¡Una madre!

¡Qué dulce, qué hermoso título el de madre!… Me decía una señora, a la cual le dan tan bello nombre, a pesar de no pertenecer a ninguna congregación religiosa, ni haber faltado nunca a los deberes de toda mujer honrada. Margarita es madre… de los pobres, de los muchos desheredados que llegan a pedirle una limosna por amor de Dios y a contarle sus cuitas y penalidades.

-Sí, amiga mía -me decía Margarita-; ya sabes tú que mi destino ha sido bastante adverso; que las flores que yo he pisado se han convertido en cenizas; que las fuentes adonde he ido a calmar mi sed, se han agotado; que las almas buenas a quienes he pedido cariño, todas han sido ingratas para mí; pues bien, a pesar de tanta desventura, la felicidad me sonríe algunos momentos, cuando un desgraciado me dice:

-Yo vengo a contarle lo que me sucede, porque en usted veo luna madre!

-Hermoso título, amiga mía. Cuando ese nombre resuena en mis oídos, siento una emoción desconocida, inexplicable, sonrío y lloro al mismo tiempo y ni las coronas de los cesares, ni los laureles de la gloria, me harían más dichosa que esa palabra pronunciada por un desventurado.

-Ciertamente, ese título es el que más ennoblece a la mujer, débil arbusto que se convierte en árbol gigantesco, a cuya sombra reposa la Humanidad.

-Para ser madre no se necesita tener hijos; son muchas las mujeres que tienen numerosa
prole, y sin embargo, no merecen aquel nombre honrado. Son hembras fecundas, pero no
madres.

-Tienes muchísima razón. No es madre la mujer que por no ajar su belleza no amamanta a su hijo, ni vela su sueño, ni espía su primera sonrisa, ni escucha con su deseo sus primeras palabras, ni sostiene sus débiles pasos, mostrándole el cielo y diciéndole cosas amorosas. No es madre la mujer que encierra en los colegios a sus hijas para evitarse molestias y cuidados, y deja pasar los arios de la infancia sin inculcar en sus tiernos corazones el sentimiento purísimo del amor universal. No es madre la mujer que obliga a sus hijas a contraer matrimonio contra su voluntad, o las entierra en un convento porque su confesor así lo quiere… No es madre la que sólo se ocupa en engalanar los cuerpos de sus hijas, sin cuidarse de engrandecer su alma, y las enseña a derrochar las economías del padre, y las acostumbra a mentir, diciendo que cuesta mil lo que vale quinientos.

-¡Qué bien conoces las miserias de muchas familias!

-Muchísimas lágrimas me ha costado adquirir tan triste experiencia, porque quiero mucho a las mujeres, y su inferioridad me hace daño. ¡Es tan hermosa la mujer cumpliendo con su sacerdocio maternal! Se disfruta de tan dulces, de tan inmensas satisfacciones en el ejercicio de los deberes familiares, que no hay pluma guiada por el pensamiento, que pueda describir fielmente esas sensaciones. Puedo asegurarte que, en medio de mi desgracia, soy dichosa cuando puedo enjugar una lágrima y oigo a mujeres ancianas apellidándome su madre. Ser útil a los que lloran… Consolar a los que sufren… Aconsejar a los atribulados… Convertirse por algunos segundos en agente de la Providencia…, ¿dónde habrá mayor felicidad?

-Cierto: hacer el bien por el bien mismo, es el placer de los placeres, goce que muy pocos disfrutan en este mundo, donde cada dádiva encierra una mira interesada. Por esto, aunque mucho se haga, no produce el consuelo que debía producir. Ya ves cuántas asociaciones religiosas reparten socorros a domicilio; cuántas señoras van a visitar a los pobres; sin embargo, como únicamente dan el pan del cuerpo, no pueden sentir las inmensas satisfacciones del alma. No dan la limosna sino imponiendo a la conciencia ajena el ideal propio religioso; si el pobre no va a misa, si no se confiesa, se le abandona, se le desprecia y aun generalmente se le insulta. ¡Ah! Eso no es caridad; es burlarse de la miseria y del dolor, que debieran respetarse en todos los seres de la Tierra.

-Así debía ser; y así será cuando la Humanidad esté más adelantada por el desarrollo de la razón y el cultivo del sentimiento. Entonces se amará lo mismo al judío que al mahometano; de igual manera al católico que al librepensador. Más ¡ay! ¡Cuán lejano está todavía ese hermoso porvenir!

-No tanto como supones. Se comienza a leer, a reflexionar, a sentir, y el sentimiento, al desplegar sus hermosas alas, acoge bajo su sombra a muchos niños inocentes, a innumerables obreros sin trabajo, a muchísimas madres desfallecidas que no pueden alimentar a sus hijos, sin que se les pregunte por su credo religioso, ni se inquiera sino si son pobres de oficio o verdaderos mártires de la miseria.

-Más vale así, para beneficio de todos; porque la verdadera caridad, tanto provecho reporta al que recibe la dádiva, como al que la da. La sonrisa del pobre socorrido y la mirada compasiva del que extiende su mano tienen igual dulzura, revelan idéntica satisfacción. Lo sé por experiencia. ¡Qué ideas tan hermosas! ¡Qué sentimientos tan dulces!… La Naturaleza es tan pródiga, que a todas las mujeres, fecundas o estériles, les ha concedido el sentimiento necesario para convertirse en madres, amando a los que lloran, velando a los que sufren, siendo la paz y el consuelo de muchos afligidos. Te aseguro que estoy muy contenta de ser mujer, pues por serlo, ha resonado en mis oídos el dulcísimo nombre de madre, con el cual me creo recompensada de todas las penalidades que he sufrido. La mujer que así me hablaba sólo es conocida de los pobres y de los infortunados. Su paso por la Tierra no ha producido sensación alguna. No ha escrito ningún libro, no ha colaborado en ningún periódico ni ha visitado muchas bibliotecas; pero es un alma verdaderamente compasiva, que ha llorado mucho y conoce el valor inmenso de las lágrimas.

Algunos infelices que ella ha consolado me han dicho con profunda gratitud:

-Cuando Margarita deje la Tierra, los pobres no le levantarán un lujoso mausoleo, pero no faltarán seres agradecidos que con las blancas y sencillas flores de su nombre formen sobre su humilde tumba esta hermosa y conmovedora inscripción: «¡Aquí yace una madre!»

¡Dichosos los que al dejar este mundo viven en la memoria de los pobres!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «Cuentos Espiritistas»

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