Yo vi una luz y me dirigí a ella

v-hugoYo vi una luz y me dirigí a ella torpemente al cabo de muchos siglos pude tocar aquella luz, sentí en ella el calor profundo del fuego regenerador. Guardaos Dios, hermanos míos: Que El nos ilumine, porque sin Su Luz no hay inteligencia.

La Inteligencia engendra sabiduría y la sabiduría es la antorcha inmensa que alumbra todos los mundos, tan amplia y profundamente como son los infinitos universos. De la sabiduría nace la Perfección. La perfección es la brújula que señala el horizonte de una sabiduría aún más
elevada: ¡la celestial!

Cuando se ha alcanzado esta supersabiduria el alma se envuelve con
luces bellísimas, adquiriendo cualidades adquisitivas enormes que le colocan a diapasón con
las principales Leyes Divinas.

Cuando se ha llegado a esos límites majestuosos de alturas espirituales se ha alcanzado la perfección que perfecciona todo lo perfectible, llegando a conocer la raíz de leyes y cosas que no habían sido conocidas ni soñadas por la ciencia humana y que justifican el desarrollo de la obra inmensa de la creación. Esas leyes hacen ver su amplitud y profundidad en todos los acontecimientos, en tal forma, que allá, en lo más lejano a donde puede llegar la visión espiritual ya adquirida, encuentra esa gran interrogante: esa interrogante eterna que nuestra alma y nuestro sentimiento no pueden medir: esa interrogante que se hace el que ha subido tan alto y ha culminado en la concepción, algo aproximada, de lo que es la infinita grandeza del universo, de lo que son las leyes excelsas que lo rigen, de lo que es subir con amor, trabajo e inteligencia: que es llegar a la conclusión firme y real de que, por encima de esas alturas hay otras muchas alturas: que creyéndose estar tan alto, aún no se ha empezado a subir: que la gran incógnita continúa cada vez en mayores magnitudes, en formas distintas: que por mucha penetración que tenga el alma, por mucha sabiduría que haya adquirido con sus trabajos, estudios y voluntad, por muchas concepciones magníficas que se haya hecho de la Divinidad, por muchas filosofías, por muchos códigos que haya leído, por mucho examen que haya hecho de todo cuanto haya conocido y analizado, tiene ante sí una realidad eterna, una realidad que le impone respeto, adoración y sumisión a su Creador.

En este estado de profunda reflexión surge una voz suave que dice: Sigue, que aún no has empezado, que las realizaciones del Creador continúan en grados mucho más altos, más amplios y más perfectos. Son formas que se suceden, aglomeraciones de ciencias que suscitan unas de otras, que nunca se empieza porque jamás se termina. Así es la grandeza de Dios y así eres tú, alma incansable, que comenzaste con un conocimiento nulo y llegarás a comprender la formación de los mundos y la constitución del alma, esa chispa emanada del gran foco Divino, que cada vez se satura de más sabiduría, más amor y más penetración, y que le llevará a la convicción de que el progreso, en todos los órdenes, nunca se termina, que siempre está empezando para nunca terminar, porque redondo es el volumen de la creación, y lo redondo no tiene principio ni tiene límites. Así es la sabiduría infinita de Dios en todas Sus manifestaciones.”

Yo, queridos hermanos vi una luz y me dirigí a ella torpemente. Al cabo de muchos siglos pude llegar a tocar aquella luz. Quemó mi alma, sentí en ella el calor profundo del fuego regenerador. Se quemaron en aquella luz bendita todas mis fantasías, todos mis orgullos. Allí se fueron calcinando, poco a poco, mis faltas y mi resistencia innata a ser bueno. Allí donde esperaba que brillaría mi inteligencia, comprobé que sobresalía mi ignorancia, mi insensatez y mi vanidad, porque aquello era luz y mi obtusa inteligencia era oscuridad. Vi en mí al hombre que siempre se ha ha sobreestimado, que se ha creído muy alto, y ahora, a la vista de aquella luz, surgían incontenibles mis muchas faltas, mis muchos errores y la mucha torpeza que tenia acumulada.

Continué caminando en pos de aquella luz, y donde creí que se hallaba el conocimiento supremo y eterno de todo lo creado y por crear, que estaba lo que jamás se puede nombrar, lo que nunca se podrá medir ni concebir, por mucha altura que tenga el alma: que allí estaba la presencia de Dios, aquella luz deslumbradora con destellos sublimes se abrió de par en par para mostrarme el código supremo del amor, de la fe y de la equidad, que en caracteres divinos decía: “Anda, hijo mío, no retrocedas. Sigue, no desfallezcas, que por mucho que aprendas, por muy alto que llegues, aún tendrás siempre que aprender porque la evolución es eterna como eterno es el Creador. Tú eres una parte infinitesimal Suya, eres una antorcha divina como ese fuego que te conduce, pero serás siempre un fuego creador, evolutivo, de concepciones maravillosas.

Seguirás subiendo, seguirás estudiando, llegarás a concluir la primera carrera para seguir las infinitas trayectorias de las muchas carreras que tiene la sabiduría de Dios. Abrazarás con tu mirada espiritual la majestuosidad del Universo. Sabrás penetrar con tu pensamiento en el desarrollo y evolución de creaciones infinitas. Sabrás llegar a lo colosalmente grande, porque colosalmente grande es lo que te impele y propulsa para que estudies, comprendas y domines esas esencias creadoras.”

Cuando, estudiando y aprendiendo en otros mundos que están muy altos en la escala de la evolución, vemos nuestra pequeñez y nuestra ignorancia, nos entristecemos porque, de haber progresado sin caídas en nuestra trayectoria, habríamos alcanzado estos lugares maravillosos de creaciones colosales, paisajes incomparables, sinfonías celestiales y armonías imposibles de comparar. Sin embargo, si seguimos subiendo en la escala de los mundos, hallamos otros universos eminentemente superiores en todos los órdenes.

Así es la maravillosa creación Divina, queridos hermanos, siempre de más en más, de perfección en perfección. Jamás se retrocede en el progreso adquirido. Lo que se hace es cultivarlo y ampliarlo desarrollando más ciencia, más amor y más fe en el Todopoderoso. Os está hablando un obtuso ser que creía saber algo y, habiendo estudiado muchas cosas y desarrollado otras, se hallaba tan alto que no se detuvo a estudiarse a sí mismo y a eliminar sus muchos defectos y errores. Por esto yo os aconsejaría que si llegáis a dominar profundamente un conocimiento, una ciencia o una filosofía, guardarla para vosotros y no os envanezcáis por ello. Si es una filosofía o conocimiento que se deba predicar para bien de los demás, predicarla, pero nunca creáis que sabéis algo, porque caeréis en el mismo error que caí yo,y más vale entonces no haber reencarnado, ya que desperdiciamos una encarnación que pudo haber sido un paso definitivo en nuestro progreso espiritual. Que Dios nos dé Su bondadosa luz, porque es la que guía las almas por los derroteros augustos del amor y la superación.

Víctor Hugo
Extraído del libro “Desde la otra vida”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Volver arriba