El principio de la concordancia

“¿Qué puede la opinión de un hombre o de un espíritu? Menos que la gota de agua que se pierde en el océano.”

Así nos explica Kardec que el principio de la concordancia es la base sólida sobre la cual se asienta la Doctrina de los espíritus. Si esta fuera obra de un único hombre, si hubiese sido revelada a una única nación o si se vinculara a una única clase social, sería cuestionable.

La Doctrina Espírita, sin embargo, se funda en revelaciones recurrentes, hechas en forma espontánea, con el concurso de un gran número de médiums que no se conocen entre sí y operando en diversos lugares. La universalidad de las enseñanzas de los espíritus constituye la fuerza del Espiritismo.

Mientras que a Pablo de Tarso le vemos respondiendo a través de sus cartas a las peticiones de información que le llegaban de los diferentes núcleos cristianos que él mismo había contribuido a fundar, a Kardec le hemos de visualizar recibiendo información de cerca de un millar de centros espíritas serios, diseminados en los diversos rincones del globo. Estos dos hombres representan distintas fases en las que los Espíritus Superiores, siempre con prudencia, revelaron verdades de un orden más elevado a la humanidad. Pablo, como encarnado, trabajó en la difusión del evangelio de Jesús. Éste conjunto de enseñanzas se conoce en la Doctrina Espírita como la segunda revelación.

Kardec, en colaboración con millares de médiums e incontables espíritus, entre ellos Pablo, ahora desencarnado, orquestó la elaboración de la tercera revelación: la Doctrina de los Espíritus. Quiso Dios que los espíritus llevasen sus enseñanzas de un polo al otro, sin otorgar a persona alguna el privilegio de escuchar su palabra o la calidad de su portavoz.

El codificador recibía información, la analizaba con el filtro de la razón y la contrastaba a través del principio de la concordancia. Así es como ideas que se repetían en las comunicaciones que recibía Kardec gravitaban para conformar un cuerpo filosófico indeleble. Como dice el mismo codificador, se pueden quemar libros, se pueden reprehender a los hombres, pero la divulgación de la Doctrina es obra de los espíritus. Y esta ha recibido la sanción de la concordancia.

La metodología de Kardec convoca a profundas reflexiones en tiempos de profusión de ideas y teorías. En primer lugar, representa un golpe al ego de médiums que desean hacer revelaciones novedosas y a al carácter impaciente de las almas que ansían esta clase de información. Solamente los espíritus frívolos responden a cuanto se les pregunta, mientras los espíritus comprometidos con la verdad reconocen sus puntos de vista como parciales y recomiendan la confirmación de sus revelaciones a través del principio de la concordancia.

En segundo lugar, Kardec resalta el carácter espontáneo de las revelaciones serias, considerando primordiales las de orden moral. Ideas que producen disputas no son más que la reverberación del ego de cuantos las propagan o las necesitan.

En tercer lugar, el meticuloso trabajo de Kardec señala la prudencia y la colaboración como características esenciales del trabajo del divulgador espírita. “No se producirá la unión mediante la opinión de un hombre, sino por la voz unánime de los espíritus”. Que la sinfonía de los espíritus de luz pueda encontrar en los trabajadores espíritas instrumentos dóciles a los objetivos del bien, del amor y de la paz. Silenciado el ego, resuene por todo el universo la música de la Verdad.

J. Minelli
Revista Visión Espirita Nº17

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