¡22 Años!

Dice un antiguo refrán que nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena; pues sabido es, según cuenta la tradición, que cuando la tempestad se desencadena, si evoca a dicha santa, el rayo se detiene en su carrera, y a pesar de hacer tan grandiosos beneficios, (según aseguran los creyentes) la humanidad se olvida de su consecuente protectora. Triste es decirlo, pero la raza humana es tan olvidadiza que todo lo relega al olvido; desde el milagro de la mística fábula, hasta los grandes principios de las escuelas filosóficas, en unión de sus innegables consuelos.

Nosotros somos los primeros que nos acostumbramos como los demás a vivir en medio de la luz, y no apreciamos como deberíamos, el inmenso bien que nos ha proporcionado el conocimiento del Espiritismo, y el que proporciona a los demás; necesitamos ver de muy cerca algún gran infortunio para apreciar todo el horror que hay en la sombra, y toda la felicidad que hay en la luz.

Ayer tuvimos ocasión de bendecir el Espiritismo, porque estuvimos hablando con un ser profundamente desgraciado; es un joven de veintiséis abriles, que hace veintidós inviernos que sufre una penosísima enfermedad.

Es un Espíritu amante del progreso, racionalista por excelencia, en sus ojos irradia el fuego de la juventud, en su frente pensadora se ven prematuras arrugas, la expresión de su semblante es dulce y amarga a la vez: su sonrisa es triste, se ve que es un hombre que piensa, que siente, que quiere; por consiguiente su estado de postración le debe hacer sufrir mucho, porque hay espíritus que la escasez de su inteligencia aminora su padecimiento, porque viven sin aspiraciones; en muchos seres la conformidad no es una virtud, es una costumbre adquirida sin violencia, hay hombres humildes que padecen,  pero que inclinan la cabeza diciendo: Dios lo quiere, y ante ese místico e ilógico razonamiento, se cruzan de brazos y se entregan a la inacción sin lucha, sin contrariedad; en cambio hay otros individuos como le sucede al joven de quien nos ocupamos, que no se conforman con morir lentamente, quieren saber la causa de su muerte así es que su vida tiene un fondo muy sombrío.

El hombre pensador dominado por una enfermedad es profundamente desgraciado; y nuestro amigo lo era. Nació fuerte y robusto, y a los cuatro años de estar en este mundo, comenzó a sufrir con un tumor en una cadera, el cual ha tenido tan numerosa descendencia que han pasado veintidós años y aún sus raíces retoñan abriendo hasta once bocas en torno del tumor primitivo, y como es natural, nuestro amigo se ha quedado cojo y todo su ser está medio torcido por una dolorosa contracción; además está bastante sordo, y su crónica enfermedad tiene periodos tan horribles, que en ciertas ocasiones aumenta el dolor de sus llagas, hasta el punto de quedarse postrado en su lecho y tiene que permanecer largas temporadas recostado de un lado sin poder cambiar nunca de posición; temporadas que duran a veces dos años, año y medio, dos meses, un mes, quince días, y en estado normal, cuando puede andar y dedicarse a su trabajo que es sastre, el infeliz tiene que curarse al menos dos veces al día, y cuando sus llagas se cierran, él mismo tiene que abrírselas para que cesen sus agudísimos dolores.

¡Pobre joven! ¡Tan inteligente! ¡Tan afectuoso!… tiene que vivir encerrado dentro de sí mismo, para él está negada la ternura de una esposa, las caricias de inocentes pequeñuelos que trepando por sus rodillas le digan: ¡Padre!… para él no hay más que el aislamiento; monje del infortunio ha tenido que aceptar la soledad íntima sin que una esperanza le sonría, para él no hay más que la tumba, sólo en ella cree lógicamente que dejará de sufrir.

La única dicha que le ha sido concedida a este desgraciado, es tener una madre amorosa que le cuida con la más tierna solicitud, y le rodea de esos amantísimos cuidados que tanto consuelan a un enfermo.

La pobre mujer es muy buena cristiana y cumple fielmente todas las prácticas de la religión romana, ha predicado a su hijo cuanto ha podido, y le ha encomendado siempre que rece a éste y al otro santo para obtener la protección Divina, pero nuestro amigo le decía a su madre:

-Señora, yo no entiendo como es ese Dios de Ud. ¿Qué pecado he cometido para recibir un castigo tan horrible? Si enfermé cuando tenía cuatro años ¿Qué había yo hecho a esa edad? ¿Qué arma homicida había yo levantado contra mi prójimo? ¿Qué calumnia habían proferido mis labios? ¿Qué plan infernal se había urdido en mi mente? ¿Qué guerra de exterminio había yo provocado? Todo efecto tiene su causa, mi enfermedad no la tiene. Yo tengo hermanos que han estado en el mismo claustro materno que he estado yo, y ellos están buenos y sanos mientras que mi cuerpo es un depósito de podredumbre. ¿Es un mal hereditario? No; mi padre es un hombre robusto, Ud disfruta de salud, ¿Por qué yo he de ser el desgraciado Job de esta familia?

-Porque Dios quiere probar tu paciencia, le decía su madre.

-Eso es un absurdo, señora; si Dios todo lo ve, si Dios todo lo sabe, si Él no tiene velos para el mañana; comprenderá desde el momento que crea a sus hijos lo que éstos pueden sufrir.¿Ud. sería capaz de martirizarme para ver hasta donde llegaba mi sufrimiento?

-¡Ay! No, hijo de mis entrañas, si por quitarte un minuto de penas yo cargaría muy contenta con un siglo de dolores.

-Entonces Ud. es mejor que Dios.

-Calla muchacho, no digas barbaridades, si Dios es el conjunto de todas las perfecciones.

-¿Pues por qué no amengua mi tormento y Ud. con ser una pobre mujer sufriría gustosa el mal que me aqueja? Desengáñese Ud. señora, Dios no existe, si existiera, yo no estaría sufriendo tan horriblemente; no me venga Ud. con santos ni con letanías: nacemos no sé porqué, vivimos por un misterio, morimos porque las fuerzas se agotan; ¿Cuándo se gastarán las mías?… y en estas disertaciones pasaba nuestro amigo su triste vida. Así vivió dieciocho años, cuando un anciano, trabajador del muelle de Tarragona le dio un pequeño libro titulado ¿Qué es el Espiritismo? Diciéndole: lee esto muchacho si quieres renacer. El pobre enfermo devoró aquellas páginas, y en sus admirables diálogos, su alma hambrienta de justicia pudo saciarse con el sano alimento de la verdad, sazonado con la sal de la razón, y desde aquel día aunque él no oye sino con gran trabajo, acude a las sesiones espiritistas y escucha ansioso las comunicaciones de los espíritus, lee periódicos espiritistas y escucha y hace más aún, propaga la buena nueva con sus palabras, con sus buenos hechos, con su resignación; ya no dice que Dios no existe, hoy exclama con íntima satisfacción: ¡Dios es grande! ¡Dios es misericordioso! Porque crea y no destruye. ¡Yo espero! ¡Yo creo! ¡Yo amo la luz! ¡Yo he renacido! Yo le debía a mi padre la vida del cuerpo, pero le debo a Dios la vida del alma, ¡Bendito sea!…

No soy una víctima del capricho de la suerte, no sirvo de experimento a un Dios torpe. Soy lo que yo he querido ser, pago lo que debo, empleé mal mi tiempo, sembré vientos y recojo tempestades; pero yo dejaré mi harapienta envoltura, mi Espíritu se verá libre de estos miembros corroídos por la putrefacción; ¡Y seré joven! ¡Hermoso! ¡Lleno de virtudes! ¡Amaré a una mujer! ¡Me crearé una familia! ¡Seré grande! ¡Seré un genio! ¡Viviré, porque ahora no vivo! ¡No soy un desheredado! ¡Tengo mi herencia, tengo mi parte en el banquete de la vida! Y en la mirada de nuestro amigo irradia algo divino, algo que no se puede describir ni copiar, que como dijo un sabio, se podrán retratar unos ojos, pero jamás trasladará al lienzo el fuego de una mirada.

Cuando nosotros escuchamos su relato, cuando multiplicamos nuestras preguntas, y le vemos tan resignado, tan racionalmente convencido de que el que mucho paga, mucho debe, entonces decimos: ¡Qué consuelo tan inmenso ha venido a difundir el Espiritismo! Dice Castelar, que Dios está sentado en la cúspide de los mundos teniendo en su mano una catarata del río de la vida; el Espiritismo también tiene en sus principios fundamentales, la catarata del río de la esperanza; la fuente del progreso eterno, el raudal inagotable de la razón, el grandioso océano de la verdad.

Nuestro pobre amigo que vive sin vivir, dominado por un dolor continuo, que ni un momento de su vida se ve libre de su penosa mortificación, que de todo dudaba, que esperaba la muerte, el caos, la nada como la única felicidad posible, que destruir su ser y aniquilar su yo, era la sola ilusión que acariciaba su mente… y en un momento renacer, vivir, soñar, presentir, esperar, creer y amar aquel mismo dolor que le tortura, comprendiendo que en ciertos planetas, como dice Villamarín, el sufrimiento es el agente de la mancha del mundo, esta metamorfosis es tan grande, su importancia es tan transcendental, dormir en una tumba y despertar en el infinito, esta transición de la muerte a la vida sólo la puede tener el Espiritismo, las voces de ultratumba que le dicen al desventurado ¡Levántate y anda! Tuya es la Creación con sus mundos de Luz, con su eterna lucha y su eterno progreso:

¡Confía! ¡Espera! ¡Ama! ¡Perdona! ¡Trabaja! ¡Vive! Porque tu destino es vivir eternamente ¡Oh! Bendita sea la hora que el Espiritismo vino a abolir la esclavitud de los ciegos, de los tullidos, de los huérfanos, de los mártires del infortunio que en las hogueras del dolor sucumben. Nuestro pobre amigo que lleva veintidós años de sufrimiento, ¡Cuánto le debe al estudio del Espiritismo!

Vosotros los que os reís, los que nos llamáis locos, los que creéis que deliramos, si alguna vez sufrís, si las amarguras de vuestra expiación os hacen caer bajo el peso de la cruz: acordaos entonces del Espiritismo, estudiad sus obras, buscad sus fenómenos, y encontraréis lo que ha encontrado nuestro amigo, la causa de su sufrimiento.

¡Una razón suprema!
¡Una verdad Divina!
¡Un Dios inmutable y eterno!
¡Un porvenir de gloria!
¡Un progreso indefinido!
¡La irradiación de la vida!
¡La vida en toda su grandeza desenvolviendo en el infinito, los raudales de su eterna luz!
¡Salve, verdad augusta!
¡Salve vida sin término!

¡Cuán grande es Dios! ¡Feliz el hombre que en la Tierra vislumbre un reflejo de la espléndida aurora del porvenir!

Amalia Domingo Soler

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