Sobre todo, consolador

¿Vuelve el Espíritu a encontrar de inmediato a aquellos que conoció en la Tierra y que murieron antes que él?

– Sí, según el afecto que por ellos sentía y el que le profesaban a él. A menudo acuden a recibirlo al retornar al Mundo de los Espíritus y le ayudan a desprenderse de las envolturas de la materia.

Pregunta nº 160

Según el capítulo XIV del Evangelio de Juan, Jesús estuvo reunido con los discípulos, en la llamada última cena, a las vísperas del drama del calvario. De entre los asuntos abordados por el Maestro, en ese último contacto con los discípulos, estaba la revelación de que más tarde enviaría a un Consolador, un Espíritu de Verdad que, según el texto, enseñaría todas las cosas y haría los hombres que recordasen sus enseñanzas.

En “El Evangelio según el Espiritismo”, capítulo VI, Allan Kardec, se refiere a ese pasaje evangélico para situar al Espiritismo como el Consolador, cumpliendo dos previsiones de Jesús:

Primera: Restaura la pureza primitiva de las enseñanzas cristianas, que fueron olvidadas y deturpadas en su esencia, en la medida en que el movimiento se institucionalizó, creando el profesionalismo religioso y adoptando prácticas ritualistas retenidas del paganismo con el propósito de atraer a la multitud.

Sin exterioridades y sin oficiantes el Espiritismo revive la mística del “amaos unos a los otros”, reinstituyendo el culto a la fraternidad como el mejor recurso para unirnos a Dios.

Segundo: Desarrolla nuevos conocimientos que valorizan la moral evangélica, confirmando su esencia, reuniendo en tres ángulos que se completan: Ciencia, Filosofía y Religión con esa tríada perfecta desciframos los enigmas del sufrimiento humano, sus razones y finalidades; vemos extenderse maravillosas visiones del Plano Espiritual, de la continuidad de la existencia; concientizándonos de nuestras responsabilidades ante el conocimiento de leyes inmutables que rigen nuestra evolución: Causa y Efecto, Reencarnación, Mediúmnidad…

Pero donde la Doctrina Espirita es más consoladora está en la demostración inequívoca de que las uniones afectivas no se interrumpen con la muerte, ni están nuestros amados separados por barreras infranqueables.

Ellos nos ven, nos acompañan, nos ayudan. Nos animan, sufren con nosotros, esperan por nosotros, y finalmente, nos amparan cuando suena nuestra hora.

Francisco Cándido Xavier personifica en su trabajo sublime el triple aspecto de la Doctrina Espirita.

Es Ciencia en libros como el monumental “Parnaso Más allá del Túmulo”, donde decenas de poetas desencarnados se identifican en versos donde revela su estilo destacado e inconfundible. Y cantan las glorias de la vida, más allá de las fronteras de la muerte, confirmando la existencia de un puente mediúmnico entre el plano físico y el espiritual.

Es Filosofía, en libros como la serie “Nuestro Hogar”, donde el Espíritu André Luiz, seudónimo de un famoso medico brasileño, hace minucioso relato del continente Extrafísico, con la objetividad de quien cuenta lo que ve, echando abajo el precario edificio de milenarias especulaciones.

Es Religión, en libros como “Fuente Viva”, “Pan Nuestro”, “Camino, Verdad y Vida”, “Viña de Luz”, donde el Espíritu Emmanuel, como si usase un poderoso microscopio literario, examina el interior de los versículos evangélicos, resaltando recónditas bellezas. Pero, así como ocurre con la propia Doctrina Espirita, Chico es más Chico en la consolación. Son millares de Espíritus que se manifiestan por su psicografía, dirigiéndose a afligidos familiares, ofreciéndoles bienestar y valor para enfrentar los dolores de la separación.

Luchando contra sus imperfecciones, esforzándose en identificarse a los postulados cristianos, el apóstol Pablo proclamaba, conforme está en la Epístola a las Gálatas: Ya no soy yo quien vive, sino el Cristo que vive en mí. Era como si Jesús estuviese viviendo su vida, con eso Pablo se sitúa como la propia personificación del Cristianismo. De la misma forma diríamos que Chico Xavier personifica la consolación prometida por el Cristo, realizándose en la Doctrina Espirita.

El trabajo del médium como mensajero del Espiritismo, en la extensión de nuevos conocimientos relacionados con la vida espiritual, probablemente terminó cuando él dejó la ciudad minera de Pedro Leopoldo. Pero el Consolador, presente en todos los libros que psicografió, en los millares de mensajes que recibió y recibirá, se hará presente mientras le reste aliento, mientras sus dedos puedan mantener un lápiz, preciosos acabados de inigualable editor de textos que brotan del infinito…

Después del casamiento la inexperta ama de casa tendrá en su madre una cariñosa instructora, orientándola en la organización del hogar, en los cuidados de la casa…
Cuando venga el primer hijo ella será presencia benéfica, socorriéndola en su inseguridad delante del pequeño indefenso, en un nivel de total dependencia.

– ¡Ah! ¡Si no fuese por mamá! – suspira – ¡estaría perdida!

Así será siempre. Aquel ángel tutelar encontrará tiempo y disposición para estar a su lado en los momentos difíciles, en los problemas del día a día…

Llegará el tiempo amargo en que, por el orden natural, la madre partirá para la Espiritualidad. Pero quedará el vínculo indeleble. La hija valorizará, más que nunca, aquella presencia amiga, aquella dedicación extremada, que no siempre se dio cuenta.

¿Y cuándo suene su hora, a quien le gustaría ver? ¿Con quién le gustaría contar? ¿Qué presencia le infundiría mayor seguridad? Su madre, sin duda.

Esta es la realidad consoladora desvelada por la Doctrina Espirita y demostrada en la psicografía de Chico Xavier; madres que recibieron sus hijos. Si no está, por motivos ajenos a su voluntad, vendrán los padres, los abuelos, los tíos, los amigos… Habrá siempre alguien unido afectivamente al desencarnante para ampararlo en la gran transición.

Es por lo mismo Chico que el Espíritu Carlos Dias Fermandes nos habla de esa consoladora presencia en “Ternura Maternal”, poesía en el libro “Antología de los Inmortales”, de la Federación Espirita Brasileña:

Las paredes de la casa en vano busco, quiero decir adiós y no lo consigo…

Veo solo el bulto amargo y amigo de la muerte que me extiende el manto oscuro.

Lloro estirándome, trémulo e inseguro, ensaya la piedra del túmulo…

Padezco, clamo y pregunto a solas conmigo, como pájaro que cae contra un muro.

La niebla espesa enreda el cuerpo lánguido, es el terrible crepúsculo de sangre que me tiñe de sombra los ojos bazos:

Pero surge alguien, en el caos que me entontece, es mi madre, que alarga sus manos en oración, ¡dulce estrella brillando en sus brazos!…

Ave que vuelve, en chajá, al suave nido, oigo divina música en la sala.

Es su voz celeste que me encanta, lema del hogar que vuelve manso.

Me levanto ahora… El cuerpo es la picota que me desprendo por besarla…

– ¡Madre! ¡Madre mía!… – suspiro, levantando el habla, sollozar de júbilo y cariño…

– ¡Duerme, hijo querido! ¡Duerme y sueña!…

Nuestra vieja canción tierna y risueña regresa con belleza indefinida…

Cojo sus brazos en que me acrisolo y duermo nuevamente en sus regazos para despertar en la cuna de otra vida.

Richard Simonetti.
Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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