La unidad religiosa

(No hay más que un Dios)

Ha tiempo que he buscado con incesante anhelo
al Dios de la justicia, al Dios de la verdad;
al Ser Omnipotente, sin límite y sin velo,
aquel que fue increado, y que es la eternidad.

El alma de los mundos, el fuego de la idea,
la esencia de la vida, el germen del amor,
la fuente inagotable, la luminosa tea
que con su luz esparce eterno resplandor.

¡Oh!, si; siempre he buscado la irradiación suprema,
en donde yo encontrara la causa del por qué;
sin árboles prohibidos, ni estigma ni anatema,
que a imbéciles historias jamás he dado fe.

Porque los inventores de fábulas sagradas
tuvieron a fe mía tan pobre inspiración,
que sólo hallan en ellas las almas razonadas
de absurdos y sofismas extraña confusión.

Revisten a su antojo al Ser Omnipotente
con odios y rencores, ¡oh, inicua ceguedad…!
¿La gota de rocío se igualará al torrente…?
¿Podrá la densa sombra prestarnos claridad?

El hombre, átomo errante, es célula embrionaria,
de osada inteligencia, que va de un algo en pos;
y sólo, puede y debe alzar una plegaria,
mas nunca darle formas ni definir a Dios.
Dios es indefinible, apreciación no tiene,
y son las religiones, utopías nada más,
que el lucro y el comercio tan solo las sostiene;
por eso el culto externo no aceptaré jamás.

Los cristus espirantes, las vírgenes hermosas,
los templos de granito, reliquias y oropel,
los miro con tristeza, y digo pesarosa:
¿Qué vale este homenaje si el corazón no es fiel?

A imágenes de cera las visten con brocado
y lluvia de diamantes les ofrecen con fervor,
y el infeliz mendigo, sucumbe abandonado,
sin lecho, sin abrigo, en medio del dolor…

¿A quién le hará más falta el santo donativo?
¿A la figura helada, o al mísero mortal?
¿Al ser que lucha y gime por el pesar cautivo
o a un símbolo sin vida, y sin valor real…?

Cuando Jesús el bueno apareció en la tierra,
¿qué les pidió a los hombres? un limpio corazón;
y con los sacerdotes sostuvo cruda guerra
anatematizando su falsa ostentación.

Diciéndoles que eran sepulcros blanqueados;
¡y cuán bien aquél sabio los supo definir… ¡
Gusanos insaciables en ellos encerrados:
han ido destruyendo del hombre el porvenir.
Poniendo ante los ojos la impenetrable venda
del torpe fanatismo, que ahuyenta toda luz,
que compra redenciones por medio de la ofrenda
y que ha desconocido la historia de la cruz.

Si aquél que murió en ella los dioses no acepaba.
¿Por qué ídolo le hicieron, cuando él los derribó?
diciendo. Que a Dios mismo Jesús representaba,
que por salvar al hombre al mundo descendió.

¡Espíritus pequeños! atrevimiento loco,
es creer que el Ser eterno, pudiese aquí encarnar,
pues desgraciadamente valemos aún muy poco
para que entre nosotros pudiera Dios estar.

Es Dios mucho más grande, que cuanto hemos creído,
ningún hombre refleja su eterno resplandor;
ni Sócrates el sabio, ni Cristo. el elegido,
pudieron demostrarnos la esencia del Creador.

Porque eso es imposible, al menos en la tierra;
¡si estamos bajo cero respecto a la moral…!
Si nos despedazamos en fratricida guerra,
si no se agota nunca el llanto universal!

Por eso yo no acepto la fábula divina,
y en Cristo miro al hombre cual éste debe ser;
que muera si es preciso y salve su doctrina,
que en pró del adelanto no hay límite al deber.

En Cristo miro al genio que nos mostró el camino
para llegar al puerto de luz y de verdad;
mas no personalizo al Hacedor divino:
para no ser deicida cual es la humanidad.
Es Cristo el arca santa del eternal progreso,
tras de su noble huella debemos ir en pos,
grabando en nuestra mente el bíblico suceso,
mas no empequeñecerle diciendo que fue Dios.

Como hombre fue muy grande, cual Dios no lo sería,
que la razón medite y empiece a analizar.
¡Dichosos de nosotros si como Cristo un día
podemos resignados morir y perdonar!

Buscando del Eterno las indelebles huellas
no en templos suntuosos ni en pobre reclusión;
sino en los miles mundos que aquí llaman estrellas,
y en todas las bellezas que encierra la creación.

Busquemos al Ser justo sin darle forma alguna,
sin tiempo, sin medida, pues Dios no tuvo ayer,
que la materia eterna de los planetas cuya
esencia es condensada del infinito Ser.

Por eso si el eterno está constantemente
prestándonos su aliento, su vida y su calor,
¿a qué simbolizarle forjando nuestra mente
quiméricos fantasmas, parodias del Creador?

En la naturaleza descrita está su gloria,
en sus múltiples hojas se encuentra la verdad,
el génesis divino, la legendaria historia
del Dios, que por herencia nos dio la eternidad.

1871
Amalia Domingo Soler
Extraído del libro “Ramos de Violetas”

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