Consciencia y deber

Debido a los proyectos fantasiosos que se propone, la criatura humana establece, normalmente, su escala de valores prioritarios, lejos de la realidad espiritual.
Los impositivos inmediatos prevalecen en sus contenidos elegidos como aquellos que deben ser conquistados, fijando las bases de su comportamiento en la búsqueda de esas realizaciones.

Aunque reconozca la permanencia de la vida física y de todo cuanto le atañe, se agarra a la transitoriedad de los acontecimientos y fenómenos, buscando eternizarlos, en el tiempo que se transfiere y en los espacios emocionales que se consumen, debido a las transformaciones inevitables del cuerpo somático.

Como consecuencia, se disipa en la lucha constante por la preservación de lo perecible, así como en el afán de mantenerse en nuevas búsquedas, olvidándose de la realización plena, que transcurre de su consciencia lucida constatando la conquista de sí misma.

Por atavismo, cree que la preservación de la especie y la necesidad de mantener las provisiones necesarias para tal fin constituyen los objetivos de la existencia en la tierra. Y sin más amplias reflexiones, automáticamente, se entrega a la conquista de cosas y valores amonedados, de proyección social y gozo personal.

Sus áreas de movimiento emocional son limitadas, lo que genera, con el tiempo la repetición, las graves neurosis que propulsan a las fugas espectaculares, a los conflictos, a los sufrimientos más acerbos…

El ser humano es aquello que piensa, que de sí mismo elabora, construyendo, mediante el pensamiento, la realidad de la cual no logra evadirse.

Sus aspiraciones intimas, con el tiempo, se concretizan y sorprendiéndolo, a veces cuando ya no las alimenta, pues hay un periodo para sembrar y otro que corresponde a la cosecha.

El éxito de un emprendimiento depende, por cierto, del empeño que alguien se aplica para su ejecución. Sin embargo, el proyecto, la programación y el método de trabajo son indispensable para el intento y la realización.

La idea, pura y simple, necesita de indumentaria para ser expresada, y la forma como se presenta responde por las conquistas que produce. Así, las palabras dichas no pueden ser silenciadas, prosiguiendo en su marcha. Lo que realizan, se torna patrimonio de aquel que las envió.

La consciencia lucida se mantiene vigilante, a fin de no generar conflictos y sufrimientos para sí mismo a través de los conceptos infelices emitidos y de las acciones perniciosas practicadas.

Conociendo los deberes que le atañen, madura las responsabilidades, ya que se utiliza de las ocasiones propicias para desarrollar más los potenciales que le yacen innatos, ampliando el área de percepción.

La consciencia del deber no es resultado de los arquetipos mitológicos, y si, de las conquistas morales que promueven a la criatura, liberándola de los instintos agresivos, de la libido, de las pasiones a salvajadas.

Se puede medir el estadio de evolución del ser por su consciencia de deber. La ausencia del deber indica su evolución, incluso que haya realizado conquistas intelectuales, mientras que sus manifestaciones revelan todo el proceso de almacenamiento de valores ético-morales.

Haz de tu existencia terrestre un patrimonio de eternas bendiciones.

La moderación, la ecuanimidad, el deber lucido marcharán contigo, proporcionándote estimulo y más conquistas, sin que el cansancio, el tedio y la amargura encuentren pozo en tus sentimientos y disposiciones.

Cada dificultad y problema se te revelarán desafíos y, si por acaso no lo consiguieras, toma la actitud de San Agustín, conforme declara en una bella comunicación en “El libro de los Espíritus”, en los comentarios en la pregunta 919:

Haced lo que yo hacía cuando vivía en la Tierra. Al término de la jornada interrogaba a mi conciencia, pasando en revista cuanto había realizado ese día, y me preguntaba si no había faltado a algún deber; si nadie había tenido que quejarse de mí. Así llegué a conocerme y a averiguar qué era lo que debía reformar en mí.

Espíritu Joanna de Ângelis
Médium Divaldo Pereira Franco
Momentos de consciencia
Traducido por R Bertolinni

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