Contactos inmediatos

Los Seres que habitan los diferentes mundos ¿tienen cuerpos similares a los nuestros?

– Desde luego, poseen cuerpos, puesto que es necesario que el Espíritu esté revestido de materia para obrar sobre ella. Pero esa envoltura es más o menos material, según sea el grado de pureza a que hayan llegado los Espíritus, y es eso lo que constituye la diferencia entre los mundos que debemos recorrer. Porque hay muchas moradas en la casa de nuestro Padre y, en consecuencia, muchos grados (…)

Pregunta nº 181

En mis fantasías de adolescente siempre alimenté el deseo de un contacto inmediato de tercer grado, el encuentro entre hombre de la Tierra y seres de otros mundos.

Influenciado por tendencias de ciencia ficción, los imaginaba monstruosos y mal intencionados. Con el tiempo aprendí que, aunque de morfología diferente, compatible con el medio en que viven, los alienígenas no serían necesariamente asustadores.
Como lo demuestra la propia especie humana, la evolución anímica implica en un perfeccionamiento de la estructura física, observados patrones de proporcionalidad, estítica y funcionalidad, que son universales.

En cuanto a sus intenciones, nunca sería belicosas. Si son suficientemente inteligentes para desarrollar tecnología perfeccionada que los posibiliten a viajar por el cosmos, imposible no haber definido y asimilado plenamente las leyes divinas que rigen la evolución moral de los hijos de Dios.

Disponiéndose a cumplirlas, por mero ejercicio de buen sentido que caracteriza las inteligencias maduras, nunca obrarán con agresividad. Raciocinio en torno de conjeturas, ya que, aunque posible es improbable la presencia de alienígenas pilotando naves espaciales, como los decantados platillos voladores.

Considérese, en principio, que está muy demostrado la imposibilidad de vida material en nuestro sistema solar. Los planetas Venus y Mercurio son muy calientes; los demás, muy fríos. Marte, que sería una excepción, fue exhaustivamente investigado por las sondas espaciales norte americanas, de la serie Mariner, constatándose su esterilidad.

Se destaca que ese planeta, como los demás de nuestro sistema y los incontables mundos que pululan en el Universo, son habitados por comunidades espirituales atendiendo a imperativos evolutivos. Donde haya posibilidad y necesidad, a semejanza de la Tierra, funciona la reencarnación, dando oportunidad de experiencias en cuerpos de materia densa.

Bien, si son reales, ¿no vendrían los platillos volantes de otros sistemas planetarios?

Aquí, entre incontables dificultades, una crucial: la distancia.

La estrella que se sitúa más cerca de la Tierra es “Próxima centauro”. Está a 40,14 billones de kilómetros. La nave espacial Apolo, que llevó a los primeros astronautas a la Luna, viajando a la velocidad de 40 mil kilómetros por hora, llevaría cerca de ciento veinte mil años para recorrer esa distancia. Supongamos que habitantes de un imaginario planeta, en la órbita de aquella estrella, construyesen algo capaz de desarrollar la rapidez vertiginosa de la luz, que es la velocidad límite del Universo, según Einstein (300 mil kilómetros por segundo). Aun así, tardarían 4,3 años para llegar a la Tierra. Hasta aquí, más el tiempo de retorno, en total aproximadamente 10 años.

Aunque fuesen superados los problemas resultados de tan larga permanencia en la nave, aún hay la perturbadora cuestión del tiempo. Y que, según el mismo Einstein, él fluirá más lentamente en una nave espacial.

Es como si los viajantes entrasen en una prodigiosa máquina, capaz de proyectarlos en un futuro remoto. Fácil percibir los trastornos que eso ocasionaría, principalmente en relación con familiares y amigos.

En la película “El Planeta de los simios”, basado en una novela de Pierre Boule, se enfoca esa posibilidad. Una nave espacial norteamericana alcanza la velocidad de la luz. Un accidente la proyecta a un planeta desconocido.

El astronauta, vivido por Charlton Heston, se ve alrededor de grotescos simios inteligentes. Al final descubre, espantado, que simplemente volvió a la Tierra, centenas de años más adelante, de su tiempo. En ese ínterin, después de la devastadora guerra atómica, una mutación genética, provocada por elementos radioactivos, dio origen a los extraños sucesores de la raza humana.

No obstante, la Ciencia sitúa como remotísimas las posibilidades de un contacto inmediato de tercera fase, mucha gente se reporta a encuentros de esa naturaleza.

El problema es que esas experiencias son siempre nebulosos y ocultas. No hay nada de palpable, de objetivo, de real, como un aparato accidentado, una foto de corta distancia, un objeto de uso personal de ET.

Esos “encuentros” me hacen recordar lo que me pasó hace cerca de 15 años, en Bauru, cuando estuvo en la librería espirita un argentino, buscando a dirigentes de la Unión Municipal Espirita. Informó que era relaciones públicas de seres extraterrestres, tripulantes de un platillo volador, que deseaban conversar con los espiritas. “¡Rápido! ¡Dejaron abierta la puerta del manicomio!” fue mi primer pensamiento. Pero el visitante no tenía aspecto de loco. Bien vestido y hablador, se expresaba en un tradicional “portuñol” explicando que el interés de los ET era resultado de la afinidad de sus principios con la Doctrina Espirita.

Tenía sentido. Si el Espiritismo anuncia leyes divinas, de carácter universal, como Reencarnación, Mediúmnidad. Causa y Efecto, obligatoriamente colectividades más desarrolladas tendrían pleno conocimiento de ellas.

Me animé. Pregunté cuando y donde sería el encuentro. Me dijo que sería en aquella noche, alrededor de la una de la madrugada, en un lugar distante de la ciudad.

Me asusté. ¿Y si fuese trampa de un asaltante?

La curiosidad habló más alto. Acepté. No obstante, adelanté que llevaría a algunos compañeros. Me sentía más seguro así.

Con su aprobación fueron alistados compañeros del Banco de Brasil, todos espiritas. Ninguno de ellos, tenía maneras de guarda espaldas. El Sidney, franzino; el Nelson, tan delgado que su apodo era “bacalao”; el Fabinho, justificaba en rima el diminutivo: era bajito.

La solución fue llamar a Lucas, otro compañero, simpatizante del Espiritismo. Alto y fuerte, era más para “Rambo” que para trabajador de banco. Imponía respeto. Alrededor de media noche recogimos al argentino en el hotel, y en dos automóviles dejamos la ciudad. Mes de agosto, noche fría. Yo, resfriado, tosía insistentemente. Pero, todo bien, valía el sacrificio por la oportunidad del inusitado encuentro.

Fuimos en dirección a la ciudad vecina. Santa Cruz del Rio Pardo. Algunos kilómetros adelante, entramos por un camino de tierra. Recorrimos cerca de 300 metros. El argentino mandó parar.

Dejamos los automóviles y nos escondimos en el matorral. Nuestro guía informó que ya estaba en contacto mental con la nave.

Apuntó señales luminosas en el cielo.

No vi nada. Compañeros señalaban:

– ¿Allí, allí…!

Yo nada.

El portavoz de los ET comunicó alteración en los planos. No había condiciones para descender la nave allí. Era necesario continuar la caminada. Recorrimos algunos centenares de metros más, entrando en un cafetal…

Estaba preocupado. Estamos en propiedad ajena. Podrían confundirnos con ladrones. Sería difícil explicar la finalidad de nuestra presencia.

El argentino paró nuevamente. El encuentro sería en aquel lugar. Se repitió la escena anterior. No vi nada.

Compañeros vieron. El platillo no descendió.

Volvimos a caminar. Todo igual. El hombre no desistía. Ni nosotros. Estábamos todos excitados, en ansiosa expectativa. Así se pasaron dos horas, de idas y venidas, cazadores de luces centelleantes en el cielo. Hasta que, tiritando de frio, agarré a Fabinho, mientras los otros se apartaban y le dije:

– Somos una banda de tontos siguiendo a un alucinado.

¡Vamos a volver!

Él concordó prontamente. Alcanzamos el grupo. Informamos nuestra decisión. Los demás decidieron quedarse. Volvimos los dos.

Al día siguiente supe que los intrépidos compañeros pasaron la noche en caminatas, hasta la salida del sol, sin consumar el encuentro. Pero el argentino quería intentarlo de nuevo, afirmando que en aquella noche no habría problema.

Por una de esas idiosincrasias del comportamiento humano, más misteriosas que los propios platillos volantes, repitieron la experiencia. Y fue una noche más de caminatas, hasta que vieron que el hombre estaba loco del todo.

Desde entonces, cuando escucho hablar de contactos inmediatos de tercera fase, me pregunto si no serían meras alucinaciones visuales y auditivas. Podríamos destacar que hay posibilidades de manifestaciones mediúmnicas envolviendo Espíritus desencarnados, habitantes de otros planetas. En niveles avanzados de evolución, no hay para ellos, barreras relacionadas con el espacio y el tiempo. Se desplazan con la velocidad del pensamiento. El propio Kardec relata contactos mediúmnicos de esa naturaleza. Incluso así es preciso cuidado en la apreciación de esas experiencias, principalmente cuando son relatadas por curiosos que se proponen evocar extraterrestres en lugares yermos, sin ningún conocimiento al respecto del intercambio con el más allá, sin comprender que hay mistificadores desencarnados dispuestos a alimentar nuestras fantasías.

Richard Simonetti.

Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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