Los juguetes

¿Qué son los juguetes? Alhajillas curiosas y de poco valor, que sirven para entretenimiento de los niños. De este modo han calificado los hombres formales a esa caterva dé objetos que llenan los escaparates de las quincallerías; pues sabido es que en esas tiendas de gran lujo donde se encuentran maravillas del arte para adornar salones y gabinetes, hay también, en abundancia, toda clase de juguetes, colocados con gusto artístico en los aparadores, donde se ven casas en miniatura, desde la cocina hasta la alcoba, desde el comedor hasta el salón de recepciones, ocupando todas las piezas las muñecas correspondientes y los muebles propios de cada habitación.

Con frecuencia, cuando paso por una de esas grandes tiendas donde abundan preciosísimos juguetes, los miro con profunda atención, y digo para mí:

«¡Qué gran papel desempeñan en la vida del hombre esas muñecas, coches, caballos, cajitas llenas de platitos de porcelana y lucientes cacerolitas de metal blanco! Estos objetos son los llamados, los elegidos, para despertar en él el primer deseo. Por ellos, se dibuja en sus labios una dulcísima sonrisa; por ellos asoman a sus ojos las primeras lágrimas, y por ellos, recibe los primeros golpes, que ocasionan al tierno ser los primeros arranques de la ira.»

Sabido es de todos que las niñas, antes de pronunciar el dulcísimo nombre de madre, ya quieren serlo, y miran con afán las muñecas, extendiendo hacia ellas sus bracitos y dando gritos de alegría, cuando una madre amorosa o una nodriza complaciente pone en sus manos una de esas muñequitas de ojos azules y rubia cabellera. Así también, al niño, antes de convertir en caballo el bastón de su abuelo, se le van los ojos tras los pacíficos bridones de madera o de cartón, que esperan, resignados, morir a manos de los Calígulas y Nerones de todos los tiempos, pues nadie más amante de la destrucción que los chiquillos, que con el afán de saber cómo está hecho el juguete, lo destrozan sin piedad, recibiendo en premio de su científica curiosidad, un leve castigo por parte de sus padres, malhumorados por haber gastado inútilmente su dinero.

¡En cuántas historias son los juguetes los primeros protagonistas! El haber visto una hermosa muñeca traída de Nueva York y un tren de mercancías al cual servía de maquinista un niño de cuatro años, ha despertado en mi mente multitud de recuerdos, y entre ellos un sencillo episodio y una historia conmovedora.

II

Hace pocos meses dejó la Tierra un niño cuando acababa de cumplir el sexto año de su vida terrestre. Habíale tocado en suerte un padre amorosísimo, que se convirtió en esclavo del pequeño tiranuelo. Era éste un espíritu rebelde, descontentadizo, caprichoso, hasta el punto de no querer a su madre más que a temporadas; pero todo le era dispensado, porque el pobrecillo casi siempre estaba enfermo.

Tendría cuatro años, cuando yendo un día con sus padres, vio en una tienda un velocípedo, que se empeño en poseer. Contra su costumbre, el padre no accedió a los deseos del niño, que pronto se distrajo con la adquisición de otro juguete. Transcurrieron dos años. El pequeño héroe de nuestra historia vivía en una ciudad puramente agrícola, donde no había ninguna tienda de juguetes de lujo, y habiendo caído gravemente enfermo, el día antes de morir dijo a su madre con el mayor cariño estas palabras:

-Mamá, hace mucho tiempo que te pedí un velocípedo, y no me lo compraste; tráeme uno, que quiero levantarme y me pasearé en él. Anda, mamá, que ya estoy bueno, y quiero un velocípedo, porque he de hacer un largo viaje.

Su pobre madre tuvo que salir dé la estancia para dar rienda suelta a su llanto: sabía fijamente que su hijo iba a morir, y lamentaba no poder complacerle en lo último que deseaba. Afortunadamente llegó una amiga suya en aquellos críticos momentos, y al informarse de lo que deseaba el enfermito, salió presurosa y volvió a poco rato con el objeto codiciado, con un velocípedo que poseía una pariente suya.

Lo llevaron inmediatamente al cuarto del niño, que al verle, hizo que le vistieran; con sin igual ligereza se sentó en el caballo, y sin nadie enseñarle, lo puso en movimiento y recorrió la habitación en todas direcciones, exclamando:

-Dejadme, dejadme, que me voy muy lejos.

Paseó todo el tiempo que quiso. Pasó después a su lecho, y a cuantos amigos entraban a verle, les decía alegremente que tenía ya su velocípedo para emprender el viaje que tenía proyectado e ir lejos… ¡muy lejos! Y en efecto, a la mañana siguiente se fue a la eternidad.

En la breve existencia de aquel tierno ser, uno de sus episodios más interesantes fue el recuerdo que conservó del velocípedo que sólo viera una vez, y que utilizó para dar su último paseo en la Tierra. A su pobre madre le queda la melancólica satisfacción de haber satisfecho el postrer deseo de su hijo.

He referido el episodio. En otro artículo irá la conmovedora historia a que me he referido, tal como me la contó una amiga mía en una noche de invierno, sentadas ambas junto a la chimenea, ella esperando ansiosamente que llegase su marido, a quien adoraba, y yo tratando de distraerla para que se le hiciera el tiempo menos largo.

III

Siempre que veo una muñeca, me acuerdo de la historia a que aludo y contaré en otra parte, y creo que los juguetes desempeñan un gran papel en la vida del hombre. Ellos despiertan sus primeros deseos, desarrollan sus primeros afectos, avivan su curiosidad, y muchos sabios que hoy admira el mundo por sus maravillosos descubrimientos, ya revelaban en su infancia la precocidad de su inteligencia rompiendo sus juguetes para ver el resorte que los ponía en movimiento.

Todo en la creación está íntimamente relacionado: nada hay pequeño, nada inútil. Si el descubrimiento de un planeta es el goce supremo del sabio astrónomo, un caballo de madera proporciona igual goce al pequeñito que lo desea con toda la ansiedad de su alma.

Amalia Domingo Soler
Cuentos espiritistas

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