Silogismos

¿Cuál es el objetivo de la reencarnación?

– Expiación, mejoramiento progresivo de la humanidad. Sin esto, ¿dónde estaría la justicia?

Pregunta 167

Silogismo es una interesante forma de raciocinio. Se divide en tres partes que se completan:

Premisa mayor, premisa menor y conclusión.

Ejemplo:

La muerte es el fin de todos los hombres – premisa mayor.

Es hombre – premisa menor. Vas a morir un día – conclusión.

De la conjunción de dos ideas que se armonizan.

El concepto concluyente.

Otro ejemplo:

Todas las mujeres son vanidosas – premisa mayor.

Es mujer – premisa menor.

Es vanidosa – conclusión.

Aquí el resultado no es aceptable. Mujer no es sinónimo de vanidad. El error está en la premisa mayor, que encierra una afirmación gratuita. Al final, no todas las mujeres son vanidosas. Algunas no lo son…

Para que la conclusión exprese una verdad, esta debe marcar presencia también en las premisas.

Un silogismo teológico:

La justicia de Dios nunca falta, en la Tierra – premisa mayor. Vivimos en la Tierra – premisa menor.

No hay injusticia en ninguna situación humana conclusión.

Resultado dudoso para mucha gente.

¿Como considerar justo un planeta donde conviven el genio y el idiota, el atleta y el paralítico, el sabio y el obtuso, el millonario y el miserable, el santo y el perverso?
Bien, si la conclusión no es aceptable, se reexamina las premisas.

La primera, envolviendo la existencia de Dios y su justicia, es incontestable. Para probar que Dios no existe tenemos por delante una misión imposible:

Justificar la existencia del Universo sin Dios, algo como pretender que hay efecto sin causa. Dudar de su justicia sería negar su perfección, rebajándolo a lo pasional, antropomórfico de un Jehová, el inestable dios del Viejo Testamento. En cuanto a la premisa menor, no hay que dudar, a no ser por lunáticos…

La duda al respecto de ese silogismo involucra un equívoco en la apreciación de las coyunturas humanas. Recuerda la historia de aquel predicador protestante que fue advertido por sus superiores, dado que alguien lo acusó de pegar a su esposa, algo inconcebible en un religioso. El pastor se sorprendió. Calmo y pacífico, jamás levantó ni un dedo contra alguien, mucho menos a su mujer, por quien nutría un especial cariño.

– ¿Quién me denunció?

– Un vecino.

– ¿Dijo cómo fue?

– Oía a su esposa gritar, desesperada. Miró por encima del muro y le vio a usted corriendo detrás de ella, para pegarle.

Dios mío. Pensó el pastor. – ¿Cómo puede ese hombre referirse a algo que no ocurrió? Está mintiendo o se engañó.

No había justificativa para la primera hipótesis. El vecino no era mala persona; no había enemistad entre ellos. ¿Por qué habría de querer perjudicarlo? Ciertamente hubo un engaño…

– ¿Cuándo pasó?

– Hace una semana.

El pastor sonrió. Se acordó. En aquel día estuvo con la esposa en el amplio jardín, al final de la casa. Ella cuidaba de las flores cuando fue atacada por furiosas abejas. Aterrorizada, corrió, gritando de dolor. Él prontamente fue a su encuentro, agitando sobre ella un saco de estopa, con el propósito de ahuyentar a los insectos. El vecino lo vio de lejos y confundió un acto de ayuda con una agresión.

Es lo que pasa con aquellos que aprecian la existencia humana a la distancia de las realidades espirituales, visión comprometida por brumas de ignorancia. Sin noción de los porqués, se sitúan perplejos, suponiendo que Dios está azotando a sus hijos, cuando solo los ayuda a eliminar amenazadores aguijones generados en el vivero de sus inferioridades.

Cual infalible instrumento óptico para la apreciación de los horizontes existenciales, la doctrina de las vidas sucesivas evidencia que las situaciones presentes guardan relación con lo que hicimos o dejamos de hacer en el pasado, imponiéndose como preciosos instrumentos de regeneración.

Aunque no tengamos recuerdos de las causas pasadas, generadoras de los males presentes, estos imprimen, en el interior de nuestra consciencia, registros que funcionan como “vacunas”, contra reincidencias.

Intuitivamente, percibirá que ella le hace mal. Para una apreciación racional de la idea reencarnacionista es indispensable superar el concepto estático que la define como mero recurso expiatorio – el karma de la filosofía hindú. Esto puede crear indeseable apatía.

– Es mi karma – dice el individuo que vive de limosnas, acostumbrándose a la indigencia; o el enfermo que se sitúa en una existencia vegetativa, acomodándose a la inmovilidad.

Tenemos aquí la parálisis de la voluntad, alimentada por indebida convicción de que tiene que ser así. Reencarnación no es sinónimo de expiación, y aunque dotada de un componente expiatorio, tiene por objetivo fundamental, el “mejoramiento progresivo de la Humanidad”, lo que sugiere una actitud dinámica, una acción consciente en favor del desarrollo de nuestras potencialidades creadoras, edificando el bien donde estemos. En cualquier situación, por más limitadora que se nos presente, siempre hay lo que hacer para un futuro mejor. En este propósito, si cultivamos un poquito de amor, poniendo nuestra alma en las iniciativas más nobles, realizaremos prodigios.

Manos y pies clavados en la cruz, aparentemente no había nada más que Jesús pudiese hacer…Aun así, consoló a un condenado, dio amparo para su madre e intercedió en beneficio de la multitud desvariada, pidiendo a Dios que perdonase a todos, ya que no sabían lo que estaban haciendo.

El maestro destacaba una vez más, incluso en circunstancias tan adversas, el silogismo que le marcó el apostolado:

Premisa mayor: Dios es Amor.

Premisa menor: Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios.

Conclusión: Solamente el amor nos realiza como sus hijos.

Richard Simonetti.
Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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