La beneficencia

La beneficencia, mis amigos, os dará en este mundo los más puros y suaves deleites, las alegrías del corazón, que ni el remordimiento, ni la indiferencia perturban.

¡Oh! ¡Pudieseis comprender todo lo que de grande y de agradable encierra la generosidad de las almas bellas, sentimiento que hace, mire criatura a las otras como si se mirase a sí misma, y se desviste, jubilosa, para vestir a su hermano! ¡Pudieseis, mis amigos, tener por única ocupación tornar felices a los otros!

Cuales fiestas mundanas que pudiereis comparar las que celebráis cuando, como representantes de la Divinidad, lleváis la alegría a esas familias que de la vida apenas conocen las vicisitudes y las amarguras, cuando veis en ella los semblantes macerados que resplandecen súbitamente de esperanza, porque, faltos de pan, los desgraciados oían a sus hijitos ignorantes de que vivir es sufrir, gritando repetidas veces, llorando, esas palabras, que, como agudo puñal, se les enterraban en los corazones maternos: ¡Estoy con hambre!…

Oh! ¡Comprended cuan deliciosas son las impresiones que recibe aquél que ve renacer la alegría donde, un momento antes, sólo había desespero!… ¡comprended las obligaciones que tenéis para con vuestros hermanos!… Id, id al encuentro del infortunio; id al socorro, sobre todo, de las miserias ocultas, por ser las más dolorosas! Id, mis bien amados, y tened en mente estas palabras del Salvador: ¡Cuando vistáis a uno de estos pequeñitos, recordad que es a mí a quien lo hacéis! ¡Caridad! sublime palabra que sintetiza todas las virtudes, eres tú quien ha de conducir a los pueblos a la felicidad.

Siguiendo tus ejemplos, crearán ellos para sí infinitos gozos en el futuro y, mientras se crean exiliados en la Tierra, tú les serás la consolación, el gusto anticipado de las alegrías de que fluirán más tarde, cuando se encuentren reunidos en el seno del Dios del amor.

Fuiste tú, virtud divina, quien me proporcionó los únicos momentos de satisfacción de que gocé en la Tierra.

Que mis hermanos encarnados crean en la palabra del amigo que les habla, diciéndoles: Es en la caridad en donde debéis procurar la paz del corazón, el contentamiento del alma, el remedio para las aflicciones de la vida.

¡Oh! ¡Cuando estuvieres a punto de acusar a Dios, lanzad una mirada para abajo de vosotros; ved que hay miserias por aliviar, que hay pobres criaturas sin familia, que hay viejos sin cualquier mano amiga que los ampare y les cierre los ojos cuando la muerte los reclame!

¡Cuando lo hacéis bien! ¡Oh! No os quejéis; al contrario, ¡agradeced a Dios y prodigad a manos llenas vuestra simpatía, vuestro amor, vuestro dinero por todos los que, desheredados de los bienes de este mundo, languidecen en el dolor y en el aislamiento!

¡Cosecharás en este mundo alegrías bien dulces y, más tarde… ¡sólo Dios lo sabe!…

Adolfo, obispo de Argel (Bordéus, 1861)

Allan Kardec
Extraído del libro “El Evangelio según el Espiritismo”

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