El enigma de la cuna – Luz Espiritual

El enigma de la cuna

Graziela, eficiente enfermera encargada de la maternidad en un gran hospital buscó al jefe de pediatría.

– Doctor Placido, le traigo un acertijo. Vengo notando que los bebes que están en la última cuna, en la esquina, lloran menos, duermen mejor…

– ¿La esquina mágica?

– Puede parecerle una tontería, pero otras enfermeras notaron lo mismo.

– No hay nada que justifique tal diferencia. Ciertamente se trata de una mera coincidencia.

– El cumulo de la coincidencia, pues muchos bebes ya estuvieron en aquella cuna y, invariablemente, eran más tranquilos.

– Entonces hay un hada protectora que está allí.

– ¡Vamos, doctor, que hablo en serio!

– Yo también. Tal vez sea una cuna milagrosa, fabricado con madera especial.

– Continúe bromeando, pero, por favor, piense en el asunto.

– ¡Está bien, voy a contratar a un detective!

Aunque aparentando no llevarlo en serio, Placido pasó a observar la cuna y comprobó que Graciela tenía razón. Los bebes que allí estaban eran siempre más acomodados.

Ciertamente, existía una causa. El hada bien podría ser una incidencia luminosa adecuada, un posicionamiento favorable, ventilación mejor, colchón más confortable, menos ruidos…

Comprobó todo. Las condiciones eran absolutamente iguales en todas las cunas.

Pensó en la alimentación. Negativo. Los bebes eran alimentados dentro de criterios y horarios rigurosamente observados.

¿Y si hubiese diferencia de tratamiento? ¿Alguna enfermera más eficiente, encargada de aquella cuna? También no. Todas se relevaban en el atendimiento. Intrigado, el medico pasó a visitar la maternidad en diferentes horarios y fue en el periodo nocturno que, finalmente, encontró la deseada solución.

Eran cerca de 10 de la noche. La enfermera de guardia estaba en el corredor, mientras el servicio de limpieza pasaba la fregona por el suelo. La observó, discreto, sin que ella notase su presencia.

Se trataba de una señora mayor, regordeta. Ciertamente la tarea le imponía penosos sacrificios, ya que, llegando a la esquina de maternidad, se colocó delante de la cuna privilegiada y, mientras descansaba, dando treguas al cuerpo sufrido, conversaba con su ocupante:

– ¡Vida dura, mi angelito! ¡La espalda me duele como si hubiese recibido palos! ¡Feliz tu que estás ahí, tranquilo como un príncipe, sin necesidad de trabajar! Es solo sombra y agua fresca, ¿eh? ¡Graciosillo!

Durante varios minutos ella habló con el bebé. Después, suspirando, volvió al trabajo.
Placido sonreía, entre perplejidad y felicidad. Finalmente resolvió el enigma. Encontró al hada.

Al día siguiente, las enfermeras recibieron una importante orientación: debían conversar con los bebés mientras los cuidaban. Y el milagro de aquella cuna se extendió por toda maternidad.

Torturadores astutos saben que el aislamiento completo, sin ningún contacto humano, es la mejor forma de desequilibrar a sus víctimas, predisponiéndolas al colapso nervioso. Así, se torna fácil arrancarles las informaciones deseadas.

En esta particular, el bebé no se diferencia del adulto. El bebé también necesita del contacto con las personas. Es fundamental que se hable con él, en inflexión de cariño y solicitud.

No permitir semejante beneficio, por omisión o indiferencia, será someterlo a una tortura silenciosa.

Libro nº 11 – 1991 Encuentros y desencuentros Historias Editora: CEAC-Bauru

Richard Simonetti
Extraído del libro “La fuerza de las ideas”
Traducido por R Bertolinni.

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