Jesús e ingratitud

Los sentimientos de amor, justicia, caridad y gratitud son inherentes a la naturaleza humana, heredera natural de lo bueno, de lo noble, de lo bello. Sin embargo, porque aun se demora en crecimiento de valores, más vinculada activamente a los instintos primitivos, no se manifiestan esas cualidades, que deben ser cultivadas con esfuerzo hasta que se expresen por automatismos derivados de su elevación interior.

Debido a eso, son más comunes las manifestaciones agresivas, las rebeldías, las ingratitudes que aturden, manteniendo un clima mental y emocional belicoso entre los hombres.

La ingratitud, que es desprecio, se presenta como grave imperfección del alma, que debe ser corregida.

El ingrato es enfermo que se abrasa en las llamas del orgullo mal disimulado, de la insatisfacción perversa. A si todos los derechos y méritos se atribuye, negando al benefactor la mínima consideración, ningún reconocimiento.

Olvidándose, rápidamente, del bien que le fue ofrecido, lo silencia, incluso cuando no piensa que lo recibido no pasó de un deber para con él, insuficiente para su grado de importancia.

La ingratitud es una llega moral purulenta en el individuo, que debilita el organismo social donde se encuentra. Así, los ingratos son numerosos, siempre soberbios, y autosuficientes, en dependencia mórbida, pues, de los sacrificios de los otros.

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Jesús siempre llamaba la atención a los ingratos que se le cruzaban por el camino. Nunca le faltaron en el ministerio estos infelices.

En el admirable fenómeno de cura orgánica de los diez leprosos, se evidenciaba la ingratitud de los beneficiados y la pregunta del Maestro, delante de aquel que había retornado para agradecérselo: “¿Dónde están los otros? ¿No fueron diez los curados?”
Nueve se habían ido, apresados, para el gozo y la algarabía, recuperados por fuera, sin liberación de la enfermedad interna, que desaparecería solamente a partir del momento en que fuesen a agradecerlo, modificándose psicológicamente y moralmente.

En la tragedia del Calvario, no se encontraba presente ninguno de los que fueron beneficiados por sus manos, y estos habían sido muchos.

Jesús iluminó ojos apagados; abrió oídos sordos; ofreció sonido a los labios silenciosos; equilibrio a mentes desvariadas; movimientos a miembros muertos; vida a catalépticos; recuperación orgánica a portadores de males innumerables y, sin embargo, fue olvidado por todos ellos. No obstante, el bien que recibieron, huyendo del reconocimiento, los ingratos se volvían delante de sí mismos, de las consciencias molestadas por los remordimientos, tornando a enfermar y muriendo, pues de este fenómeno biológico nadie escapa.

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El Maestro conocía las debilidades morales del hombre y siempre se preocupaba de alcanzarlas, a fin de que las pretendidas curas alcanzasen las matrices de las enfermedades, donde las mismas se originan, erradicándolas, de modo que no volviesen a producir miasmas y males perturbadores. La suya era una constante propuesta de renovación de metas, de actitudes, de pensamientos.

Siendo el ejemplo máximo, pedía que lo viesen, esto es, que tomasen su conducta de desapego de las pasiones amenazadoras y cuidasen de una sola cosa necesaria, que es el “reino de Dios” colocado en el corazón.

En la búsqueda de lo más importante, su encuentro elimina lo secundario, que deja de tener valor, para ceder lugar a lo esencial, que es lo necesario.

Los hombres, pues, en la superficialidad de sus intereses, anhelan solamente por lo inmediato, que les satisface en un momento, dejándolos ansiosos otra vez.

Por inmadurez espiritual, siegan el árbol de donde retiran los frutos de hoy, creyendo, con ingenuidad, que no tendrán hambre mañana. Y cuando esta se presenta nuevamente, no tienen donde recoger el alimento. Así obran los ingratos. Cubren el agua de la fuente que los sació; queman el trigal que les dio el pan; cortan la planta fructífera que los alimentó; apartan al amigo generoso que los ayudó. En contrapartida, viven a solas, despreciados en sí mismos por conocer lo íntimo.

Desconfiados, se vuelven neuróticos; arbitrarios, son desamados; soberbios, pasan ignorados.

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No te preocupes con los ingratos de tus caminos de amor. Prosigue, ofreciendo luz, sin inquietarte con el temor de la oscuridad. Donde enciendas una lámpara, la claridad ahí derramará dádivas.

Tus beneficiarios que te abandonaron olvidaron o se volvieron contra ti; aprenderán con la vida y comprenderán, más tarde, lo que hicieron. Recordarán tus actitudes y buscarán pasar adelante lo que de ti recibieron. No es, por tanto, importante, el tratamiento que te den a cambio, pero si, lo que prosigas haciendo por ellos.

Espíritu Joanna de Ângelis

Médium Divaldo Pereira Franco
Del libro Jesús y actualidad.

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