Jesús

«Y cuando yo sea elevado de la tierra, a todos atraeré hacia mí.» — Juan 12:32.

Mientras fulguraban en oro los rayos del astro rey, bañando la Naturaleza de incomparable fiesta de luz, fueron pronunciadas las últimas palabras, dichas las instrucciones finales y significativas, y delineados los rumbos a seguir para el cumplimiento de las tareas futuras. Nimbado por una indefinible claridad, Él ascendió lentamente, ante las lágrimas de los compañeros y las esperanzas de redención por el trabajo del porvenir.

En Betania, la montaña disminuía, los horizontes del mundo se ampliaban y Sus ojos bañaban de ternura el fecundo campo de acción, donde las flores del amor deberían abrirse a través de los tiempos bajo Su inspiración.

Convivió entre aquellas gentes sencillas, estableciendo las bases de la edificación fraterna para los espíritus.

Se olvidó de sí mismo, para suministrar la lección máxima de la humildad, y descendió de lo Alto para servir mejor.

Dispensó de intermediarios para el cumplimiento de sus planes, y vino Él mismo a participar de los mínimos preparativos, demorándose diariamente y a cada instante, con el más acendrado desvelo, para infundir, por medio del ejemplo, las lecciones firmes del deber y de la abnegación.

Previendo las consecuencias políticas, sociales y espirituales de Su mensaje en la Historia de los tiempos, pudo vislumbrar desde entonces, las legiones de los que no titubearían en sacrificarse y sufrir los tormentos que fueran necesarios para permanecer fieles a los postulados de la Verdad, hasta alcanzar la muerte infamante…

Y pensando así, el Rabí se envolvió en una inusitada alegría.

Los conquistadores preparaban soldados y mercenarios infundiendo el terror, y se valían de las estrategias bélicas, basadas en acciones despiadadas, en el espionaje y en la traición. Combatían los cuerpos, despojaban ciudades, sofocaban las aspiraciones de los pueblos debilitados…

Él llegó anónimo, y partía virtualmente humillado. No obstante, legó a los que quedaron confiados, la armadura de la paciencia, las armas del amor y la estrategia del bien incesante e infatigable.

El campo tal vez quedó muchas veces cubierto de cadáveres… cadáveres de sus legionarios que se entregaron al sacrificio, pero que jamás sacrificaron a otro.

Les ofreció los instrumentos desconocidos hasta entonces de la concordia y de la mansedumbre, e inauguró un extraño y singular modo de combatir el combate de la no-violencia. Y, sin embargo, por esa misma razón, no hubo lugar para Él en la tierra. . . No obstante, ello, de las lecciones vivas e incorruptibles de Su amor, brotaron bendiciones, y el puñado de espíritus revestidos con la indumentaria carnal que quedaron en la retaguardia, alcanzaron paulatinamente los elevados e inamovibles objetivos que después tendrían que conquistar.

Eran simple polen que, a pesar de ello, fecundarían a la humanidad entera, venciendo las distancias y los tiempos.

En lo infinito de las horas, habría de llegar el momento de la comunión final con los amados y el triunfo total sobre las miserias que convulsionaban las mentes y los corazones.

Recordó a aquellos hombres y mujeres arrancados de sus quehaceres diarios, para cumplir con la incomparable jornada del socorro fraternal. Ni ellos mismos se percibieron de la profunda significación que encerraba el «abandonar todo y seguirlo…»

Durante meses, guardaron extrañas e ingenuas esperanzas; lucharon entre sí, disputándose la supremacía, soñaron quiméricos triunfos, aspiraron tener honras banales… Después, lentamente, aclarados los interrogantes que perturbaban su facultad de razonar y nublaban sus sentimientos vacilantes, pudieron presentir la elevada responsabilidad de la que estaban investidos.

Recorrieron la tierra cual discreto perfume de poderoso aroma y, por donde pasaron, sin percibirlo siquiera, dejaron señales imborrables. Los escogió de diversas procedencias, siendo todos ellos, corazones comprometidos con el quehacer diario y la rutina de sus vidas sencillas.

A una mujer habituada a los cojines de seda y a la seducción, le ofreció fuerzas y valor, para que, renovada se convirtiese en ejemplo vivo de la victoria del espíritu sobre la carne perecedera.

Conmovió a un jactancioso «doctor de la Ley», enseñándole la profunda interpretación del complejo mecanismo de los renacimientos purificadores.

A un fiel administrador le enseñó las esperanzas del Reino, restituyéndole su hija enferma, en elocuente testimonio del valor de la salud espiritual…

Confundió con el verbo simple y las actitudes sencillas a los hipócritas y mentirosos, a los engañadores y a todos aquellos que se complacían en malversar los valores de cualquier naturaleza.

A los amigos — íntimos compañeros de todas las horas —, los eligió de entre aquellos que cumplían las modestas funciones del pueblo, adiestrándolos en un régimen de austera disciplina e incesante dedicación, a fin de prepararlos para las luchas interminables de la acción sin límite…

Sabía que ellos llevarían Su voz, cantando, sudorosos y sacrificados, pero también, resueltos y conscientes, a todos aquellos espíritus que la necesitaban, mitigando así las terribles úlceras que minaban el organismo de la humanidad.

Sabía también que las manos de la codicia y del crimen, se levantarían, y que toda clase de obstáculos habrían de organizarse; que las más infames armas serían usadas contra ellos mientras permaneciesen fieles a Su testimonio, recorriendo la Tierra.

Pudo vislumbrar las llamaradas y las cruces, los animales y las armas, las crueldades sin par y las persecuciones implacables que organizarían contra ellos, sin disminuir su ánimo ni quebrantar su coraje, puesto que se apoyaba en la Iglesia de la Revelación que estaba asentada en la roca de la Verdad con la argamasa de Su sangre y con el sello de Su resurrección, quedando reservado al futuro el resultado de Su sacrificio por amor…

El cordero confraternizaría con el lobo y la cizaña cedería lugar al trigo, floreciendo la gleba humana con las bendiciones de la paz integral.

«Gloria a Dios en las alturas, paz en la tierra, buena voluntad para con los hombres» — entonaban las voces angélicas, saludando al Rey Excelso, que llegaba al trono del Altísimo.

El Divino Amigo, lejos ya de la esfera de sombras en la que quedaron los hombres, envueltos en sus pasiones y ansiedades, abrió los brazos con el espíritu pletórico de confianza y, toda armonía, balbuceó pensando en aquellos que Lo seguirían, a través de los tiempos:

«Padre Nuestro, que estás en el Cielo.», retornando al seno de Aquél que Lo envió, sin apartarse, no obstante, de los luchadores que habían quedado en la retaguardia terrena, hasta la «consumación de los evos».

* * *

Desde entonces, el sufrimiento y el dolor encontraron amparo en manos débiles que se fortalecen con el contacto del trabajo cristiano.

Por donde pasa la hidra de la guerra sembrando cadáveres y destrucción, corazones abnegados avanzan detrás de ella atendiendo a la viudez, a la orfandad, al abandono y la miseria.

La impiedad jamás volvió a instalarse en la Tierra, ni la persecución consiguió el triunfo total.

En todas partes, Él estuvo presente, y la simple pronunciación de Su nombre, es un vigoroso estímulo para la libertad y la paz espiritual.

A pesar de no haber triunfado en el mundo, Jesús venció las vicisitudes y estableció las balizas del Nuevo Mundo de la Humanidad Feliz, en cuya construcción todos nosotros, desencarnados y encarnados, estamos unidos en el ejercicio del aprendizaje y la vivencia evangélica.

Amelia Rodrigues
Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “Las primicias del Reino”

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