En las sombras

Belizário imaginaba vivir una pesadilla. Transitaba por una región de densa niebla, lúgubre, vegetación rastrera, escuchando gritos y clamores de gente angustiosa.
Voces impiedosas vociferan contra él.

– ¡Hipócrita! ¡Sin vergüenza! ¡Bandido! ¡Explotador de débiles! ¡Mentiroso!

¿En qué abismo insondable fue segregado?

¡¿De dónde venían aquellas acusaciones?!

¡¿Qué enemigos desconocidos estaban unidos en el propósito de atormentarlo?!

¿Qué se hizo de su familia, Susana, la esposa, Junior, Mauricio y Carmen, los hijos amados?

Tenía sed y hambre.

Huía siempre, tambaleante, inquieto, aterrorizado, derramando abundantes lágrimas, sintiéndose amenazado por fuerzas tenebrosas.

Hijo de padres espiritas, desde temprano hizo su iniciación. Frecuentó los cursos para la infancia y juventud; estaba unido a un Centro Espirita. Conocía el abecedario de la Espiritualidad, revelado por la Doctrina, lo que le permitió identificar sin tardanza donde estaba compulsoriamente. ¡Ciertamente era el umbral! Si, ¡el umbral! El terrible purgatorio del cual tuvo conocimiento leyendo Nuestro Hogar, la monumental obra del Espíritu André Luiz, psicografía de Francisco Cándido Xavier.

Cuando le ocurrió esa idea, se desesperó.

– ¡Dios mío! ¡he muerto!

Más intensas se tornaron sus lágrimas.

¡No era posible! ¡Tenía solo cincuenta y cinco años! ¡Familia que cuidar, la industria, los negociones y compromisos!

¡No! ¡Dios no podía hacer eso con él!

Oró como nunca lo hizo, arrodillado, manos puestas, ¡implorando a la Misericordia Divina que todo aquello fuese solo una pesadilla terrible! Quería despertar, librarse de aquel paisaje siniestro, superar los tormentos que asolaban a su alma, ¡encontrar un alivio! ¡Que sortilegio lo llevó hasta allí!

Siempre entendió que su unión con el Espiritismo sería un pasaporte garantizado para parajes más amenas, en contacto con benefactores y el reencuentro maravilloso con amigos y familiares desencarnados. ¡Jamás imaginó que la muerte le reservase semejante sorpresa!

Nunca se dio al trabajo de ponderar que mucho será pedido a quien mucho se ofreció, según las sabias palabras de Jesús. Aunque inteligente y culto, nunca consideró la responsabilidad de ser espirita, ni notó un punto fundamental:

¡Conocimiento de la vedad implica compromiso con la verdad!

La visión de la realidad espiritual, proporcionada por la Doctrina Espirita, impone rectificaciones en la conducta que jamás se dispuso a efectuar. Se quedaba siempre en aguas de superficialidad, sin realizar el mínimo esfuerzo en el sentido de ajustarse a los valores del Evangelio, conforme señalizan los principios codificados por Allan Kardec.

No sabía decir por cuanto tiempo estuvo así, llorando, suplicando ayuda a la Misericordia Divina. Solamente cuando cesó las cuestiones egoístas, favoreciendo un toque de humildad; cuando cayó en sí, conforme la Parábola del Hijo Prodigo (Lucas, 15:11-32), reconociendo su propia pequeñez delante de Dios, se modificó el panorama de sus amarguras.

Por el velo espeso de las lágrimas, vio surgir a alguien.

– ¿Entonces, mi querido Belizário, le gusta este spa del alma?

Nuestro héroe identificó de pronto al viejo Ferreira, espirita siempre bien humorado y dedicado a los trabajos doctrinarios. Desencarnó hacia algunos años, después de una existencia plena de realizaciones en el campo del Bien.

Se levantó y lo abrazó, llorando copiosamente.

– ¡Ah! Ferreira, mi querido Ferreira! Tu presencia confirma mis sospechas de que retorné a la Espiritualidad, pero, por favor, amigo mío, ¡no bromees! ¡Me siento en las profundidades del tenebroso infierno, sofriendo torturas intraducibles!

El socorrista, sonriendo, confirmó:

– Nada de eso, amigo mío. Aquí es, realmente, un spa para quemar las grasas espirituales adquiridas en los excesos de la peregrinación humana.

– ¿Por qué yo? No fui mala persona…

– Pues sepas que estás exactamente en el lugar compatible con tus necesidades espirituales.

– No lo entiendo…

– Nuestras acciones, nuestra manera de ser, nuestras iniciativas, determinan el peso específico de nuestra alma y la región para donde la muerte nos transportará. Tu densidad espiritual te llevó para estos parajes inhóspitos, donde están los que no cultivaron la dignidad de la vida, ni respetaron los designios del Señor.

– ¡Pero, Ferreira, no fui un criminal, un irresponsable! ¡Tú me conoces! ¡Siempre procure obrar de acuerdo con mi consciencia!

– Como ocurre con todos los hombres desligados de los valores espirituales, haces una apreciación exagerada de ti mismo, pero la realidad es diferente. Te faltó encarar con seriedad las responsabilidades de la jornada humana. Tu existencia siempre fue orientada por los intereses personales, bajo la inspiración del egoísmo, incluso en el círculo familiar, donde somos convidados a cambiar la conjugación del verbo de nuestras acciones, de la primera persona del singular – yo, para la primera del plural – nosotros. Natural que ahora te veas donde estas, un purgatorio compatible con el tipo de vida que llevaste.
Belizário se lamentaba.

– ¡No estoy de acuerdo! Siempre cuidé bien de los míos. Tenía mucha gente bajo mi responsabilidad en mi industria. Nunca exploté a los trabajadores; jamás protesté, honré mis compromisos.

El amigo sonrió.

– Amigo mío, las medidas de la densidad espiritual son tan exacta como una balanza de alta precisión. El hecho de pegarte a estos parajes significa que el juicio que te haces de ti mismo no es compatible con la realidad de tus acciones, ni expresa una vivencia orientada por la óptica cristiana.

– ¿Entonces, mi vida fue una farsa? ¡Siempre me situé como un hombre de bien!
Ferreira sonrió.

– ¿Hombre de bien, Belizário? ¿Qué significa esa expresión para ti?

– Alguien que no se compromete con el vicio, el crimen, la deshonestidad…

– Es más que eso, amigo mío. ¿Acuérdate de estas observaciones de Allan Kardec, en la pregunta 918, de El libro de los Espíritus?

Moviendo un pequeño aparato, Ferreira proyectó en una imagen el texto que Belizário leyó tantas veces:

El verdadero hombre de bien es el que práctica la ley de justicia, amor y caridad en su mayor pureza. Se pregunta a la propia consciencia sobre los actos que practicó, preguntará si no violó esa ley, si no hizo el mal, si hizo todo el bien que podría, si nadie tiene motivos para quejarse de él, en fin, si hizo a los otros todo cuanto quería que los otros le hiciesen. Imbuido del sentimiento de caridad y de amor al prójimo, hizo el bien por el bien, sin esperar recompensa, y sacrifica sus intereses a la justicia. Es bondadoso, humanitario y benevolente con todos, porque ve hermanos en todos los hombres, sin distinción de razas, ni creencias. Si Dios le concedió el poder y la riqueza, considera esas cosas como un depósito, que debe usarse para el bien. De ellas no se envanece, por saber que Dios, que le dio todo eso, también se lo podrá retirar. Si el orden social colocó a otros hombres sobre su dependencia, los trata con bondad y benevolencia, porque son sus iguales ante Dios. Usa de su autoridad para levantarles la moral y no para aplastarlos con su orgullo. Es indulgente con las debilidades ajenas, porque sabe que él mismo precisa de la indulgencia de los otros y se acuerda de estas palabras del Cristo: “Aquel que esté sin pecado que tire la primera piedra.”

No es vengativo; a ejemplo de Jesús perdona las ofensas, para solo acordarse de los beneficios, pues sabe que será perdonado a la medida que haya perdonado. Respeta, en fin, en sus semejantes, todos los derechos que las leyes de la Naturaleza les concedan, como le gustaría que respetasen las suyas.

***

Desconectado el aparato, Ferreira preguntó:

– ¿Entonces, aun crees que fuiste un hombre de bien?

Belizário, se puso a la defensiva.

– Puedo no haber sido todo eso, pero también no fui un hombre del mal. Me parece que no estuve tan lejos de ese patrón de comportamiento.

– Bien, mi querido amigo, con autorización de nuestros mentores, vamos a dar una ojeada a tu pasado de hombre de bien.

– ¿Hay registros?

– Si, en tu cabeza.

– En mi memoria?

– Exactamente. Haremos una regresión bajo inducción hipnótica. Revivirás algo de tu pasado. Sería muy pesado recordar plenamente los compromisos de toda una existencia.

Vamos a limitarnos al análisis de los siete últimos días que antecedieron a tu transformación para estos parajes. ¿Estás de acuerdo?

– ¿Una semana solamente?

– Si, será suficiente para una evaluación existencial.

– Todo bien. Confío en ti.

Aplicándole pases magnéticos, Ferreira indujo a Belizário a un trance profundo y, trabajando sus centros de memoria, induciéndolo a recordar el pasado cercano. Como quien asiste a una película proyectado a una velocidad vertiginosa, nuestro héroe revivió, en breves instantes, las experiencias emociones de la última semana.

Libro nº 45 – 2008 Cambio de rumbo. Romance. Editora: CEAC-Bauru

Richard Simonetti
Extraído del libro “La fuerza de las ideas”
Traducido por R Bertolinni.

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