Desvíos de ruta

En fiestas en una ciudad del litoral, un turista observaba a una persona que vivía en la localidad que, diariamente, venía a la vera del mar, pescaba dos peces y se retiraba.

Finalmente, no se contuvo. Se acercó y le preguntó:

– ¿Por qué usted no pesca un poco más?

– ¿Para qué?

– Venderá parte del pescado.

– ¿Para qué?

– Con el dinero recaudado comprará herramientas de pesca.

– ¿Para qué?

– Pescará más peces. Tendrá más dinero.

– ¿Para qué?

– Equipará un barco, contratará trabajadores.

– ¿Para qué?

– ¡Ganará mucho dinero!

– ¿Para qué?

-Mire, siendo rico no tendrá preocupaciones materiales y podrá dedicarse a lo que le guste hacer…

– Bien – concluye el pescador – entonces no necesito nada de eso, porque mi mayor placer es pescar dos peces diariamente.

***

El buen sentido nos dice que existe una finalidad para la jornada humana. Dios no nos colocó en el Mundo por mero diletantismo, como quien busca diversión.

El gran secreto del equilibrio y de la felicidad es justamente definir lo que nos compete hacer. Pocos lo saben, no porque sea difícil, sino por desinterés. De ahí ocurre, frecuentemente, lo que podríamos definir como desvío de ruta, algo semejante a alguien que realiza un viaje y se pierde en el camino.

La historia del pescador ilustra con propiedad dos situaciones características de ese desvío:

En la primera, el individuo ambicioso, que multiplica sus quehaceres mirando consolidar una situación financiera que le garantice la libertad de hacer lo que desea. Y el pescador que se involucra tanto con los peces que, viéndose propietario, se sitúa como un mero esclavo de los bienes que acumula.

En la segunda, el individuo acomodado en la rutina, preso al inmediatismo, sin pensamientos más nobles, más allá de los peces de cada día. Pierde tiempo y no es raro se compromete con vicios y abusos que vigorizan en tediosa inercia, como miasmas en agua parada.

Entre esas dos situaciones extremadas transitan los hombres, en grados menores o mayores de compromiso con la ambición o el acomodamiento, favoreciendo la manifestación frecuente de desajustes y perturbaciones que los afligen. Y cuando surgen las cobranzas karmicas, representadas por problemas variados, caen en el desespero, en la rebeldía, en el inconformismo, que complican su existencia.

***

La Doctrina Espirita nos ofrece una ruta preciosa para que no nos perdamos en desvíos indeseables, explicándonos:

1- Somos Espíritus inmortales, hijos de Dios, que imprimió en nosotros algo de sus potencialidades. De entre ellas destacaríamos el poder creador, que ejercitamos por el pensamiento continuo, con lo cual sustentamos nuestro universo interior y desarrollamos nuestras propias iniciativas.

2- Somos creados para el Bien, que se realiza en el esfuerzo de la Verdad, del Amor, de la Caridad, de la Justicia. Podemos constatar eso observando que al negarnos esos valores fatalmente nos tornamos infelices, tan desajustados como un naranjo que pretende producir sandias. Cuando nos complacemos en el error, en el vicio, en la inconsecuencia, es como si nos agrediésemos a nosotros mismos, ejercitando el mal, dado que intrínsecamente, de acuerdo con nuestra unión divina, estamos destinados al Bien.

3- La Tierra es una escuela donde nos vemos en el riesgo de usar, en el instituto de la reencarnación, un admirable instrumento evolutivo: el cuerpo físico. Es él que nos familiariza con el trabajo, ante la necesidad de garantizar su subsistencia, bajo inspiración del instinto de conservación, propio de los seres vivos, ayudándonos a superar la indolencia; es él el agente precioso para choques evolutivos como el nacimiento y la muerte, que agitan el interior de nuestra consciencia, acelerando el despertar para la responsabilidad.

4- Los sufrimientos humanos, tanto físicos como espirituales, mejoran nuestras imperfecciones más groseras, ayudándonos a comprender que, así como los naranjos fueron hechas para producir naranjas, el hombre fue creado para realizar el Bien. Es por eso por lo que nuestros impulsos más generosos, en el ejercicio de la solidaridad, se manifiestan cuando enfrentamos la adversidad. Y difícil no sensibilizarnos con el dolor ajeno cuando lo experimentamos en nosotros mismos.

5- Seremos felices a la medida que orientamos nuestras iniciativas en el esfuerzo por cumplir los designios divinos, admirablemente sintetizados en las lecciones de Jesús, maestro por excelencia.

Innegablemente, ninguna ruta, por más preciosa, objetiva y clara, hará algo en nuestro beneficio, si no nos disponemos a conocerlo debidamente, por el estudio, y a seguir sus orientaciones, caminando en la dirección indicada. La perseverancia en este propósito es, sin duda, una cuestión de madurez. Consideremos, entretanto, la ventaja de acelerar esa madurez.

No se trata de forzar la naturaleza, sino de favorecer sus objetivos. Quien se empeña más, camina más deprisa. Es importante pensar en esa posibilidad, ya que la meta a ser alcanzada es nuestra realización plena como hijos de Dios, habilitándonos a la felicidad en plenitud.

Libro nº 9 — 1989 Una Razón para Vivir Iniciación espírita Editora: CEAC-Bauru

Richard Simonetti

Extraído del libro “La fuerza de las ideas”
Traducido por R Bertolinni.

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.