Población universal

¿Qué definición se puede dar de los Espíritus?

Se puede decir que los Espíritus son los seres inteligentes de la creación. Pueblan el Universo, fuera del mundo material.

Según concepciones teológicas inspiradas en textos bíblicos, Dios creó al Hombre y lo colocó en el mundo para reinar sobre todos los seres vivos.

Al final de la existencia física el Espíritu, componente inmortal de la personalidad humana, duerme hasta el remoto juicio final. Entonces ocurrirá un sorprendente milagro.

El cuerpo volverá a la vida, incluso que no le reste ni un hueso siquiera, o una simple célula, átomos dispersos que, a su vez, entrarán en la composición de incontables organismos vivos.

Tendremos una bomba atómica demográfica que incluso Malthus, en sus pesadillas más tétricas sobre la expansión de la población, jamás podría soñar. Simplemente no habrá espacio para tanta gente.

La situación será solucionada después del juicio. Los buenos aquí permanecerán, en beatitud eterna, transformada la Tierra en paraíso. Los malos serán confinados en el infierno, en otra parte, en tormentos interminables, en una demostración de incompetencia divina, un Dios que no consiguió salvar a sus hijos ya que, presumiblemente, el Eterno no pretendía que ninguno de ellos se perdiese.

El tiempo envejeció esas teorías. Rechazándolas, invariablemente, aquellos que adquirieron el saludable hábito de cuestionarlas.

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A partir del siglo XVIII, cuando la Humanidad readquirió la vocación de pensar, después de la oscuridad medieval impuesta por liderazgos religiosos que defendían a hierro y fuego sus posiciones escatológicas, la Ciencia inició el desmantelamiento de ese legado de fantasías.

Sería rematada ingenuidad, por ejemplo, creer hoy que la Tierra es el centro del Universo y el Hombre, el rey de la creación, como se imponía antes. Está demostrado que nuestro mundo es una mota de polvo cósmico que gravita en torno de un carbón incandescente – el sol, humilde estrella de quinta grandeza. Nuestro sistema se mueve casi anónimo en la Vía Láctea, un aglomerado de más de cien mil millones de estrellas, algunas tan grandes que, colocadas en el lugar del sol, engullirían hasta el mismo Plutón, el planeta más distante de nuestro otro, “astro rey”.

Y hay billones de galaxias en el Universo. Por otro lado, se sabe que una estrella madre, con sus “hijos”, los planetas, no son un acontecimiento aislado. Creen los astrónomos que solamente en la Vía Láctea hay por lo menos cien millones de planetas; en lo mínimo cien mil con vida inteligente y mil con civilizaciones más evolucionas que la nuestra.
Todo eso inspira preguntas perturbadoras.

¿En otros planetas habitados también ocurrió el pecado original de los textos bíblicos?

¿Si la respuesta es negativa, disfrutan sus habitantes de la inmortalidad física, ya que aquí experimentamos la muerte en su consecuencia?

¿Cuál es el criterio adoptado por Dios para distribuir la población universal?

Unos en mundos dichosos, que desconocen el sufrimiento y la muerte, exentos de tentaciones y caídas, paraísos no maculados por el pecado original; otros, en mundos de miserias como la Tierra, usando cuerpos frágiles y perecibles, bajo el asedio implacable de poderes infernales que los inducen a la perdición…

¿Todo esto porque un supuesto matrimonio original cometió el original pecado de buscar el conocimiento?

Más tarde o más temprano caerán las barreras dogmáticas que impiden el ejercicio de la razón, como cayó el muro de Berlín que impedía el ejercicio de la libertad.

Concepciones teológicas medievales deberán ser repensadas, asimilando los progresos de la Ciencia, o fatalmente las religiones que las sustentan desaparecerán por anacrónicas, incompatibilizadas con la lógica y el buen sentido.

Algo se ha hecho en este sentido. Teólogos progresistas defienden la idea de que el dogma religioso no es inmutable. Esto significa que los textos religiosos no son “la palabra de Dios”, sino la palabra del Hombre al respecto de la divinidad. Son pasibles, por tanto, de evolución, acompañando el perfeccionamiento de la inteligencia humana.

El padre francés Teilhard de Chardin, cuya obra es bastante divulgada en la actualidad, propone una idea avanzadísima, la evolución del Espíritu. Tenemos aquí una revolución teológica. Si el Espíritu es perfectible, esto es, pasible de perfeccionamiento, las faltas que cometa son mera consecuencia de su imperfección, razón por la cual debe ser educado, jamás confinado en abismos infernales sin remisión.

El propio infierno existió no como un lugar donde el culpable deba permanecer todo el tiempo, sino como un estado de consciencia infeliz, que compone su tiempo de redención. La extensión de esas ideas fatalmente desembocará en el Espiritismo, completándose esa capacidad evolucionista con el conocimiento de la Reencarnación y de la Ley de Causa y Efecto.

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Ordenando nuestros raciocinios para el abordaje de los enigmas del Universo, la Doctrina Espirita define a los Espíritus como los seres inteligentes de la Creación.

El complemento “fuera del mundo material”, es de fundamental importancia para comprender que las incontables galaxias, con sus sistemas solares y desconocidos planetas que pululan en el infinito, no representa un mero ejercicio de diletante del Creador, ni fueron hechos para deleite de nuestros ojos o para dar trabajo a los astrónomos.

Son todos ellos moradas de Espíritus en variados niveles de evolución, atendiendo a experiencias específicas, relacionadas con sus necesidades evolutivas.

Esa población universal se esparce por el cosmos, sumergiéndose en la materia, en “escafandras” semejante al cuerpo físico que usamos o componiendo comunidades espirituales, donde no haya esa posibilidad o necesidad de ello. Así, Espíritus, que somos, los seres pensantes de la Creación, hacemos nuestro tránsito evolutivo, en el desdoblamiento de gloriosas experiencias rumbo a lo angelical.

En los caminos iniciales, como aquellos en que nos encontramos, siempre habrá vacilaciones y caídas, desvíos y comprometimientos con el error, fruto de nuestra inmadurez. Pero, inexorablemente, tocados por el dolor, la respuesta de la Vida a nuestros engaños, y maduros por la experiencia, caminamos para la perfección.

Advirtiendo no pretender definiciones absolutas, Kardec aborda esa ascesis en “El libro de los Espíritus”, estableciendo una escala con tres órdenes, en diez categorías evolutivas. Considerando que esa clasificación vale también para las criaturas humanas, Espíritus encarnados tenemos allí una ruta de valoración para nuestra propia condición, permitiéndonos constatar en que categoría nos situamos.

Ya en la introducción de la Tercera Orden, la más elemental, podemos percibir porque la tierra es considerada un planeta de expiación y pruebas, que ocupa una humilde posición en la sociedad de los mundos, ya que pocos no se encuadran en ella, lo que podemos constatar viendo algunas de sus características:

Predominancia de la materia sobre el Espíritu.

Inclinación para el mal. Ignorancia, orgullo, egoísmo y todas las pasiones que les son consecuentes.

Tienen intuición de Dios, pero no lo comprenden.

Unos no hacen el bien ni el mal; pero, por el simple hecho de no hacer el bien, ya denotan su inferioridad. Otros, al contrario, se complacen en el mal y se alegran cuando una ocasión se les presenta para hacerlo.

La inteligencia puede encontrarse en ellos aliada a la maldad o a la malicia; sea, pues, cual sea el grado que hayan alcanzado de desarrollo intelectual, sus ideas son poco elevadas y más o menos abyectos sus sentimientos. Pero podemos “quemar etapas”, en nuestra jornada evolutiva, imitando los ejemplos de los Espíritus puros, que alcanzaron lugares más elevados.

Dice Kardec al respecto de ellos: Gozan de inalterable felicidad, porque no se encuentran sometidos a las necesidades, ni a las vicisitudes de la vida material. Esa felicidad, pues, no es la de la ociosidad monótona, transcurriendo en perpetua contemplación. Ellos son los mensajeros y los ministros de Dios, cuyas órdenes ejecutan para el mantenimiento de la armonía universal.

(…) Asistir a los hombres en sus aflicciones, estimulándolos al bien o la exposición de las faltas que los conservan distanciados de la suprema felicidad, constituye para ellos ocupación gratísima.

De lo que saben y de lo que pueden Espíritus de esa estirpe tenemos un ejemplo destacado en Jesús, que sintetizó en breves enseñanzas las leyes morales que rigen nuestra evolución, vivenciándolas en plenitud, del pesebre a la cruz.

Richard Simonetti.

Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”
Traducido por R Bertolinni

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