta 195

No encontraremos en el diccionario la expresión “espiritero”. Podemos situarla como un neologismo (palabra nueva) para definir personas que se unen al Centro Espirita alejadas de las finalidades del Espiritismo.

Espiritero es el “papa-pase”, que comparece a las reuniones solo para recibir su “hostia” depuradora, representada por la transfusión magnética.

Frecuentador asiduo de “consultorios del más allá”, grupos mediúmnicos que se forman solo para recibir favores espirituales, no consigue comprender que el Espiritismo no es un mero salvavidas para accidentes existenciales nacidos de su propia falta de vigilancia. Rebelde a cualquier compromiso que imponga disciplinas de horario y asiduidad, alega absoluta falta de tiempo, sin atentar a un principio elemental: tiempo es una cuestión de preferencia.

Kardec habla de los espiriteros, en “El Evangelio según el Espiritismo” en el capítulo XVII: En algunos, los lazos de la materia son aún muy tenaces para permitir al Espíritu desprenderse de las cosas de la Tierra; la niebla que los rodea les quita la vista del infinito; por esto no rompen fácilmente ni sus gustos, ni sus costumbres, ni comprenden nada mejor de lo que ellos poseen; la creencia en los Espíritus es para ellos un simple hecho, pero modifica muy poco o nada, sus tendencias instintivas; en una palabra, sólo ven un rayo de luz insuficiente para conducirles y darles una aspiración poderosa y capaz de vencer sus inclinaciones. Se apegan más a los fenómenos que a la moral, que les parece banal y monótona; piden sin cesar a los Espíritus que les inicien en nuevos misterios, sin preguntar si se han hecho dignos de entrar en los secretos del Creador. Estos son los espíritas imperfectos, de los cuales algunos se quedan en el camino o se alejan de sus hermanos en creencia, porque retroceden ante la obligación de reformarse, o reservan sus simpatías para los que participan de sus debilidades o de sus prevenciones.

Tuve un amigo espiritero, un “bon vivant”, dado a aventuras extraconyugales y vicios.

Embalado por el comodismo, sordo y ciego a los principios espiritas que decía tener, justificaba su posición:

– Tenemos milenios por delante, en los dominios de la eternidad. Retornaremos incontables veces a la escuela terrestre. Por eso no hay prisa. Lo que no haga hoy, lo hago mañana. Más allá de eso, nadie es de hierro. Demasiada disciplina es tiranía del cerebro sobre el corazón. Como enseñaba Jesús “el Espíritu es fuerte, pero la carne es débil”. Hombre que soy, no puedo huir de las circunstancias del mundo.

¡Increíble! Una observación tan seria de Jesús, en circunstancia dramática, ¡con mala interpretación de su significado para justificar los desatinos de un espiritero!

Textualmente, según Marcos (14:38), dice Jesús:

Vigilad y orad para que no entréis en tentación. El Espíritu, en verdad, está preparado, pero la carne es débil.

El Maestro hizo esta advertencia en el Huerto, antes de ser entregado por Judas a los soldados romanos. En plena madrugada recomendaba a los discípulos que lo ayudasen en la vigilia, buscando, en oración, la protección divina para los testimonios que vendrían. Aunque la debilidad de la carne representase en aquel momento el sueño que insistía en apoderarse de los discípulos, quedó el simbolismo vigoroso en cuanto a la necesidad de vigilar nuestros pensamientos, a fin de no dejarnos dominar por impulsos incompatibles con los principios religiosos que adoptamos.

El gran recurso, en ese propósito, es la oración, evocando las fuerzas del Cielo, en el esfuerzo por mantener nuestra integridad moral.

El reconocimiento, pues, de que “la carne es débil”, debe ser a la luz de las enseñanzas evangélicas, una advertencia; jamás una justificativa para deslices de comportamiento. La intención de pasar para un futuro remoto nuestras realizaciones espirituales, como pretendía nuestro amigo espiritero, es algo un tanto irracional, ya que el contacto con la verdad implica un compromiso con ella. Es hasta comprensible que alguien rechace de llevar en serio la idea de que hay penas y castigos eternos para los que no se ajustan a determinados principios religiosos. Cuando aprendemos a raciocinar escasea el espacio en nuestro cerebro para la fantasía.

Lo mismo no ocurre con la idea de la reencarnación, que se expresa en la lógica, dándonos conocimiento de los porqués de la existencia humana, donde somos convocados al desarrollo de nuestras potencialidades creadoras, superando males e imperfecciones. Sobre todo, nos quedamos sabiendo que el Dolor, la gran maestra, tiende a acentuar su energía en la proporción en que, tomando conocimiento de lo que nos compete, dejamos de hacerlo.

***

Bebiendo del conocimiento espirita, no habrá justificativa para la omisión. Partiendo de la afirmación evangélica de que mucho será pedido al que mucho recibe, concluimos que nosotros, espiritas, estaremos siempre en deuda con la Doctrina, ya que el empeño de una vida será poco, ante la gloriosa visión de la realidad espiritual que ella extiende a nuestros ojos.

Compañeros que se manifiestan en los Centros Espiritas a que están vinculados, se reportan a este problema. No tuvieron dificultad en reconocer su nueva condición, favorecidos por el conocimiento doctrinario.

Se habilitaron a la protección de benefactores amorosos, unidos que estuvieron a actividades en el campo de la fraternidad humana.

Se reportan a indescriptibles emociones, en el reencuentro con familiares queridos. Pero, con frecuencia, revelan indefinible tristeza, por no haber aprovechado integralmente las oportunidades recibidas.

Guardan la nostalgia del ideal espirita no realizado. Aunque las conquistas alcanzadas como espiritas no consiguen huir de la penosa impresión de que se inclinaron más para espiriteros…

Richard Simonetti.

Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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