Directriz insuperable

La renovación de actitudes en la edificación de una nueva mentalidad requiere un inevitable cambio cultural en nuestros ambientes doctrinarios. El repudio al debate y la aversión a confrontar opiniones son expresiones de institucionalismo que aún están presentes en el psiquismo humano, muchas veces realimentado por organismos y oradores respetables.

Cuando Jesús convocó a sus discípulos al servicio del amor “les dio poder”, conforme afirma el texto de Mateo. Reeditar ese hecho es fundamental, con el fin de que logremos mejores condiciones morales al movimiento espirita. Conferir poder es propiciar respuestas, caminos, horizontes, alternativas pedagógicas para instrumentar y capacitar a alguien para alguna tarea.

El Maestro, como educador, luego de los importantes deberes públicos del día, se recogía en coloquios íntimos con los corazones de los apóstoles, ampliándoles las perspectivas, sobre las enseñanzas, dimensionando las realizaciones extra físicas alrededor de los hechos de todo el grupo, y respondía a las cuestiones simples, pero de rara profundidad moral. Era allí, en aquellos momentos íntimos, que se hacía eficiente el poder de percepción y el desenvolvimiento de las condiciones necesarias al apostolado, porque había debates sinceros y resolución de conflictos en un clima pacífico, bajo la tutela del Señor.

Hoy más que nunca, necesitamos repetir tal episodio y permitir al “Espíritu del Señor”, la contención de nuestros impulsos de disgregación y aislamiento. Es urgente trabajar por una cultura de cambios y crecimiento grupal, habituándonos a tener nuestros aciertos abalados por la oportunidad y la permuta, para que ampliemos la capacidad de mirar con más exactitud las cuestiones que suponemos han sido agotadas. Esa directriz conducirá a los hombres a una mayor posibilidad de dialogo e intercambio, haciéndoles percibir la inconveniencia del aislamiento en muros de seudo-sabiduría o en las mazmorras del autoritarismo institucional, dictando normas e ideas en nombre de una verdad exclusivista. De ahí la importancia de incentivar a los dirigentes al contacto sabio con la dinámica operacional de los centros espiritas y de los diversos segmentos de la siembra, estableciendo contactos, actualizando conceptos, sacando dudas, agendando encuentros, creando enseñanzas ecuménicas para que sirvan de ejemplo a los menos inclinados a los hábitos de la complacencia con la diversidad de entendimiento.

La mejor institución será la que propague más las condiciones para el amor. El mejor hombre será el que presente más tenacidad en el amor. La mejor Casa será la que implemente más el régimen de amor en grupo, imprimiendo a sus deberes un carácter educativo. Los héroes de carácter moral se están despidiendo de la tierra, porque cumplieron su misión de amor. Ahora es tiempo de los actos solidarios por la unión de las fuerzas, recordando el calvario en el cual Jesús se despidió glorioso, confiriendo la continuidad de la obra a cuantos compartan Su Camino Divino. Mejoremos al hombre, despreocupémonos de los excesos de medidas en cuanto a la renovación de modelos institucionales que, inevitablemente, surgirán sin prisa.

Es urgente nuestra adhesión consciente a los principios éticos del mensaje de Jesús actualizados por el Espiritismo, sin los cuales los modelos organizativos, por más ajustados, van a caer por estériles. Necesitamos establecer programas centrados en valores éticos al lado de las bases fundamentales ya analizadas por el estudio. Favorecer a los trabajadores y liderazgos con mejores nociones sobre “Las Leyes Morales”, contenidas en la tercera parte de “El Libro de los Espíritus”, y profundizar el entendimiento sobre el inolvidable y universal sermón de la montaña de Jesús, así como lo hace Allan Kardec en “El Evangelio según el Espiritismo”, construyendo un programa eficiente de renovación moral basado en la sabia filosofía de Jesús.

El conocimiento de las verdades espiritas, por sí, llevará las viejas máculas del saber si no fuesen acompañadas por la vivencia. El deslumbramiento resultante de los principios espíritas no ocurre en función de estar el hombre frente a nuevos conocimientos que lo sorprenden, pero sí por que está retomando el contacto con ideas que ya fueron parte de su patrimonio cultural, las cuales él, no tuvo la capacidad de utilizarlas para su propia transformación, sometiéndose a los mandatos de las ideas paganas y de la ruptura con la ética del bien. De ese modo es preciso hoy conjugar ese conocimiento, que es milenario, con la moralización, por la educación.

El tan decantado proceso de educación de sí mismo pasa por la mejor comprensión del mundo moral y sus implicancias, dando como resultado un mejor autoconocimiento, porque el “conocimiento de sí mismo es la clave del progreso individual”. Esa embestida en el hombre es nuestra oportunidad de sustraer la noción inferior, que intenta someter al Espiritismo a una mera religión de formalidades actualizadas, y colocarlo, donde debería estar, en la fase del rumbo lúcido de la educación integral de la humanidad. La directriz insuperable de Jesús continúa como derrotero de singular oportunidad. Necesitamos “conferir poder”. ¿Cómo amar al prójimo? ¿Cómo obtener abnegación? ¿Cómo adaptarse a los cambios? ¿Para quién es difícil el comprometerse? ¿Es posible desarrollar la indulgencia? ¿Cómo dialogar en climas adversos? ¿Cómo dialogar? ¿Qué es solidaridad en la sociedad? ¿Cómo lograr la unificación en tiempos de pluralismo? ¿Ella es viable? ¿Cómo brindar esas condiciones de “poder” a los nuevos servidores de la causa cristiana? ¿Qué poder de transformación estamos viabilizando a los hombres comunes que encuentran esperanzas y aliento en los graneros de paz de la casa espírita? ¿Qué hemos hecho para que las conductas se abran al espíritu de simplicidad?¿Qué propuestas hemos presentado para facilitar una oportunidad de aproximación pacífica entre las diversas tendencias de la siembra? ¿Por qué es tan importante ese acercamiento?

El Espíritu de Verdad nos legó el inspirado derrotero en el “Amaos e Instruíos”. Instrucción y amor, conocimiento y dinamismo ético. Levantemos la bandera de la unificación ética en torno de la cual nosotros seremos la posibilidad de atraer por la acción, más que por el discurso, enseñando la formación de guías de reconciliación ecuménica entre nosotros, los espiritas, con diversidad de ideas, pero un único sentimiento, el del amor emanando la fraternidad. Tomemos como lema la tríada inspirada del Codificador “Trabajo, Solidaridad, Tolerancia”, y unamos esfuerzos en la campaña para que esa indicación se torne el programa de la Casa y del Movimiento Espirita Mundial.

El trabajo, opera los cambios por la fuerza de las circunstancias, la tolerancia crea el clima indispensable para tornarlos posibles y la solidaridad es el agente propulsor capaz de hacerlos creíbles. ¿De que nos valdrá conocer la inmortalidad y vivir intencionalmente el materialismo?. Esa fue una pregunta realizada por el Codificador con el propósito de llamarnos la atención hacia la esencia ética del Espiritismo. Si Kardec indagó al Espiritismo, nos preguntamos ¿de qué nos vale el Evangelio si no lo vivenciamos? ¿Para qué llamamos a Jesús si no consideramos Su Presencia en el desenvolvimiento de relaciones  éticamente ajustadas a sus enseñanzas? Guiémonos por la religión, por la filosofía o por la ciencia, estudiemos el Espiritismo o el Evangelio, adoptemos esa o aquella práctica con la cual nos adaptemos mejor, creamos esa o aquella entidad para servir a nuevas experiencias, todo eso importa poco si no tenemos amor. Recordemos al apóstol Pablo en su bellísima poesía:

“Aunque Yo hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, y no tuviese caridad, sería como el metal que suena o como campana que tañe”.

Cícero Pereira
Extraído del libro “Actitud de amor”

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