No dejar nada por cumplir y saldar

Hermanos queridos: Ese tic tac que llega a vuestros oídos procedente de ese reloj de sobremesa, marca exactamente vuestro fugaz paso por este planeta, y al ser fugaz os quiero decir que el tiempo es ligero y habéis de aprovecharlo de una manera más eficaz y más productiva.

Tenéis el tiempo graduado para conseguir, si vuestra voluntad fuese firme, los objetivos que os impusisteis al pedir esta reencarnación. Casi siempre dejáis algo por cumplir y tenéis que volver para terminar de saldar la cuenta de vuestros errores.

Vosotros sabéis todas estas cosas; tenéis conocimiento casi exacto de lo que sois y de lo que seguiréis siendo; también sabéis que la coraza material sólo sirve de instrumento al alma para que pueda hacer sus manifestaciones en ese ambiente, por tanto, saber sufrir sus dolores y sus satisfacciones; conocéis perfectamente que nada muere, que todo se transforma, que todo se renueva y que todo lo de Dios es eterno; por consiguiente, debéis, en todo momento, tener un cuidado especialísimo para no dejar nada por cumplir; nada por saldar; nada que por vuestra pereza os dé motivo a nuevas cuentas, así como para conseguir, en sucesivas etapas, que esa coraza vaya siendo más perfecta, al unísono de un alma más pura. Esa es vuestra principal atención y vuestro deber en esta etapa.

La vida tiene muchas alternativas; alternativas que están escritas en una historia que anteponéis a vuestra encarnación. Sufrís, lloráis, os lamentáis e incluso renegáis. ¡Ah, hermanos! Mucho cuidado; que no hacéis ni pasáis nada más que lo que vosotros habéis querido elegir para vuestra purificación. Y si en ocasiones el dolor es más profundo que vuestros ánimos y que vuestra fortaleza, es porque los habéis agudizado con vuestra incomprensión y poca fe en los acontecimientos que os suceden. Por tales causas tener siempre el temple firme, poner el pecho a las adversidades y mostrar la sonrisa cuando la lanza del dolor hiera. Tener siempre tranquilidad de espíritu. No maldigáis ni reneguéis de cualquier accidente penoso de la vida y decir siempre: «Dios mío, dadme fuerzas para llevar a cabo, en esta breve etapa, las obligaciones que me impuse ante Tu grandeza.»

Porque pudiera ocurrir que, faltando al compromiso contraído o siendo inconsecuentes en un deber, tuvierais que pasar esta encarnación llena de dolores e inconvenientes, haciéndola casi nula para vuestro progreso. Y digo casi nula porque, por muy poco progreso que realice un alma en una encarnación, siempre adelanta algo. ¿Pero no es mejor, queridos hermanos, que veamos la terminación de la jornada alegres y sonrientes, en lugar de contritos y tristes? Por otra parte, vivís y tenéis muchos acontecimientos: miedo, casualidad, excitación, cosas inverosímiles para vosotros, accidentes que creéis provocar cuando casi siempre, queridos hermanos, sois los actores de lo que ha de suceder ineludiblemente, porque así está pedido por vosotros. Al no proceder entonces como debierais, al dejar la envoltura que os atrofia la inteligencia, veis con claridad los hechos en su verdadera magnitud y consecuencias, comprendiendo que obrasteis mal y que tenéis el deber ineludible de corregirlo.

¿Cómo? Acudiendo en busca de quienes se le hiciera daño para devolverle más cantidad de amor que mal se le hubiera causado. Ahí tenéis, hermanos míos, ese problema casi indescifrable para todos. ¿Por qué tienen que correr las almas en busca de aquellos a quienes les hicieron daño? Para repararles ese mal con amor y pedirles humildemente que, lo mismo que Dios perdona las faltas de Sus hijos, porque es así de amplia Su bondad, ellos, al perdonar con toda su alma los agravios recibidos en la existencia anterior o anteriores y estar dispuestos de una manera resolutiva y firme a devolver doble y triple amor por aquel mal que se les causó, cumplen con el deseo divino y por ello recibirán las bendiciones del Padre.

Nada más, queridos hermanos. Que la bendición de El esté con todos nosotros.

Extraído del libro. Desde la otra vida.

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