El porqué de la renovación – Luz Espiritual

El porqué de la renovación

Los Espíritus que desde el comienzo siguieron el camino del bien ¿tienen necesidad de la encarnación?

– Todos ellos son creados simples e ignorantes, y se instruyen en las luchas y tribulaciones de la vida corporal. Siendo justo, no podía Dios hacer dichosos a algunos sin penas ni trabajos y, por tanto, sin mérito.

Pregunta nº 133 “El libro de los Espíritus”

El viejo dicho “confundir el tocino con la velocidad”, nos ocurre en relación con las palabras motivo y objetivo. Hay quien las confunde. Sin embargo, son palabras de significados bien distintos.

Objetivo es la meta que se pretende alcanzar.

Motivo es la causa determinante de una iniciativa.

Un hombre es internado en el hospital.

Motivo: úlcera gástrica perforada.

Objetivo: operación de emergencia para estancar la hemorragia.

Otro es confinado en la cárcel.

Motivo: mató a alguien.

Objetivo: rescate de su deuda con la sociedad.

***

¿Cuál es el objetivo de la reencarnación?

Punto pacifico entre los adeptos de ese principio:
Evolución. Nos revestimos del pesado manto de carne con la finalidad especifica de evolucionar.

Divergencias surgen cuando se piensa el motivo.

¿Por qué entramos en el círculo de las vidas sucesivas?

Hay quien defienda que la existencia en mundos de materia densa como la Tierra sería un castigo, una consecuencia de desastrosas experiencias en la espiritualidad.

Según esa línea de raciocinio, podríamos evolucionar en los planos etéreos, sin las complicaciones de la existencia carnal.

Es que en determinado momento dejamos que se desarrolle en nosotros un monoideísmo egocéntrico, una personalidad esencialmente egoísta, generando un impasse evolutivo, situándonos en un indeseable desvío.

La secuencia de encarnaciones en un mundo como la Tierra funcionaría como un camino purificador, librándonos del egoísmo y de los sentimientos que le son consecuentes.

Tenemos ahí variante para la alegoría del paraíso perdido. Perdemos la situación de bienaventuranza en el más allá, confinados en el purgatorio terrestre. Alumnos rebeldes de escuela prometedora transferidos para el reformatorio. Según la Doctrina Espirita no es bien así.

No estamos aquí en virtud de travesuras cometidas en la Espiritualidad, incluso porque no viviremos allí definitivamente mientras no alcancemos un nivel compatible de pureza y perfección.

El egoísmo, esta vocación de pensar mucho en nosotros mismos, no es fruto de la rebeldía. Expresa solo una condición evolutiva, propia del nivel en que nos encontramos.

La semilla agota el suelo, extrayendo sus elementos nutritivos para garantizar la propia sobrevivencia. Es voraz en este sentido. Más tarde, árbol hecho, se habilitará a producir frutos. Lo mismo ocurre con el Espíritu.

En los comienzos de la consciencia, ignorante de las leyes divinas, el egoísmo le es instintivo. Por algún tiempo será su estímulo, su iniciativa, su defensa, su manera de ser.
El Espíritu Humano está alcanzando la entrada de la transformación fundamental, de receptor para el donador. Ya no somos primitivos, orientados por el instinto, como la semilla que absorbe el suelo o el animal que mata una presa.

Suficientemente desarrollados mentalmente, con nociones del Bien y del Mal, necesario se hace que superemos el egoísmo, habilitándonos a producir frutos en favor de la armonía universal.

Estímulo y apoyo en el pasado, hoy él retarda nuestra jornada, como un barco que nos sustenta mientras atravesamos el rio, pero solo nos atrasará si pretendemos arrastrarlo en la planicie. Así, el gran desafío a que somos convocados, en el actual estadio evolutivo, es pasar del egoísmo al altruismo, de la vocación de pensar mucho en nosotros mismos para el ideal de algo hacer en favor al semejante.

En los caminos evolutivos obviamente cometemos engaños. Inmaduros, nos comportamos como el niño que inicia los primeros pasos. Cae frecuentemente, hasta que adquiera estabilidad en las piernas y coordinación motora. Entonces, el error es parte de nuestro aprendizaje, hasta que a costa de “caer”, tanto más doloroso cuanto mayor nuestro “peso” evolutivo, expresándose estados más avanzados de consciencia, habilitándonos a caminar con seguridad.

Hay quien defienda la existencia de Espíritus que evolucionan en línea recta, sin nunca comprometerse con el egoísmo y, por tanto, libres de la encarnación.

Jesús sería el prototipo.

No obstante, el respeto que damos al maestro nazareno, la más alta expresión de la Humanidad, situado por la Doctrina Espirita como el ser más evolucionado que por aquí pasó, sería absurdo que Dios lo crease diferente, con algo que falta a las demás criaturas, eximiéndolo del egocentrismo que marca las inteligencias embrionarias.

Más lejos, en este sentido, fueron los teólogos que vieron en él la propia encarnación de Dios.

Para el Espiritismo Jesús es nuestro hermano. Se distingue por el hecho de haber alcanzado un nivel evolutivo que lo habilita a la condición de dirigente de Dios, responsable por los Espíritus que evolucionan en la Tierra, como revela Emmanuel, en el libro “A camino de la luz”, psicografía de Francisco Cándido Xavier.

Somos lo que Jesús fue.

Seremos lo que Jesús es.

Oportuno enfatizar que podemos acelerar nuestra evolución, superar más rápidamente las limitaciones humanas, librarnos de la “muerte”, representada por el imperativo de la reencarnación, desde que haya un empeño en este particular. Todo eso notoriamente, está subordinado a la madurez.

Cuanto más experimentado y vivido, más consciente será el Espíritu en cuanto a la necesidad de caminar. Forzoso reconocer, pues, que no somos simples frutos, que caen de maduros. Dotados de racionalidad y libre albedrío, la capacidad de pensar y escoger, podemos estacionar o desviarnos. Depende de nosotros.

Conozco médicos competentes que saben hasta la saciedad, de los problemas circulatorios y pulmonares generados por el humo. No obstante, fuman.

Personas cultas y sensibles, dotadas de inteligencia privilegiada, obtienen éxito en cualquier iniciativa. Entretanto, sorprendentemente, son ajenos a los valores espirituales, aferrándose al inmediatismo terrestre.

La vida acostumbra a detonar explosiones que actúan como demoledores de la inconsecuencia, despertando al individuo para las graves cuestiones existenciales, relacionadas con el destino humano, la muerte de un familiar, la desilusión amorosa, la enfermedad grave, el conflicto familiar, el problema financiero.

El Espiritismo nos despierta más suavemente, a partir de una amplia visión de las realidades más allá del túmulo, concientizándonos de tal forma en cuanto a las finalidades de la existencia, que difícilmente nos empapamos de sus principios sin experimentar el incontenido deseo de acertar el paso, en los caminos de la renovación y del auto perfeccionamiento, como alguien que, transitando por el inhóspito desierto, en una noche oscura, contemplase de lejos las luces del oasis prometedor.

Richard Simonetti.
Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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