Los secretos de Dios

¿Se forman los Espíritus espontáneamente, o proceden los unos de los otros?

– Dios los crea, como a todas las demás criaturas, por su voluntad. Pero, una vez más lo repito, su origen es un enigma.

Pregunta nº 81. “El libro de los Espíritus”

Delante de dudas sobre sus proposiciones, la teología dogmática descarta cualquier irrecurrible afirmación: misterio, un secreto de Dios, enseñado solo cuando el Creador se dispone a obsequiar al Hombre con una revelación. Y no siempre eso resuelve el problema.

El Dogma de la Santísima Trinidad, por ejemplo, una “revelación” justificando porque Jesús, siendo Dios, como se pretende, se refería a sí mismo como un simple siervo y mensajero del Eterno, es una solución tan misteriosa como el enigma que pretende demostrar.

Baluarte inexpugnable del dogma, el misterio reina, soberano, al frente de delirantes fantasías teológicas que subestiman a la razón.

Si contestamos la resurrección de Jesús, considerando la irreversible desagregación celular impuesta por la muerte, se informa: misterio.

Si enfrentamos la equidad divina con la diversidad de las situaciones humanas, donde hay ricos y pobres, santos y perversos, buenos y malos, sanos y enfermos, genios e idiotas, atletas y tetrapléjicos, desde la cuna, se proclama: misterio.

Si vemos extraño la doctrina de las gracias, según el cual Dios tendría escogidos para la salvación, contrariando el más elemental principio de justicia, viene la misma cantinela: misterio. Así como los dogmas, los misterios generan descreencia en la medida en que, desarrollando su inteligencia, el Hombre rechaza convivir con la fantasía.

Para la Doctrina Espirita el misterio no es fruto prohibido en el jardín de las meditaciones humanas. Solo está verde y podrá perfectamente ser dirigido en la medida en que madurezcamos nuestras facultades intelectivas.

El niño de tres años no está prohibido de resolver los misterios de la álgebra. Lo que se lo impide es la ausencia de la agudeza mental para eso. Así como el niño lo hará también el Hombre descifrará los enigmas del Universo, en la medida en que desarrolle sus potencialidades como hijo de Dios.

Era un misterio la razón por la cual los cuerpos sólidos caen en el espacio, siempre que pierden la sustentación, hasta que Newton formuló la Ley de la Gravitación Universal: “La materia atrae a la materia en la razón directa de su masa e inversa del cuadrado de sus distancias”. Por eso los astronautas flotan cuando son apartados de las fuerzas gravitacionales terrestres.

Insondable misterio, supuesto castigo divino, eran determinados males de la antigüedad, que se esparcían con la rapidez del rayo, diezmando poblaciones inmensas, hasta la invención del microscopio, que permitió descubrir el universo de los microorganismos, diseminadores de epidemias donde hay ausencia de higiene, asepsia y profilaxis.

Asustadores misterios eran las casas encantadas, donde se escuchaban ruidos inexplicables, muebles que se desplazaban, lluvias de piedras que se precipitaban sobre el tejado, objetos que entraban en combustión, hasta que el Espiritismo demostró la existencia de Espíritus que provocan esos fenómenos, a partir de la presencia, en esos lugares, de individuos portadores de una sensibilidad especial, la mediúmnidad de efectos físicos, ofrecen, inconscientemente, los recursos fluídicos necesarios.

En la antigüedad había el misterio de la generación espontánea, que daba cobertura a la fantasía creacionista de la Biblia. Se creía hasta de una investigación: se dejaba al aire libre un pedazo de carne, en poco tiempo, allí surgían gusanos en gran cantidad.

El engaño fue desecho cuando los observadores comprobaron que el fenómeno solamente ocurría con la presencia de moscas, que se posaban en los tejidos en descomposición. Los gusanos eran larvas del insecto, que tenían en la carne putrefacta su nido.

Sabemos hoy que los seres vivos invariablemente proceden de otros seres vivos, reproduciéndose a partir de órganos adecuados y que la multiplicidad de las especies vivas, en la Tierra, es fruto de un proceso evolutivo que se inició hace millones de años, con organismos unicelulares, alcanzando su ápice en la especie humana.

En cuanto a los Espíritus, por su naturaleza, no pueden proceder unos de los otros, como los hombres. La razón nos dice que no fueron creados instantáneamente.

Si la vestimenta carnal, el cuerpo que usamos en la Tierra, demandó, como la Ciencia demuestra, millones de años de perfeccionamiento, hasta alcanzar la complejidad necesaria para la manifestación de la inteligencia en la Tierra, sería inconcebible que el Espíritu, infinitamente más complejo, fuese creado en un “chasquear de dedos” por Dios.

El origen de los Espíritus es un misterio, no en el sentido teológico, asunto prohibido, que no debemos cuestionar. Solo es asunto inexpugnable en nuestro actual estado evolutivo.

***

Cierta vez me distraía con palabras cruzadas. El nivel era muy elevado, con conceptos absolutamente inexplicables para mí. Sin embargo, cuando leí “escritura de los Espíritus sin que intervenga la mano del médium”, no tuve duda. Eso yo lo conocía. La palabra era pneumatografía. Otro concepto, escritura en alto relieve para ciegos, fue fácilmente definido por un amigo especialista en Braille: anagliptografía.

Así ocurre con el “rompe cabezas”, que es el Universo. En la medida en que se alargan los horizontes de nuestro conocimiento, con la madurez intelectual y espiritual, definimos sus leyes, comprendemos su funcionamiento, desciframos sus misterios.

Quien juega con las palabras cruzadas tiene su ayuda en el diccionario. La Doctrina Espirita es el diccionario sublime que nos ayuda a descifrar los acertijos de nuestra existencia: de dónde venimos, que hacemos en la Tierra, para donde vamos.

Avanzando en este conocimiento, nos explica que donde hay vida existe un principio espiritual que la sustenta. Este principio se desarrolla en los milenios, hasta alcanzar la complejidad necesaria para el surgimiento del Espíritu, el ser pensante de la Creación.

No sabemos cuánto tiempo necesita esa metamorfosis, cuando, como y donde ocurre, pero llegaremos allí, cuando completemos la transición en que nos encontramos, de la inferioridad a la perfección, de la humanidad a la angelitud, cuando no habrá más misterios para nosotros.

Richard Simonetti.

Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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