El tesoro oculto

“Porque he aquí, el Reino de Dios, está entre vosotros”

Interrogado, cierta vez, por los fariseos, sobre cuando vendría el Reino de Dios, Jesús les explicó que, el Reino de Dios, estaba “dentro de ellos.” De acuerdo con las palabras del Maestro, el Reino de Dios, se encuentra encubierto, dentro de nosotros. Dentro de los fariseos, hombres formalistas e hipócritas, como también dentro de los discípulos, hombres evangelizados, francos y leales. En los reductos más íntimos de nuestra conciencia. En el santuario de nuestro corazón. En las entrañas más profundas de nuestra individualidad espiritual. Únicamente nos cabe, el deber y el esfuerzo de su descubrimiento, con el fin de que sea acelerada en el tiempo nuestra felicidad.

“El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.” Como se ve, hay quien aún no lo tiene, pero también existe alguien que ya lo posee, no obstante hay recursos para que todos lo puedan adquirir a través del esfuerzo propio.

“También el Reino de los Cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo encontrado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.”

Se deduce de la palabra del Señor, que el Cielo es la misma cosa que el Reino de Dios. Cuando hayamos adquirido comprensión y virtudes capaces de llevarnos a la integración con el pensamiento evangélico, entraremos en el gozo, en la posesión de las primicias celestiales. Mientras no sintamos la paz dentro de nosotros, estaremos sabiendo que el Cielo no está en nosotros, ni nosotros estamos en el Cielo.

El Reino de Dios aún no ha sido descubierto por nosotros. El tesoro permanece oculto, nosotros aún no lo encontramos. La perla ya se encuentra a la venta, pero el negociante aún no la encontró.

Cielo es quietud interior, quiera que estemos encarnados o desencarnados. El Cielo está en la conciencia exenta de remordimientos. En la mente sintonizada con lo Alto. En el corazón incesantemente entregado al Trabajo Edificante. En el alma sinceramente resignada en el dolor. Cuando la suma de esas “realidades espirituales” haya traído quietud y serenidad a nuestro corazón, habremos descubierto, dentro de nosotros, al Reino de Dios.

Seremos como el hombre que, desbordado de alegría, vendió todo lo que tenía y compró el campo en donde estaba oculto el tesoro. O como el comerciante que, jubiloso vendió todo lo que tenía, y compro la perla. Estaremos pues, en el Cielo. Y, las palabras de Jesús, “El Reino de Dios está dentro vuestro”, estarán obviamente confirmadas. Plenamente confirmadas como no podía dejar de ser.

Martins Peralva

Extraído del libro «Estudiando el evangelio a la luz del Espiritismo»

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