El poder de la dulzura

El viajero marchaba por el camino, cuando divisó el pequeño río que surgía tímido entre las piedras. Lo fue siguiendo por mucho tiempo. Poco a poco veía que tomaba volumen y se convertía en un río cada vez mayor. El viajero continuó siguiéndolo. Mucho más adelante, lo que era un pequeño río se dividió en decenas de cascadas, proporcionando un espectáculo de aguas cantantes.

La música de las aguas atrajo mucho más al viajero, que se acercó y fue bajando por las piedras. Al lado de una de las cascadas, descubrió finalmente, una gruta. La naturaleza había creado con paciencia antojadizas formas en ella. Fue entrando y admirando siempre más y más las piedras gastadas por el tiempo. De repente descubrió una placa. Alguien había estado allí antes que él. Con su linterna iluminó los versos que estaban escritos en ella. Eran versos del gran escritor Tagore, premio Nobel de literatura de 1913:

“No fue el martillo que dejó perfectas estas piedras, sino el agua, con su dulzura, su danza y su canción. Donde la dureza sólo puede destruir, la suavidad consigue esculpir.”

Así también sucede en la vida.

Hay personas que explotan se puede decir, por nada, y pretenden arreglar todo con golpes y gritos. Y hay también personas suaves, que saben graduar la energía y consiguen lo que quieren. Son las criaturas que no hablan mucho, pero actúan bastante. Mientras muchos están aún sentados a la mesa de discusiones para tomar decisiones, ellas ya están en sus puestos de lucha, actuando. Y logran modificar muchas cosas.

Un sabio ejemplo fue el de Madre Teresa de Calcuta. Antes y después de ella se ha hablado y vociferado a grito en cuello sobre miseria, hambre y enfermedades que afectan a comunidades enteras.

Ella, en la India, observó la miseria, la muerte y el hambre rondado y acechando a sus hermanos. Tomó una decisión y actuó. Empezó sola, amparando en sus brazos a un desconocido que estaba moribundo en las calles de Calcuta. Fundó una obra que se esparció, con sus casas de caridad, por todas las naciones. Tuvo el coraje de dirigirse a gobernantes y hombres públicos para hablarles de reverencia a la vida, de amor, de acción. No gritó, no se encolerizó. Cantó la música del amor, pidiendo pan y afecto para los pobres más pobres.

Dejó el mundo físico pero consiguió entallar las líneas maestras de su ideal en centenas de corazones. Como el agua mansa, ella cantó en los corazones y los conquistó, amoldándolos para la dedicación a su semejante.

***

Hay mucho amor en su trayecto, que actualmente usted no logra valorar… Busque aplicarse en el don de ver, y viendo la acción de la presencia del Creador, que es amor, en la más alta expresión, como lo calificó el apóstol Juan, haga de su pasaje por él un día feliz.

Si usted espera ser útil y no aprueba la parálisis del corazón, procure amar, porque todos los misterios de la vida y de la muerte se encuentran en el amor…pues ¡el amor es Dios!

Extraído del libro «Historias Morales»

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