Depresión: cura y auto-cura

“Y cuando el espíritu malo de parte de Dios venía sobre Saúl, David tomaba el arpa y tocaba con su mano; y Saúl tenía alivio y estaba mejor, y el espíritu malo se apartaba de él.”

Así finaliza el Capítulo 16 del libro de Samuel del Antiguo Testamento. El rey Saúl padecía según los Textos Sagrados de un trastorno de tipo afectivo, que hoy catalogaríamos de estado depresivo, precisando de la musicoterapia ofrecida por el propio David a fin de calmar dicho proceso melancólico. A lo largo de la historia de la humanidad, la depresión ha ido campeando a uno y otro lado de los pueblos y las mentes humanas. Desde la más remota antigüedad, como observamos, es de notar su existencia con lo que podríamos llegar a afirmar que su aparición obedece al tiempo en que se desarrollaron los afectos y la razón.

Entre los melancólicos reconocidos suele citarse a Job, Homero, Heráclito, Demócrito, Empédocles, Dante, Petrarca, Donne, Miguel Ángel, Kierkegaard, Novalis, Hölderlin, Goya, Mahler, etc. Aristóteles escribió un pequeño opúsculo tratando de la melancolía en el cual afirma su estrecha relación con la genialidad y el desequilibrio reinante con los cambios de humor.

Desde el punto de vista etimológico la palabra melancolía proviene del griego, en concreto del adjetivo μέλας, μέλαινα, μέλαν ‘negro, a’ y el sustantivo χολή,-ής ‘bilis’, finalmente configurando el término μελαγχολία cuyo significado literal sería “bilis negra” y que con posterioridad la lengua latina estableció un calco etimológico con el término atrabilis, adoptado a nuestro idioma refiriéndose al humor de la bilis negra según la doctrina de los padres de la medicina griega Hipócrates y Galeno.

No fue hasta el año 1725 cuando el médico inglés Richard Blackmore, rechazando la teoría de los humores de Galeno, acuñó por vez primera el término depresión tal y como la conocemos hoy día. Actualmente la Organización Mundial de la Salud estima que existen cerca de 400 millones de personas que padecen este tipo de trastorno afectivo en cualquier tipología e intensidad. De seguir así, se puede afirmar que en el futuro no muy lejano de sus terribles consecuencias podría tratarse de la primera causa de muerte a través del hediondo crimen del suicidio, motivado por la pérdida del sentido psicológico de la vida.

Podríamos establecer una clasificación de los estados depresivos según su cuadro clínico, si bien, en atención al abordaje de este tema desde el punto de vista del Espiritismo, nos centraremos en todo aquello que más puede llamar la atención al lector.

“La melancolía se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autoreproches y autodenigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo.”

Con estos términos el padre del psicoanálisis Sigmund Freud, conceptualiza el término en cuestión en su obra “Duelo y melancolía”, estableciendo la particularidad que su circunstancia causante principal es la pérdida, ya se trate de un objeto, de una relación, de un trabajo, de la salud, etc. Fue el psiquiatra alemán Emil Kraepelin quien determinó la existencia de la psicosis maníaco-depresiva, llamada hoy día trastorno bipolar, que junto con el trastorno unipolar o depresivo mayor, configuran los dos grandes tipos de esta dolencia. También podríamos encuadrar la distimia refiriéndose a aquel disturbio afectivo no muy profundo pero que se va cronificando o el trastorno afectivo estacional que resurge en la misma persona de forma periódica y coincidiendo con determinadas épocas del año.

La sintomatología resulta muy variada y compleja: episodios de mal humor, irritabilidad y angustia; estados hipocondríacos, poca o nula capacidad de sentir placer o alegría en la vida; falta de energía física y apatía; dificultad en la concentración, lentitud de raciocinio, pérdida de memoria; sentimiento de culpa, fracaso o inutilidad y falta de sentido de la vida. Existen determinados factores que promueven este trastorno, pudiendo ser de tipo endógeno o biológico (hereditariedad, alteraciones fisiológicas, etc.) o de tipo exógeno o psicológico (eventos de la vida, traumas infantiles, etc.). En ambos supuestos los primeros síntomas pueden aparecer en cualquier período de la vida, pudiendo incentivarse en situaciones de sedentarismo, tabaquismo, dietas inadecuadas o trastornos oníricos entre otros.

Lejos de querer combatir la ciencia, el Espiritismo le aporta luces ofreciéndonos la existencia de un tercer factor de carácter espiritual. De entrada el Codificador de la Doctrina Espírita, establece la causalidad espiritual en todas las enfermedades
orgánicas o de tipo psicológico, deduciéndose la inexistencia de enfermedades y la existencia de portadores de enfermedad o enfermos. Los conflictos de culpa originados en pretéritas reencarnaciones así como determinados grados de obsesión espiritual propician la aparición del trastorno afectivo, desembocando a un cambio de conceptuación de las antiguas causas punitivas o inspiradoras de la melancolía, al ser hoy depresiones correctivas u obsesivas.

La obsesión, que merece su estudio en el capítulo 23 de El Libro de los Médiums de Allan Kardec, puede desencadenar dicho factor en atención a que la víctima de ayer sin haber perdonado se reencuentra por sintonía vibratoria con el responsable del hecho criminoso, cuya culpa rezuma de su inconsciente. No resulta adecuado diagnosticar ligeramente por el estudioso del Espiritismo que la causa causae de todo proceso depresivo sea una obsesión espiritual, pues no toda obsesión espiritual desemboca a este proceso, ni toda depresión es causada por ella.

La Mentora Joanna de Ángelis afirma en el Capítulo 6 de su libro “Triunfo personal”, psicografiado por el médium Divaldo P. Franco que “En la raíz psicológica del trastorno depresivo o de comportamiento afectivo, se encuentra una insatisfacción del ser en relación a sí mismo, que no fue solucionada.” En efecto, la existencia de determinadas parcelas en las que reposa algún tipo de vacío, trauma o labor inacabada, conlleva a que el estado depresivo arrastre la energía psíquica de la persona en un ejercicio de introspección no querido visitando aquellos lugares que uno no pretende visitar. Es el llamamiento de la obra inacabada que imprime en el cuerpo consecuencias bioquímicas con cambios en la neurotransmisión del sistema nervioso central, afectando a la producción de moléculas de serotonina.

El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, padre de la psicología analítica, publicó en 1952 el libro “Respuesta a Job”, un tratado al respecto de la conciencia humana en el que destaca que el momento de la adquisición de conciencia se produce cuando el Ego adquiere conocimiento del SELF, del yo profundo. Esto es, cuando ocurre la transmutación de la sombra del ego en Self, que vendría a referirse a la búsqueda del estado numinoso en término de psicología junguiana. En efecto, al ser preguntado Jesús por los fariseos al respecto de cuándo se produciría la venida del reino de los cielos, el Maestro indicó que éste estaba dentro de nosotros.

En el capítulo 19 del libro “Victoria sobre la depresión”, Joanna de Ángelis indica que “Despierto para la realidad de la vida inmortal, el candidato a la iluminación interior avanza trabajando los sentimientos, desarrollando la compasión por la vida y por todos los seres que sienten…” convidando a centralizar el pensamiento en Jesús ante la expectativa de la autoiluminación. Sin dejar de lado cualesquiera recursos psicológicos o psiquiátricos establecidos, la Mentora Espiritual informa del mecanismo preventivo y de tratamiento que ofrece el Espiritismo pues estimula los esfuerzos de mutar o eliminar algunos gigantes perniciosos del alma, transformando, a modo de ejemplo, la rutina en una vida dinámica, enfrentando miedos audazmente e imponiéndose la confianza en uno mismo en contraposición a la ansiedad, trabajando el amor que aparta la soledad y por ende estableciendo el retorno de Jesús a los corazones humanos. Su propuesta es de amor y su Evangelio supone el mayor tratado científico y psicoterapéutico de la humanidad, como así también afirman la psicoterapeuta y teóloga alemana Dra. Hanna Wolff o el psicólogo norteamericano Mark W. Baker.

Así, el tratamiento multidisciplinar englobando terapias psicológicas y psiquiátricas junto con las ofrecidas por el Espiritismo, como el estudio del Evangelio, los pases espirituales, orientación espiritual al depresivo y familiares, el agua fluidificada o el atendimiento del obsesor en las reuniones mediúmnicas entre otros mecanismos, ofrecen valiosas contribuciones para encontrar el verdadero derrotero al encuentro del estado numinoso.

Escrito por Xavier Llobet
Centro Espírita Manuel y Divaldo de Reus
Revista FEE

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