Jesús y la avaricia – Luz Espiritual

Jesús y la avaricia

La enorme masa humana, en sus necesidades, hace recordar en cierto modo, a las sucesivas olas del mar. Unas a se superponen en continuo afán, para confundirse en las arenas inmensas de las amplias playas que se dejan acariciar. De la misma manera, Jesús se asemejaba a un océano de infinito amor, cuya ternura se expande en constantes oleadas de afecto, envolviendo a las criaturas humanas que Lo buscaban. De ese modo, dos océanos se confundían en un mismo infinito: la misericordia del Señor y las ansiedades de las masas en sufrimiento. Por donde pasaba, las aflicciones corrían tras Él, teniendo la certeza de que serían atendidas.

De ciudad en ciudad, Lo seguían los corazones dilacerados y las almas que padecían, debido a las dadivosas mercedes que de Él recibían, alterando sus estados interiores y proporcionándoles salud, paz, consuelo…

¡Las bendiciones de Jesús, eran pan y vida!

*

El poder político, generador de miserias cuando es arbitrario, fomenta desequilibrios y establece la vigencia del soborno moral, de la indignidad. Junto con esa desdichada situación, crece la ignorancia, responsable de las más terribles llagas del alma, pues origina el nacimiento de los enemigos del progreso y la felicidad humana. La ignorancia, que engendra graves males, se torna aún más cruel, cuando se establece en el alma, y la asfixia con empecinada indiferencia ante las realidades del Espíritu.

La conquista de esos preciosos valores de la vida, uno de los cuales es derivado del amor, debe constituir la meta y la línea de conducta del hombre: ¡la generosidad! Ha escaseado en la sociedad de todas las épocas, la vivencia de la generosidad, que es el alma de la beneficencia y de la caridad, pilares del equilibrio de una comunidad dichosa, que la tornan dichosa.

En perjuicio de la elevación de los sentimientos, una enfermedad cancerosa se desarrolla y termina destruyendo al organismo en el que se instala: la avaricia. Jesús la encontró innumerables veces, siempre presente en el interior de los seres. En Sus jornadas mesiánicas, la encontró en aquellos que Lo buscaban incesantemente.

*

Retornando de Corazim, después de atender a multitudes hambrientas, he aquí que se Le acerca un hombre muy enojado, y Le pide que se constituya en juez y obligue a su hermano a repartir con él la herencia de su padre. (*)

La figura impoluta del Maestro que desdeñaba las mezquindades y miserias humanas, le contestó al aturdido interrogador:

– ¿Quién me hace magistrado civil para esta nimiedad?

Las Suyas, eran intervenciones a favor del tesoro perenne que no se gasta, que nadie roba y que no despierta alucinaciones perturbadoras. Y porque se encontraba cercado por la ansiedad de la masa curiosa y necesitada de conocimientos, narró una excelente parábola en la que nos demostró cuán secundarios son los bienes terrestres.

Había un hombre poderoso – contó con suavidad – que teniendo mucho dinero y graneros, no podía controlar su desmedida ambición. Y entonces pensó: “Si yo demuelo los silos y construyo otros mayores, podré plantar más, segar abundantemente y aumentar mi fortuna. Después de almacenar al máximo, le diré a mi alma: ahora reposa y sé feliz.” Entre tanto, aquella noche Dios tomó su alma. ¿Para qué reunir tantas monedas y tantos granos?

Haciendo un breve silencio, el Amigo Divino reflexionó:

-La avaricia, es una enfermedad del alma que devora los alimentos de la vida.

“Tóxico letal, envenena primero a aquel que padece su ingestión, y contamina después a todos los que se le acercan, produciendo decadencias y muerte.

“Enemiga de la sociedad, fomenta la violencia que irrumpe desde el corazón lesionado, y estalla en la economía de la comunidad donde se manifiesta. Expande su miasma y produce desequilibrios.

“El avaro es alguien que enloqueció y que aún no se dio cuenta de ello”.

A fin de que Sus palabras se fijasen en la memoria de los oyentes, dio oportunidad para que ellos hicieran algunas reflexiones en silencio, y prosiguió:

– Pero, no es avaro solamente aquel que asfixia en cofres monedas y granos; los que atesoran gemas y alimentos ante las necesidades generales; las personas que acumulan con ambición desmedida; también lo son todos aquellos que poseyendo salud, se niegan a repartir alegría y fraternidad.

“La avaricia también se manifiesta en los que poseen inteligencia y se rehúsan a enseñar a los ignorantes; en los que tienen tendencias artísticas y no las manifiestan, negando belleza a los paneles entristecidos de los hombres.

“Están los avaros del amor, que se resisten a distribuir afecto, enclaustrándose en la indiferencia y la animosidad.

“Nadie está tan desprovisto de recursos que no pueda esparcir simientes de esperanzas, sonrisas de aliento, dádivas de ternura, incentivos y solidaridad espiritual”.

Acariciaban a la Naturaleza, las perfumadas brisas del atardecer, mientras las estrellas brillabas: en lo Alto como respuestas de la generosidad de Dios hacia las inmensas necesidades humanas. Había una gran emoción que reunía a aquellas personas desconocidas entre sí, pero que estaban unidas por la misma ansiedad de encontrar la Verdad y la Vida, para retornar después al nido doméstico transformado, restablecido.

Y como aún había quedado en los corazones algunas íntimas inquietudes, el Señor volvió sobre el tema, y concluyó:

– La avaricia entorpece los sentimientos, y la generosidad los engrandece; la avaricia quita, la generosidad multiplica; la avaricia mata, y la generosidad da la vida.

“Los tesoros de la vida eterna que todos deben interesarse por conquistar, constituyen también un desafío para sus depositarios, quienes, siendo felices, son invitados a dividirlos, tarea sublime que los multiplica.

“Anunciad pues el reino de los Cielos y sus riquezas, y alegraos ante la generosidad del Padre, que os hace llegar y reparte las fortunas de la luz del conocimiento que os baña por dentro, anulando toda sombra de la que debéis liberaros”.

Y como se hizo un grandilocuente silencio, la multitud comenzó a disiparse, nutrida y amparada, mientras que el Maestro, reuniendo a Sus discípulos, les dijo con enternecedora alegría:

– ¡Vámonos de aquí!

… Y salió, teniendo la visión de la humanidad en el futuro, cuando esté liberada del cáncer de la avaricia.

(*) Lucas – 12: 13 al 21.

Nota de la Autora Espiritual.

Por el Espíritu Amélia Rodrigues
Médium Divaldo Pereira Franco
Extraído del libro ” Trigo de Dios”

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