El descanso

En las respuestas que dieron a las preguntas núms. 682 y 684, formuladas por Kardec, nuestros amigos espirituales nos esclarecen que “el descanso es una ley de la naturaleza, siendo una necesidad para todo aquel que trabaja”, y más: que “oprimir a alguien con el trabajo excesivo es una de las peores acciones”, siendo, incluso, una grave infracción del Código Divino.

En efecto, el 4º mandamiento ordena: “Acuérdate del día de sábado, para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todas tus obras, mas el séptimo día es el sábado, es decir, el día de descanso del Señor tu Dios. En ese día no harás obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu animal, ni el peregrino que vive de tus puertas para dentro.”

Creemos que es interesante esclarecer, en esta ocasión, que la sustitución del descanso en el sábado, como se observaba entre los judíos, por el domingo, como actualmente es costumbre entre nosotros, carece de importancia. Eso comenzó con los primeros cristianos. Ellos continuaban frecuentando las sinagogas los sábados, pero, además de eso, adquirieron el hábito de reunirse también el primer día de la semana judaica (domingo), a fin de celebrar la resurrección de Jesús. Con el paso del tiempo, fueron dejando de comparecer a las sinagogas y, consecuentemente, sólo el domingo pasó a ser observado por ellos. Los que defendían el cumplimiento del sábado, tal vez se apoyen en las razones anexas del referido mandamiento, conforme a Éxodo: “Porque el Señor hizo en seis días el cielo, la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay, y descansó el séptimo día: por eso el Señor bendijo el día séptimo, y lo santificó.”

Ahora, se sabe, entretanto, que los seis “días” de la creación no fueron días de 24 horas, como algunos aún suponen, sino largos períodos milenarios. Además de eso, en Deuteronomio, las reflexiones aducidas para recomendar ese mandamiento son otras, muy diferentes: “Para que descanse tu esclavo, y tu esclava, como tú también descansas. Recuerda que también serviste en Egipto, y que de allá te casó el Señor tu Dios.” Como se ve, aquí no se hace alusión al sábado como siendo el día en que el Creador había descansado de Su obra; se apela, simplemente, para los sentimientos de caridad de los judíos, para que, en ese día, concedan el merecido descanso igualmente al elemento servicial, inclusive a los animales, porque todos necesitan de descanso para reponer sus energías.

El Decálogo, nadie lo ignora, se basa en la ley natural, y el descanso semanal no es más que una cuestión de higiene. Siendo así, guardemos el sábado (sábado significa descanso), o el domingo, lo que importa es que lo hagamos según el espíritu de la Ley, y esta lo que recomienda es que después de seis días de trabajo, dedicados a la provisión de lo imprescindible para nuestro bienestar corporal, reservemos por lo menos un día para el descanso, consagrándolo al cultivo de los valores espirituales. Esto, además, era lo máximo que, en aquella época, podía obtenerse de hombres embrutecidos y materializados cuyos ideales se concentraban únicamente en la conquista de bienes terrenos y que, para conseguirlos, no dudaban en sobrecargar a familiares, criados y animales, obligándolos a penosas jornadas de trabajo, de sol a sol, en los 365 días del año.

Por increíble que parezca, muchos hombres, en pleno siglo XX, dominados por la ambición, continúan imponiéndose tal régimen (extendiéndolo a otros, sin que les permitan dar largas a su poder de mando), y aún se jactan de eso, como si fuesen héroes dignos de los mayores aplausos, cuando, por el contrario, sólo merecen lástima.

Sí, porque hoy que la vida urbana se caracteriza por una agitación continua, exigiéndonos un gasto excesivo de energías físicas y mentales, la necesidad que todos tenemos de descansar periódicamente se hizo mayor, y, de ahí, el estar generalizándose la llamada “semana inglesa”, con cinco días de trabajo y dos de descanso, además de las fiestas anuales, que hace algunos decenios ya se constituye un derecho universal. Trabajemos, pues, “hasta el límite de nuestras fuerzas”, ya que el trabajo es una bendición; cuidemos, sin embargo, de evitar el agotamiento y la estafa, antes de que esos males nos lleven a la neurastenia o al agotamiento nervioso.

Según la Filosofía Espírita
Rodolfo Calligaris

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