Cilicio

El diccionario define cilicio como sacrificio o mortificación a que alguien se somete, voluntariamente, atendiendo a un propósito cualquiera.

La joven embarazada sacude al marido a las dos de la madrugada.

– ¡Cariño, despierta!

Él bostezando:

– ¿Qué pasa? ¡¿Te sientes mal?!

– No. Solo quiero hacer una pregunta.

– Habla.

– ¡Tú me quieres?

– ¡Claro! ¡Ya lo sabes!

– ¿Lo juras?

– ¡Lo juro!

– Quiero una prueba.

– ¿Qué prueba?

– Un sacrificio…

– Esta bien. Hago cualquier cosa por ti.

– Tengo ganas de comer sandia.

– ¿En plena madrugada?

– Es deseo de embarazada. Si yo no como sandia, nuestro hijo podrá nacer con aquella mancha roja en la cara.

– Angioma.

– ¿Vas a comprarla?

– Pero, cariño, ¿dónde voy yo a encontrar una sandía a estas horas?

– El Ceasa ya está abierto.

– Si, pero está en la otra punta de la ciudad…

– ¿Prefieres el angioma?

Hay, no es raro, un componente de ignorancia y fantasía en el cilicio, sugiriendo, por ejemplo, que la no satisfacción de súbito deseo, involucrando alimento cualquiera, pueda marcar al hijo que la embarazada tiene en su vientre. Peor era en la Edad Media, cuando los cristianos, inspirados en la ignorancia, llevaban a extremos la afirmación de Jesús, contenida en el Sermón de la Montaña. (Mateo 5:4):

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Entendiendo ese consuelo como una compensación por los sufrimientos, lo ideal sería sufrir bastante en la Tierra para garantizar recompensas mayores en el Cielo.

Tal concepto, ampliamente difundido, generó comportamientos absurdos, con destaque para las Cruzadas, guerras de conquista sustentadas por los reyes cristianos en Europa, bajo la piadosa alegación de que estaban liberando el suelo sagrado de Palestina, en poder de los árabes.

– ¡Dios lo quiere! – era el grito de guerra.

Se involucraron millares de fieles ingenuos, dispuestos al tormentoso cilicio de esa aventura, con la fantasía de que todo cruzado tendría el pasaporte para el paraíso.

***

La idea del cilicio como autoflagelación sugería un comportamiento alienado. Había los que se internaban en lugares yermos, totalmente aislados, con el propósito de huir de los males de la sociedad. Otros, buscando integración en la Naturaleza, se ponían a pastar en los campos, como si fuesen mulas. Era común azotar el propio cuerpo para librarse del pecado. Muchos se proponían al mutismo absoluto, pasando años sin pronunciar una palabra. Cilicio para hombres, ciertamente, ya que, para gentiles representantes del sexo femenino, ¡estar sin hablar seria mucho!

Hay una experiencia emblemática al respecto del asunto. A mediados del siglo VI, en las cercanías de Antioquia, en Siria, un piadoso cristiano llamado Simeón se instaló en lo alto de una elevada columna por él construida. Enteramente entregado a la devoción, era atendido en sus necesidades por amigos y discípulos que lo visitaban, diariamente, muchos de los cuales imitaron, más tarde, su ejemplo.

En el exiguo espacio, dieciocho metros por encima del suelo, sometido a la intemperie y a la incomodidad, pasó los restantes treinta años de existencia sin pisar el suelo. Algún tempo después de su muerte fue canonizado, recibiendo el titulo beatifico de San Simeón, el Estilita.

Si hoy alguien intentase realizar la misma proeza, ciertamente seria internado en un manicomio; pero, en la Edad Media, tales aberraciones eran comunes, consideradas actos de extrema piedad. No obstante, el progreso alcanzado, subsiste la idea del cilicio, de la mortificación, en favor de la depuración, como pasaporte para el Cielo.

Aun hoy hay quien se propone a largos ayunos, cargando una cruz, subiendo escaleras de iglesias en rodillas, por penitencia, promesa, depuración…

Los propios rezos, con interminables y agotadoras repeticiones, en los rituales religiosos, constituyen un cilicio.

– Hablar mal de la vida ajena es un pecado grave, doña María. Rece ciento cincuenta padres nuestros y cien aves Marías.

– Pero, padre, ¿para qué tanto? ¿No da para hacer una rebaja?

– ¿Prefiere arden en el infierno?

***

En el Ítem 26, capítulo V, de El Evangelio según el Espiritismo, dice la entidad que firma un ángel guardián:

Si queréis un cilicio, aplicadlo a vuestra alma y no a vuestro cuerpo; fustigad vuestro orgullo; recibid las humillaciones sin lamentaros; aplacad vuestro amor propio; resistid al dolor de la injuria y de la calumnia, más punzante que el dolor corporal. He ahí el verdadero cilicio cuyas heridas os serán tomadas en cuenta, porque atestiguarán vuestro valor y vuestra sumisión a la voluntad de Dios.

Queda bien claro que el verdadero cilicio está en el esfuerzo ingente de nuestra renovación combatiendo imperfecciones y males, renunciando a las ambiciones, a los vicios, al orgullo, a la vanidad, causas generadoras de nuestros males.

***

Existen cilicios karmicos, problemas físicos y psíquicos, enfermedades y tensiones, intranquilidad e inseguridad, angustia y tristeza, fruto de lo que preparamos en vidas anteriores. No se trata de iniciativa ingenua o mal orientada. Es imposición de la propia consciencia, frente a comportamientos comprometedores.

Las ciencias psicológicas han avanzado bastante en este particular, demostrando que, no es raro, los males del paciente guardan origen en complejos de culpa. Se aproximan a los principios espiritas. Falta solo a los psicólogos avanzar en el tiempo pasado y descubrir que esos cilicios están vinculados a nuestras iniciativas infelices en vidas anteriores. En la legislación penal hay hoy las penas alternativas para crímenes leves y reos primarios.

Alguien que ejercita un comportamiento inconveniente en una plaza pública, que comete una agresión u otras infracciones simples, no sufre la privación de libertad. Asume el compromiso de realizar servicios comunitarios por un determinado periodo.

La justicia humana imita a la justicia divina.

Sean nuestros males determinados por algo comprometedor que estamos haciendo lo que hicimos en el pasado, vale recordar la afirmación importante del profeta Oseas, citado por Jesús (Mateo, 9:13):

Misericordia quiero, y no sacrificio.

La misma idea está contenida en el Sermón de la Montaña, cuando Jesús afirma. (Mateo, 5:7):

Bienaventurados los misericordiosos; porque ellos alcanzarán misericordia.

Dios no quiere que mortifiquemos el cuerpo, que nos aislemos de la vida social, que carguemos complejos de culpa, consciente o inconscientemente, entristeciéndonos. El Señor espera solamente que seamos misericordiosos. Sería la capacidad de compadecernos de las miserias ajenas, haciendo algo por amenizarlas.

El supremo cilicio es luchar contra la tendencia al acomodamiento, a la inercia, para una participación efectiva en favor del bien común. Los que lo hacen instalan el Bien en el propio corazón, liberándose de temores y dudas, fantasías y supersticiones.

Una guardería filantrópica dejó admirado a un reportero que preparaba materia sobre instituciones de entendimiento a niños carentes de la periferia. Todo bien organizado, limpio, trabajadores atenciosos y dedicados, trabajo impecable. Y comentaba con el dirigente:

– Sepa usted señora que es el cerebro y el corazón de esta entidad, dándole ese carácter acogedor y eficiente. Hablan de su dedicación y desprendimiento.

– ¡Ah! Es una exageración inspirado en la bondad de los que trabajan conmigo. Soy apenas una pieza en este engranaje. Y sepa que no tengo ningún mérito. Estoy aquí cumpliendo una pena alternativa.

El reportero se espantó:

– ¿Pena alternativa? No le puedo imaginar señora practicando delitos…

– Hoy, no hija mía. En el pasado, fui una delincuente. Hablo como espirita. En la vida anterior practiqué varias veces el aborto delictivo, acumulando desajustes que en esta vida se manifestaron desde la juventud, en forma de indefinible angustia, que resbaló para la depresión. Sufrí mucho. Conociendo el Espiritismo, tuve noticia de mi pasado y la bondad divina me concedió, por bendecida pena alternativa, dirigir esta institución. Estoy rescatando mis débitos sin tristezas, ejercitando amor por los niños.

¡Ah! ¡Bendecida Misericordia Divina!

***

En un tiempo, amigo lector.

El marido, dispuesto al cilicio de comprar una sandía en la madrugada, no la encontró. La esposa pasó ganas, pero, para la decepción de los que defienden la tesis, el bebé nació de cara limpia, sin angioma.

Libro nº 47 – 2009 Bienaventurados los afligidos. Comentarios sobre el capítulo V, de El Evangelio segundo el Espiritismo. Editora: CEAC-Bauru

Richard Simonetti
Extraído del libro “La fuerza de las ideas”
Traducido por R Bertolinni.

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