Solución simplista

¿En qué se funda el dogma de la reencarnación?

– En la justicia de Dios y en la revelación, porque sin cesar os lo repetimos: Un buen padre deja siempre a sus hijos una puerta abierta para el arrepentimiento…

Pregunta 171

La escalada de la violencia en Brasil revive la idea de introducir la pena de muerte en nuestra legislación.

Sobreponiéndose al debate en torno al asunto, grupos de exterminio, al margen de la legalidad, ejecutan indiscriminadamente supuestos marginales que caen en sus manos, que se autodenominan “justicieros”.

Esa expresión suena como macabra ironía, ya que el más elemental principio de justicia impone que cualquier penalidad sea precedida de juicio, con apuración de responsabilidad y derecho de defensa. Sin ese cuidado transformaríamos nuestras ciudades a semejanza de las películas del “lejano oeste”. Allí la balanza de la justicia era sustituida por el albedrío de los pistoleros.

Tradicionalmente la población brasileira está unida a movimientos religiosos inspirados en el Cristianismo, que condena la violencia. Para Jesús el delincuente es un enfermo moral. Precisa de tratamiento. Entretanto, se generaliza en nuestro país la creencia de que lo ideal es exterminar esos “monstruos”.

Ante las crecientes tensiones generadas por la violencia urbana, multitudes desvariadas promueven abundantes linchamientos, con extrema crueldad. Se nivelan en salvajería criminales y pretendidos defensores del orden y de la justicia.

Se cree que ejecutar criminales, en el cumplimiento de la ley o al margen de ella, limita la criminalidad. Estamos delante de un argumento simplista, que no lleva en consideración el hecho de que ningún delincuente piensa en la posibilidad de ser castigado. Si lo hiciese, nunca se involucraría en la delincuencia. Por eso no le pasa nada saber que sus iniciativas pueden resultar en la prisión por algunos años o en la propia muerte. Eso explica porque no hubo reducción de la criminalidad en países donde fue instituida la pena de muerte, esta aberración jurídica, que es contraria a un derecho fundamental de la criatura humana, presente en la Constitución de cualquier país civilizado: el derecho a la vida.

Imperioso reconocer que su adopción es una demostración de incompetencia de la sociedad, que pretende eliminar uno de sus miembros que se marginalizó por culpa de ella misma, por no prepararlo convenientemente para la convivencia social, ni ayudarlo en sus limitaciones o atenderlo en sus necesidades.

En las preguntas 760 al 765, de el “Libro de los Espíritus “hay un posicionamiento contrario a la pena de muerte, lo que significa que nadie puede decirse espirita manifestándose favorable a ella, de la misma forma que el católico no puede negar la eucaristía o el protestante contestar la Biblia.

No obstante, el carácter dinámico y progresista de la Doctrina Espirita y la libertad de conciencia que nos faculta, hay principios básicos como la Mediúmnidad, la Reencarnación, la Ley de Causa y Efecto, la existencia de Dios, que se sitúan inamovibles.

Son dogmas espiritas, no en el sentido religioso principio indiscutible, sino en el sentido filosófico, algo que se puede afirmar verdadero con apoyo de la lógica; o científico, que se comprueba por la experimentación.

El dogma de la existencia de Dios, por ejemplo, es fácilmente comprobado por el axioma “no hay efecto sin causa”. Si el Universo es un efecto inteligente, forzosamente tiene una causa inteligente, un Creador, que transciende las limitadas posibilidades humanas. De la misma forma podemos dogmatizar contrariamente a la pena de muerte, a partir de la concepción reencarnacionista como un proceso educativo en favor de la evolución del Espíritu.

Frente a su inmadurez o por rebeldía él puede rechazar las lecciones de la existencia humana y hasta incluso comprometerse en la delincuencia. La condena de muerte, en tal circunstancia, equivale a la expulsión de la escuela, decretada por otros alumnos, que no tienen la sabiduría y la competencia de la dirección de la escuela, formada por mentores espirituales que orientan el planeta.

¿Pero, habría ocurrido realmente esa eliminación? Sabemos que no. La ejecución del criminal nada más hace, sino que tornarlo invisible.

Catapultado para el Plano Espiritual, a partir de una silla eléctrica, de una cámara de gas, de un pelotón de fusilamiento, o de un linchamiento, él se sitúa, más allá del túmulo, en la condición traumática de un accidentado.

Su readaptación será demorada, difícil, marcada por un periodo de inconsciencia y un despertar tormentoso. Resentido contra la sociedad que le robó el cuerpo, podrá, no es raro, intentar la venganza contra sus condenadores, amparados por la legalidad, los jueces, u ocultos en la ilegalidad, los linchadores y justicieros. Estos últimos, por sobreponerse a la Ley y por la truculencia de sus iniciativas, se sitúan en el mismo nivel vibratorio y difícilmente permanecerán incólumes, ante su presión desajustante.

Más allá de eso, obedeciendo las iniciativas propias o a la inspiración de genios de las sombras, él gravitará en torno de personas que guardan las mismas tendencias, justificando comentario así:

– No sé lo que pasó conmigo. Sentí un impulso irresistible de obrar de aquella forma y acabe cometiendo desatinos.

Aunque no podamos debitar a las influencias espirituales la agresividad humana, ella es peligrosamente fermentada, crece mucho delante de ese envolvimiento. Mejor, por tanto, lidiar con el delincuente vivo, visible, vulnerable, segregado en instituciones de reeducación, que enfrentarlo “muerto”, invisible, intangible en el odio y en el rencor, fomentando el desorden.

El asunto pide reflexiones más profundas:

Nadie ignora que la criminalidad está directamente relacionada con las condiciones de vida de una sociedad. Cuanto más elevado el nivel de desempleo y de personas sin condiciones mínimas de subsistencia, mayor su incidencia.

Cuando el estómago grita, el instinto de conservación habla más alto, sobreponiéndose a disciplinas morales, salvo en Espíritus maduros y conscientes, una minoría en nuestro planeta.

Inútil, por tanto, considerar en las leyes más severas, de prisiones más amplias, de efectivos policiales más numerosos, paliativos que solo minimizan efectos. Necesario que nos movilicemos, socorriendo a la población carente, sin esperar las iniciativas gubernamentales.

Mientras no llegan los bomberos, urge evitar que el incendio se propague. En nuestro beneficio, es necesario demostrar a esos hermanos en humanidad que su tragedia existencial no está siendo descuidada; que hay personas empeñadas en ayudarlos, en atenderlos en sus necesidades más urgentes…

Un refugio en un barrio humilde, con sencillas aulas de moral cristiana, hace mucho más en favor de la paz social que la acción ostensiva de vehículos policiales. Estas solo cohíben la violencia; aquella evita que ella se instale en la infancia carente, que allí conoce los valores de la fraternidad, recibiendo un poco de calor humano, de amor…

Un niño que aprende la importancia de hacer al semejante el bien que desearía recibir, la fórmula ideal de amor, en la sabia orientación de Jesús, difícilmente se involucrará con la delincuencia en la solución de sus problemas. Pero solo hay una forma de enseñar ese amor: ¡amando!

Richard Simonetti.

Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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