Las leyes morales y la salud

En aras de crear un mundo mejor, después del optimismo que se mostrara de nuevo en las sociedades occidentales tras la II Guerra Mundial, dos especialistas de la salud, John Brotherston y Karl Evang, redactaron la que posteriormente fue aceptada como definición del concepto de “salud” tomado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Según esta Organización “Salud no es sólo la ausencia de enfermedad, sino también el estado de bienestar somático, psicológico y social del individuo y de la colectividad”. Es una definición progresista, puesto que considera la salud no sólo como un fenómeno somático (biológico) y psicológico, sino también social.

La definición reconoce y acentúa las intervenciones sociales, las cuales son cuando menos las de producción, distribución de la renta, consumo, vivienda, trabajo, ambiente etc. Esta expansión salubrista, adoptada por nuestras sociedades complejas, en verdad representan un paso adelante. No obstante, cerca de cien años antes la doctrina espírita, con la publicación de El libro de los Espíritus en la primavera de 1857, ya presentara al mundo lo que actualmente se denomina como “salud integral”, y que trasciende el propio marco de salud aceptado por la OMS. Ello se va a traslucir en la propia definición del ser dada por el espiritismo.

La visión espiritista de la salud es integral, holista. Está fundamentada en el paradigma del espíritu, que fue evidenciado de manera fehaciente a través de la fenomenología mediúmnica. En el libro reseñado, que constituye todo un tratado filosófico por excelencia, se encuentra la doctrina espírita de manera completa; se recogen los principios y leyes que caracterizan este modelo. Para el tema que nos incube destacamos el de la inmortalidad del alma y de su acción prioritaria sobre el cuerpo físico y las envolturas sutiles (periespíritu, cuerpo mental, causal etc.). Este tratado, en su completitud lógica, presupone la salud como el estado de perfecta armonía del alma y, por ende, la cura como auto-cura. El cuerpo físico se convierte, así, en el filtro de impurezas del alma y medio de evolución espiritual, cuya finalidad es la conquista máxima del ser a través del Amor.

Camino que le conferirá la salud perfecta al alma, la plenitud. Sin embargo, el concepto de salud en el paradigma médico actual aún no admite una visión integral del ser humano para la que sería necesario aceptar la existencia del alma y su poder de mando sobre el organismo. Este modelo es negado constantemente por la Academia médica, a pesar de la herencia espiritualista legada por la escuela de Cos, por el gran Hipócrates. Hoy día la medicina está sumida en el paradigma materialista reduccionista y en los micro-poderes institucionales y empresariales, que devienen desintegrando todas las posibilidades de establecimiento del paradigma del espíritu para la comprensión de la realidad. No obsta que el “agotamiento” del paradigma abrirá contingencias de cambio en el futuro.

Volviendo a nuestra cosmovisión, entonces, la expresada por la doctrina espírita, observamos la previsión y orden epistemológico que el maestro lionés, Allan Kardec, dispensa a nuestro raciocinio. Esto se debe a que El libro de los Espíritus conforma la doctrina espírita en su totalidad. Y en la organización didáctica de las materias nuestro educador erige la tercera parte del libro para las leyes que van a hacer posible esta verdad: la de que la salud es una consecuencia de la armonía del alma, de nuestro ser espiritual. Como sabéis, la tercera parte del tratado filosófico de la ciencia espírita está intitulado Las leyes morales.

Recordamos que todo tiene un propósito para Allan Kardec; nada realiza sin conocimiento de causa, sin haber examinado profundamente las razones por las que conviene establecer dicha organización. En esta misma presunción, que tratamos de descubrir en la idea del codificador, se expresa la verdad de la proposición que abre espacio a este artículo: la salud como consecuencia de la aplicabilidad de las leyes morales en nuestra vida.

En efecto, las leyes que rigen la vida son las leyes naturales, que la revelación espírita determina que son las leyes de Dios. Todas las leyes de la naturaleza son divinas, puesto que Dios es autor de todas las cosas. Estas leyes se clasifican, de manera didáctica, en dos categorías: las físicas, que regulan el movimiento y la materia, y cuyo estudio es del dominio de la ciencia; y las morales, que apuntan a la relación del hombre con Dios, consigo mismo y con sus semejantes; y comprenden, así, tanto las reglas de la vida del cuerpo como las del alma, objeto del Hombre de bien.

Como sabemos, el “Espíritu” en la Codificación es un ser concreto, ocupa un lugar en el espacio-tiempo; un ser que interfiere, interactúa con la materia. Yo, como espíritu encarnado, estoy aquí y ahora con lo cual, tengo una naturaleza física. De ahí que podamos formular una ley sobre la naturaleza del Espíritu; sobre cómo los Espíritus interfieren en el mundo corporal. Es decir: puedo establecer leyes físicas respecto al Espíritu viviendo en el mundo corporal. Es así como podemos deducir que el Espíritu como ser físico lo es también como ser moral. Pero Allan Kardec con tremenda lucidez va a estudiar las leyes morales que regulan la vida del Espíritu y no la leyes físicas que normalizan la vida del Espíritu, ya que debido a nuestro insuficiente nivel evolutivo la tendencia sería explicar al espíritu a partir de las leyes de la materia. Y esto ocasionaría un problema reduccionista, al explicar fenómenos físico-espirituales como fenómenos físico-materiales. Kardec aborda el lado más relevante, que es el lado moral del alma; ese lado pensante, emocional, activo del Espíritu. Y, ¿cuál es la razón que lleva a Allan Kardec a tomar esta decisión?

El hecho de poder observar que la estructura física del Espíritu depende de lo moral, es decir, que cuanto más moralizado se encuentra el ser humano mayores son sus facultades físicas. Pongamos una imagen plástica por mor de mayor comprensión.

Si quiero dirigirme hacia otros planetas después del fenómeno biológico de la muerte, ello va a depender de mi periespíritu, puesto que el periespíritu es la materia quintaesenciada del Espíritu. Si éste sufre las influencias del campo gravitacional o me impide moverme con suficiente velocidad no podré desplazarme hacia otros planetas y, por consiguiente, voy a tener que quedarme limitado al planeta Tierra. Si avanzamos moralmente nuestro periespíritu se modificará de acuerdo con aquella evolución y ello posibilitará nuestra capacidad de trascendencia. Es así como las facultades superiores dependen de las conquistas morales.

Extrapolando esta situación a la cuestión de la salud podemos deducir que ella, la salud, va a ser directamente proporcional a la vivencia de aquellas leyes que regulan nuestro proceso evolutivo, nuestra alma. De ahí que precisemos conocernos a nosotros mismos y trabajar por el entendimiento y la vivencia de las leyes morales. Así pues, culminará el excelso profesor la Tercera parte de El libro de los Espíritus que codifica la cuestión de las leyes con el capitulo de la Perfección moral, que es el capítulo referente a cómo practicar la ley. Y de ahí que los Espíritus superiores indicaran al codificador que la última ley, la Ley de justicia, amor y caridad, resume todas las demás (véase la cuestión 648), ya que sintetiza los deberes para con Dios, para consigo mismo y para con el prójimo. Por eso colocará, igualmente, Kardec al final de este capítulo los Caracteres del hombre de bien: aquel que práctica la ley de justicia, de amor y de caridad en su mayor pureza. El mayor tratado de salud que tiene la humanidad.

Es indispensable comprender, por lo tanto, que todo el mal que practiquemos expresará de algún modo una determinada lesión en nuestra conciencia; y que toda lesión de esa índole determinará disturbios o mutilaciones en el organismo del que nos valdremos en nuestro proceso evolutivo. La enfermedad será, pues, el reflejo de un alma enferma y no, esencialmente, una consecuencia biológica. En todos los planos del universo somos espíritu y manifestación, pensamiento y forma. He ahí la razón por la cual, en el mundo, la medicina tendrá que considerar a la persona como un todo psicosomático, si es que quiere realmente investirse del arte de curar.

Es de la mente, pues, de donde parten las fuerzas que aseguran el equilibrio orgánico, por mediación de radiaciones todavía inaccesible a la investigación humana; rayos que vitalizan los centros peri-espirituales, en cuyos meandros se localizan las llamadas glándulas endocrinas que, a su vez, emiten recursos que nos garantizan la estabilidad orgánica o celular.

Efectivamente, el ser humano ya no ignora que las glándulas de secreción interna producen los recursos que deciden la salud y la enfermedad, el equilibrio o el desequilibrio en los seres encarnados. Ahora bien, de manera sustancial todos los estados accidentales de la formas que utilizamos (cuerpos físicos y metafísicos), en el espacio y el tiempo, dependen del gobierno mental que nos es propio. Es por ello que la justicia, por ser un elemento fundamental en el orden de la creación, comienza invariablemente en nosotros mismos, toda vez que vulneremos sus principios. En este sentido, nuestra evolución puede compararse a un viaje divino. El bien constituye la señal de apertura libre hacia las cumbres de la vida superior; mientras que el mal significa la sentencia de negación o suspensión que nos obliga a realizar paradas más o menos difíciles de reajuste en nuestro periplo de purificación y elevación.

Escrito porMiguel Vera Gallego
Centro Espírita Recinto de Paz de Murcia
Revista FEE

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