Caridad

En todos los tiempos, hay ejércitos de criaturas que enseñan la caridad, pero pese a ello, pocas personas la practican verdaderamente. Torquemada, organizando los servicios de la Inquisición, se decía portador de la divina virtud. Camino de los terribles suplicios, los condenados eran compelidos a dar las gracias a los verdugos. Muchos de ellos, en plena hoguera o atados al martirio de la rueda, aguijoneados por la flagelación de la carne, eran obligados a alabar, con las manos puestas en oración, la bondad de los inquisidores que les ordenaban morir.

Esa caridad religiosa era hermana de la caridad filosófica de la Revolución Francesa. La guillotina funcionó en París mucho tiempo, cortando cabezas de hombres y mujeres en nombre de la renovación espiritual de la política administrativa. Se enaltecían verbalmente los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad, se componían himnos de glorificación al Gran Ser y se erigían altares a la Diosa Razón y, para que se hiciese el reajuste de los principios humanitarios del mundo, la cuchilla descepaba la cabeza del prójimo.

Los líderes revolucionarios, bellos idealistas quizá, pugnaban en Francia también por la  evolución del arte de matar. La horca y el machete eran excesivamente antiguos. Convenía un procedimiento más rápido, más eficiente. Y, en nombre de la caridad renovadora, se buscó la colaboración de un profesor de anatomía de la Facultad de Medicina de París, el médico José Ignacio Guillotin, que recordó a los políticos el adoptar la cuchilla de decapitar, ya conocida, por cierto, de los italianos. En la base, se colocaría un cesto que recogiese piadosamente la cabeza ensangrentada de los condenados a muerte.

Desde tiempos inmemoriales, se abusa del concepto de virtud en la práctica de innombrables desvaríos. Los emperadores romanos, por ejemplo, determinaban el suplicio de los cristianos en nombre de la caridad política. Y todavía hoy, en nombre de ella y en todos los países, surgen a veces medidas que claman al cielo. Y por eso la caridad pide, ante todo, comprensión. No basta entregar los bienes al primer mendigo que surge por la puerta, para que eso signifique la posesión de la virtud sublime. Es preciso comprender su necesidad y ampararlo con amor.

Desembarazarse de los afligidos ofreciéndoles lo superfluo, es librarse de los necesitados de manera elegante, con absoluta ausencia de iluminación espiritual. La caridad es mucho más grande que la limosna. Ser caritativo es ser profundamente humano y aquél que niega comprensión al prójimo puede invertir considerables fortunas en el campo de la asistencia social y convertirse en bienhechor de los hambrientos, pero si quiere ser efectivamente útil, tendrá que comenzar, en la primera oportunidad, el aprendizaje del amor cristiano.

Callar a tiempo, disculpar ofensas, comprender la ignorancia de los demás y tolerarla, sufrir con serenidad por la causa del bien común, apartarse de lamentaciones, reconocer la superioridad allí donde esté y aprovechar sus sugerencias, es ejercer el ministerio sagrado de la divina virtud. Hay mucha gente habilitada para participar en los sufrimientos del vecino, pero raras personas saben compartir su contentamiento.

Frente a los cuerpos mutilados, ante heridas que sangran e infortunios angustiosos, se oyen exclamaciones de piedad, más fingida que verdadera. Sin embargo, en torno al bienestar de un hombre honrado y trabajador, que ha sacrificado sus mejores años al espíritu de servicio, comúnmente caen las piedras de la calumnia y brotan las zarzas de la envidia, de los celos, del despecho.

Caridad, caridad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre! podríamos repetir la frase famosa de Madame Roland, refiriéndose a la libertad, ante la muerte.

Fray Bartolomé de los Mártires, el santo arzobispo de Braga, cierta vez fue visitado por un hidalgo que le pidió la aplicación de los dineros de la Iglesia en la construcción de una nueva y suntuosa basílica destinada a la aristocracia de la vieja ciudad portuguesa. Tendría capiteles dorados, lujosos altares, torres maravillosas y naves resplandecientes. El generoso eclesiástico escuchó, en silencio, recordó las filas de necesitados que diariamente llamaban a su puerta, castigados por la desnudez y por el hambre, y pidió tiempo, a fin de estudiar la cuestión.

Continuaba distribuyendo los bienes que venían a sus manos en obras de socorro, ante las necesidades apremiantes de la pobreza que acudía a su corazón y, mensualmente, allá venía el amigo, renovando el petitorio. Braga necesitaba un templo nuevo y amplio, lleno de arte, belleza y pedrerías.

El prelado rogaba siempre más tiempo para decidir, hasta que un día, decidió ser más claro y después de escuchar pacientemente a la oveja atacada por la manía de grandezas, respondió con serenidad cristiana:

—No sé cómo atender las exigencias de Vuestra Señoría. Cuando el diablo tentó a Nuestro Señor Jesucristo, le pidió que convirtiese las piedras en panes. Obsérvese que era una obra meritoria la que Satanás esperaba del divino poder, pero Vuestra Señoría hace mucho peor que el demonio, pues viene a reclamar siempre que los panes de los pobres se conviertan en piedras.

Tal como el hidalgo de Braga, hay mucha gente sedienta de dominación que no realiza sino obras exclusivas del yo en vez de servicios legítimamente beneméritos. Fuera de la caridad no hay, efectivamente, salvación para los que han perdido la luz. El manto de esa virtud sublime cubre la multitud de los pecados, según la enseñanza evangélica. Sin embargo, en todas las ocasiones, es necesario mucho discernimiento para que nuestro corazón no convierta los panes de la posibilidad divina en piedras de la vanidad humana.

Por el espíritu Hermano x

Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Lázaro redivivo”

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