Fernando Bertin

Un médium, habitante en El Havre, evocó el espíritu de una persona que le era conocida. Este espíritu respondió:

“Quiero comunicarme, pero no puedo vencer el obstáculo que hay entre nosotros. Me veo obligado a dejar que se os acerquen esos desgraciados que sufren.”

Recibió entonces espontáneamente la comunicación siguiente:

“¡Estoy en un horroroso abismo! Ayudadme… ¡Oh, Dios mío! ¿Quién me sacará de esta sima?… ¿Quién alargará una mano caritativa al desgraciado que ha sido tragado por el mar?… La noche es tan negra, que tengo miedo… Por todas partes el murmullo de las olas,y ninguna palabra amiga para consolarme y ayudarme en ese momento supremo, ¡porque esta noche profunda es la muerte con todo su horror! ¡Yo no quiero morir!… ¡Oh, Dios mío! ¡Esto no es la muerte que ha de venir, es la muerte pasada!… Estoy separado de los que amo para siempre… Veo mi cuerpo, y lo que experimentaba ahora mismo no era más que el recuerdo de la horrible angustia de la separación… Tened piedad de mí, vosotros que conocéis mis sufrimientos. ¡Rogad por mí, porque no podré resistir, como he resistido esta noche fatal, con todos los tormentos de la agonía!… Sin embargo, ése es mi castigo, lo presiento… ¡Rogad, os lo suplico!… ¡Oh! El mar… El frío… ¡Voy a ser tragado!… Socorro… Tened, pues, piedad, ¡no me rechacéis!… ¡Nos salvaremos bien dos a dos sobre este resto!… ¡Oh! ¡Me sofoco!… Las olas van a tragarme, y los míos no tendrán el triste consuelo de volverme a ver… Pero no, veo que mi cuerpo no es azotado por las olas… Las oraciones de mi madre serán oídas… ¡Mi pobre madre! Si pudiera figurarse a su hijo tan miserable como lo está en realidad, oraría mejor, pero cree que la causa de mi muerte ha santificado el pasado. ¡Me llora mártir, y no desgraciado y castigado! ¡Oh! Vosotros que lo sabéis, ¿no tendréis piedad de mí? ¿No rogaréis?”

El nombre de Fernando Bertin, enteramente desconocido del médium, no le recordó nada, y se creyó que sin duda sería el espíritu de algún desgraciado náufrago que venía a manifestársele espontáneamente, como le había acontecido muchas veces. Un poco más tarde supo que, en efecto, era el nombre de una de las víctimas de un gran desastre marítimo que había tenido lugar el 2 de diciembre de 1863. La comunicación se dio el 18 del mismo mes, seis días después de la catástrofe. El individuo había perecido, haciendo tentativas inauditas para salvar la tripulación y en el momento en que creía asegurada su salvación.

Este individuo no tenía con el médium ningún lazo de parentesco, ni tampoco de conocimiento. ¿Por qué, pues, se ha manifestado a él antes que a ningún miembro de su familia? Es porque los espíritus no encuentran en todos las condiciones fluídicas necesarias para este efecto. Además, en la turbación en que estaba no tenía la libertad de elección: fue conducido instintivamente y por atracción hacia este médium, dotado, por lo que parece, de una aptitud especial para las comunicaciones espontáneas de este género. Sin duda presentía también que encontraría allí una simpatía particular como otros la habían hallado en semejantes circunstancias.

Su familia, ajena al Espiritismo, quizás antipática a esta creencia, no hubiera acogido su revelación como este médium podía hacerlo. Aunque la muerte ocurrió algunos días antes, el espíritu sufría aún todas sus angustias. Es evidente que no se daba ninguna cuenta de su situación. Se creía todavía vivo, luchando contra las olas, y no obstante, hablaba de su cuerpo como si estuviese separado de éste. Pide socorro, dice que no quiere morir, y un instante después habla de la causa de su muerte, que reconoce ser un castigo. Todo esto denota la confusión de las ideas que sigue casi siempre a las muertes violentas.

Dos meses más tarde, el 2 de febrero de 1864, se comunicó de nuevo espontáneamente al mismo médium, y le dictó lo que sigue:

“La piedad que habéis tenido por mis sufrimientos tan horribles, me ha aliviado. Comprendo la esperanza, entreveo el perdón, pero después del castigo de la falta cometida, sufro todavía, y si Dios permite que durante algunos momentos entrevea el fin de mi desgracia, sólo a las oraciones de las almas caritativas, conmovidas por mi situación, debo este alivio. ¡Oh, esperanza, rayo del cielo, qué bendita eres cuando te siento nacer en mi alma! … Pero, ¡ay de mí! El abismo se abre, el terror y el sufrimiento hacen que se borre este recuerdo de misericordia… ¡La noche, siempre la noche!… El agua, el ruido de las olas que tragaron mi cuerpo no son más que una débil imagen del horror que rodea a mi pobre espíritu.

Estoy más calmado cuando puedo estar al lado vuestro, porque de la misma manera que alivia un terrible secreto depositado en el seno de un amigo a aquel que estaba oprimido por él, así también vuestra piedad, motivada por la confidencia de mi miseria, calma mi mal y da descanso a mi espíritu… Vuestras oraciones me hacen mucho bien. No me las rehuséis. No quiero volver a tener el horrible sueño, que se hace realidad cuando lo veo… Tomad el lápiz más a menudo, ¡me hace tanto bien comunicarme con vos!”

Algunos días después, a este mismo espíritu, habiendo sido evocado en una reunión espiritista de París, se le dirigieron las preguntas siguientes, a las cuales respondió en una misma y sola comunicación y por otro médium.

P. ¿Quién os ha conducido a manifestaros espontáneamente al primer médium a quien os habéis comunicado? ¿Cuánto tiempo hacía que estabais muerto cuando os habéis manifestado? Cuando os comunicasteis, ¿estabais incierto de si aún estabais muerto o vivo, y sentíais todas las angustias de una muerte terrible? ¿Ahora os dais mejor cuenta de vuestra situación? Habéis dicho positivamente que vuestra muerte era una expiación, ¿queréis decirnos la causa de ésta? Esto será una instrucción para nosotros y un alivio para vos. Por vuestra confesión sincera atraeréis la misericordia de Dios, que nosotros solicitaremos con nuestras oraciones.

R. Parece imposible, a primera vista, que una criatura pudiese sufrir tan cruelmente. ¡Dios mío! ¡Qué penoso es el verse constantemente en medio de las olas furiosas, y sentir sin cesar esta amargura, este frío glacial que me invade y oprime el pecho! ¿Pero a qué viene entreteneros siempre con tales espectáculos? ¿No debo empezar por obedecer a las leyes del reconocimiento dando las gracias a todos vosotros, que tomáis tal interés por mis tormentos? Preguntáis si me he comunicado mucho tiempo después de mi muerte. No puedo responder con facilidad. ¡Pensad y considerad en qué horrible situación estoy todavía! Sin embargo, me han conducido al médium, según creo, por una voluntad ajena a la mía y me es imposible darme razón de ello, me servía de su brazo con la misma facilidad que me sirvo del vuestro en este momento, persuadido de que me pertenece. Ahora mismo siento aún que es un goce muy grande, así como un alivio particular que, ¡ay de mí!, pronto cesará. Pero, ¡oh Dios mío! ¿Tendré que hacer una confesión? ¿Tendré la fuerza para ello? (Después de alentársele mucho, el espíritu añadió:) “¡He sido muy culpable! Lo que más pena me causa es que se crea que soy un mártir. Lejos de esto… en la existencia precedente hice meter en sacos y echar al mar muchas víctimas… ¡Orad por mí!”

Fernando Bertin

Instrucción de san Luis sobre esta comunicación:

“Esta confesión será para este espíritu causa de gran alivio. ¡Sí, ha sido muy culpable! Pero la existencia que acaba de dejar ha sido horrorosa. Era amado y estimado de sus jefes. Éste es el fruto de su arrepentimiento y de las buenas resoluciones que había tomado antes de volver a venir a la Tierra, donde quiso ser humano tanto como fue cruel. La abnegación de que hizo prueba tenía un fin reparador, pero le era necesario rescatar faltas pasadas por medio de su última expiación, la de la muerte cruel que ha sufrido. Él mismo quiso purificarse sufriendo los tormentos que hizo experimentar a los otros, y observad que una idea le persigue: el sentimiento de ver que se le mira como un mártir. Creed que se le tendrá en cuenta este sentimiento de humildad. Para en adelante ha dejado la vía expiatoria para entrar en la rehabilitación. Con vuestras oraciones podéis sostenerle y hacerle marchar con paso más firme y más seguro.”

Allan Kardec
Extraído del libro “El cielo y el infierno”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Volver arriba