La protección del cielo

La oración torna mejor al hombre.

Aquel que ora con fervor y confianza se hace más fuerte contra las tentaciones del mal y Dios le envía buenos Espíritus para ayudarlo. Y este es una ayuda que jamás se le recusa, cuando es pedido con sinceridad.

La persona que estaba de guardia en el atendimiento fraterno, en el Centro Espirita, conversaba con el asistido.

– ¿Entonces, amigo mío, como lo has pasado? ¿Mejoraste el ánimo, superaste las tensiones?

El entrevistado esbozó una sonrisa.

– Bien, como los pases magnéticos semanales y la lectura diaria del Evangelio, me siento más animado. Pero los problemas permanecen del mismo tamaño. Mi esposa, neurótica como siempre, atormenta mi vida; mis hijos, indisciplinados, conturban el hogar; los subordinados, en mi trabajo profesional, son unos incompetentes, obligándome a redoblar la vigilancia. Todo eso me aborrece mucho… Necesitaría recibir por lo menos tres pases diarios para compensar los desgastes…

– ¿Fardo pesado? …

– ¡Ni me hables! ¡Como decía el filósofo, el infierno son los otros! …

– ¿Has orado?

– Si, tal y como me lo recomendaste, todas las noches, después de la lectura del Evangelio.

– ¿Y cómo lo haces?

– Me dirijo a Jesús …

– Si, pero ¿qué pides?

– Que, de forma a mi vida, haciendo a mi mujer menos impertinente, a mis hijos más obedientes, a mi salud menos oscilante, a mis subordinados más aplicados…

– Bien, te sugiero un cambio. Pide las bendiciones divinas para tu familia, tus negocios, tu vida, sin detalles. Y centraliza la oración en un punto fundamental: pide a Dios que te dé el don de la compresión.

– ¿Solo eso?

– Si.

– Será bien corta…

– No es la extensión que hace la oración funcionar. Dios sabe de nuestras necesidades.

Deja hablar al corazón…

Después de algunas semanas, el asistido retornó, expresión alegre, feliz…

– Y entonces, ¿cómo estás?

– ¡Genial! ¡La oración que me enseñaste es una joya! Mi mujer está en una fase buena, los hijos más obedientes, los trabajadores de la empresa más aplicados, la salud mejor.

¡Parece magia! ¡Cambió todo!

El compañero del Centro Espirita sonrió:

– No hay ninguna magia, amigo mío. Lo que cambió fue tu visión, a partir del momento en que dejaste de pedir a Dios que cambiaran aquellos que te rodean, y pediste la forma de verlos mejor. Cultivando la comprensión, aprendemos a respetar la manera de ser de las personas, sin la pretensión de amoldarlas a nuestras conveniencias.

– Curioso es que ellas mejoran …

– Solo responden a nuestros estímulos, cuando nos proponemos a identificar sus valores positivos y relevar sus faltas. Es como cuidar las plantas. Si nutrimos espinos, tendremos espineros. Si regamos flores, formaremos un jardín. La comprensión lo hace mejor, y el

Mundo mejoró contigo.

***

Dios trabaja incesantemente en favor del perfeccionamiento de nuestros sentimientos, de la sensibilización de nuestra alma para los valores del Bien. Por eso no hay oración más prontamente atendida que aquella en que, cultivando la reflexión y reconociendo nuestras limitaciones pedimos al Señor, con todas las fuerzas de nuestra alma, nos ayude a superarlas. Al final, es para eso que estamos en la Tierra.

Ejemplo típico de como la oración sincera nos ayuda a vencer nuestras debilidades está en el combate contra el vicio. Generalmente los fumadores, los alcohólicos, los toxicómanos alegan una inmensa dificultad en reaccionar.

Es verdad.

¡La dependencia química es terrible!

Y hay, también, la influencia espiritual.

La experiencia demuestra que el vicio genera condicionamientos periespirituales. El desencarnado continúa dominado por el vicio. Por eso pasa a asediar a personas con las mismas tendencias, a fin de que, estableciendo una asociación psíquica, pueda satisfacerse junto con el reencarnado cuando este se satisface. Entonces, enfrentando sus propios condicionamientos, el dependiente aun es presionado por los desencarnados, igualmente ansiosos.

Está difícil…

Pero él no está indefenso, ni entregado a la propia suerte.

En su beneficio hay tratamientos de desintoxicación, medicamentos de contención, orientación psicológica, ayuda espiritual, y, sobre todo, la oración.

Si, a cada momento en que sienta la compulsión indeseable, el dependiente implora, de lo más recóndito de su consciencia, con todas las fuerzas de su alma, la ayuda divina, resistirá.

He oído ex-viciados decir exactamente eso.

– ¡La oración me salvó!

***

Los efectos de la oración son maravillosos cuando hay fe, la plena convicción de que Dios nos ayudará.

Un hombre se perdió en el desierto. Vivió una pesadilla. Durante una semana estuvo con escasez de víveres, agua escasa, sol ardiente durante el día, frío intenso durante la noche.

Al ser finalmente localizado, se admiraron los médicos de encontrarlo vivo.

¡Increíble no haber muerto en aquella situación terrible! Le preguntaron a que atribuía su salvamento.

Y él:

– ¡La oración! Oraba todo el tiempo, pidiendo el socorro divino y que Dios guiase a alguien hasta donde yo estaba.

***

¡El avión está perdido en la tempestad, combustible en el fin, situación dramática!
El piloto acciona el radiotransmisor y entra en contacto con un aeropuerto que pasa a orientarlo, guiándolo con seguridad hasta la pista más cercana.

En los temporales de la vida, en las grandes dificultades o peligros, la oración es el instrumento que nos pone en contacto con benefactores espirituales, movilizando variados recursos en nuestro beneficio.

Se valen hasta incluso de insólitos intermediarios. Ilustrativa, en este aspecto, la historia que envuelve a un hacendado rico, ateo obstinado.

Cierta vez, cabalgando por las inmediaciones de sus propiedades, pasó por un modesto lugar. No conocía a sus moradores. No se acordaba de haberlos visto. En aquel día, sin que supiese decir porqué, resonó en su cabeza el impulso de conocer a los vecinos.

Entró en la propiedad, siempre montado. No vio a nadie. Dio la vuelta por la pequeña casa. En el fondo, una ventana abierta. Se acercó.

Vio a una niña de rodillas, manos juntas.

– ¿Qué haces ahí, hija mía?

– Estoy orando, pidiendo ayuda. Mi padre murió, mi madre está muy enferma, mis hermanos pasan hambre…

– ¡Tonterías! Dios es una mentira. ¡No pierdas el tiempo!

No obstante, la irreverencia, el hacendado tenía un corazón sensible. Condolido por la penuria de aquella gente, entregó algún dinero a la joven.

– Eso te dará para comprar sustento. A la tarde vendré con un médico. ¡Y cuida de tu vida!

¡No pierdas el tiempo con la oración!

Sin más palabras, cogió las riendas del caballo y partió. Cerca del camino se le metió en la cabeza de volver. Sorprendido, vio que la joven continuaba arrodillada.

– ¡Que haces jovencita! ¡No te dije que la oración no vale para nada! ¡Que es una pérdida de tiempo pedir ayuda al Cielo!

La joven miró para el hacendado y le explicó humilde:

– Estaba solo agradeciendo, hombre. Pedí ayuda y Dios me envió a usted.

***

Dios es tan misericordioso que atiende incluso a los que dudan de su existencia.

Fue lo que ocurrió con aquel experimentado farmacéutico, hombre caritativo, cumplidor de sus deberes, pero materialista obstinado, nada creyente con la idea de la vida después de la muerte y de la existencia de un Ser Soberano que todo lo ve y provee.

Cierta tarde apareció una joven con una receta médica. Era un medicamento de manipulación. Hora mala, de cierre de la farmacia, y él tenía un compromiso.

– Estará para mañana. Estoy cerrando.

La joven insistió. El medico recomendó que la enferma, su madre, comenzase a tomar el medicamento inmediatamente.

Como era de su manera, el viejo boticario se compadeció. Apañó la receta y fue rápido y fue al laboratorio. Poco después, en un tiempo récord, entregaba el medicamento. La joven pagó y se fue rápidamente.

El farmacéutico volvió al laboratorio para guardar el material usado. Constató, horrorizado, que con la prisa se confundió y usó un potente veneno en lugar de una de las sustancias indicadas.

Corrió por la calle. Miró en todas las direcciones. La joven desapareció. Ciertamente iba lejos. Telefoneo al médico. No conseguía localizarlo.

En desesperación, sin tener a quien recurrir, cayó de rodillas, levanto la mirada y gimió:

– ¡Tu, que dicen que estás ahí arriba! ¡Si existes realmente, por piedad, compadécete de mí! ¡Salva a esa pobre mujer! ¡No permitas que yo me transforme en un asesino!

Y se derramaba en lágrimas…

Así estuvo por algunos momentos, implorando la ayuda divina, hasta que alguien golpeó en su hombro. Se volvió.

Bendecida sorpresa:

¡Era la joven!

En llantos, ella suplicó:

– ¡Señor farmacéutico, ocurrió un desastre! ¡Tropecé, y el cristal se me cayó de las manos y se rompió! ¡No tengo dinero, pero, por misericordia, en nombre de Dios, ayúdeme! ¡Mi madre necesita del medicamento!

El farmacéutico se levantó, se limpió las lágrimas y, sonriendo aliviado, habló:

– No te preocupes, hija mía. Atenderé otra receta. No necesitarás pagar. Será en nombre de Dios… ¡En nombre de Dios!

¡El secreto de nuestra estabilidad está en recordar a Dios – todos los días, siempre!

No hay necesidad de muchas palabras. Y dejar hablar al corazón, como hacia aquel viejo esclavo africano que todas las mañanas, en la parcela de tierra bajo sus cuidados, antes de iniciar el día, se quitaba el sombrero, elevaba la mirada para el cielo y decía simplemente:

– ¡Señor! Negro vino esta qui…

Solo eso.

Analfabeto, no sabía muchas palabras. Pero era maestro en hacer hablar el corazón.

– ¡Señor! Negro vino esta qui…

Era el hijo que no quería comenzar el día sin pedir la bendición de su padre. Y Dios lo bendecía, dándole condiciones para vivir en paz, incluso siendo un esclavo.

También nuestra vida será tranquila y feliz, cuando aprendemos a hacer hablar el corazón, todas las mañanas:

– ¡Bendice, Padre mi día! ¡Enséñame a vivir como hijo tuyo!

Libro nº 24 — 1998 Espiritismo, una nueva era. Iniciación Espirita. Editora: FEB-Rio

Richard Simonetti

Extraído del libro “La fuerza de las ideas”
Traducido por R Bertolinni.

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