Consciencia y hábitos

San Juan de la Cruz afirmaba que “Dios es encontrado en las tinieblas” del ser humano.
Ínsito en la criatura, permanece en su lado oscuro, aquel “yo” profundo de su realidad aun por detectar.

Mientras esa área de sombras no sea iluminada por la razón, la ignorancia predomina y los instintos gobiernan. Incluso que el raciocinio parezca comandar sus hábitos y sus acciones.

El intento debe ser continuamente ejercitado en todos los periodos de la existencia terrestre, ya que las experiencias realizadas lo elevan a niveles más significativos, abriéndole posibilidades más amplias de auto-penetración.

Las raíces del ser son divinas, constituyéndole el cuerpo un instrumento o suelo fértil para la fecundación, el florecimiento de los tesoros latentes.

Naturalmente pesan sobre sus hombros en la larga jornada humana los factores endógenos, como la heredietariedad, las glándulas de secreción endocrina y otros, y exógenos, como la contribución de la educación, de la sociedad, de la economía, generadores de hábitos.

Es todavía, el espíritu que, heredero de las propias realizaciones, transfiere de una para otra existencia las adquisiciones que lo promueven, retienen o aprisionan en estados perturbadores.

Frente a los hábitos del inmediatismo, ocurre, a través de los tiempos, en los seres humanos, una fisura entre la consciencia superficial y la profunda, desarrollando más las áreas de la personalidad.

Esa separación generó en ellos, el desinterés por las conquistas transcendentales, que les parecen difíciles de lograr o se presentan desmotivadoras, tal la preocupación con el lado concreto de la vida.

Confirmando esta colocación, la ciencia constató que el hemisferio cerebral izquierdo de los seres humanos, encargado de los reflejos en el lado derecho del cuerpo, es verbal, relativo, angular, individual, desarrollado; mientras que el derecho, que responde por el lado izquierdo del cuerpo, es global, intuitivo, silencioso, selectivo, poco utilizado, en consecuencia, sin desarrollo, aguardando que la mente, en su función legitima, le proporcione el enriquecimiento de la facultad y realizaciones.

La mente en sí misma, el espíritu, a través del cerebro, se manifiesta en dos formas diferentes: ahora como razón – intuitiva, metafísica, abstracta – ahora como inteligencia – concreta, analista, inmediata.

El uso de la razón proporciona el discernimiento, que ofrece la elección de los hábitos saludables favorables a la felicidad, estimulantes a la evolución.

La función de la mente es pensar.

El hábito de pensar amplia las posibilidades de discernir.

La mente es capaz de reconocer por la razón los propios errores en los cuales se apoya y los corrige.

La pereza de pensar es la responsable por la limitación del discernimiento de la razón.
Adaptándose a los análisis estrechos y superficiales de la vida y de sus manifestaciones, el ser permanece en un nivel inferior, malbaratando el tiempo y la oportunidad.

El empeño de mantener la atención – que observa – la concentración – que fija – y la meditación – que completa el equilibrio psicofísico – se tornan el puente de unión entre la consciencia superficial y el “Yo” profundo, unificando, de ese modo, la acción de los dos hemisferios cerebrales que se armonizan y se desarrollaran en equilibrio.

La repetición de los actos genera hábitos y estos se tornan memorias, que pasan a funcionar automáticamente.

Si eliges hábitos mentales de discernimiento para lo correcto, obrarás con seguridad y esas memorias funcionarán automáticamente, madureciéndote intelectiva y afectivamente, con este comportamiento ofreciéndote consciencia de ti mismo, identificación con tu “Yo” profundo.

El reino de los Cielos está dentro de vosotros – acentuó Jesús con infinita sabiduría en un tiempo de gran ignorancia y con un contenido de extraordinaria actualidad.

La psicología profunda de hoy desvela este lado oscuro de la criatura, iluminándolo con la presencia del espíritu en el cuerpo, como la contribución propuesta por Viktor Frankl, en su constatación noética, palabra derivado del término griego nous o espíritu.

Y Allan Kardec, el misionario de la Era Nueva, aclarando los oscuros niveles humanos de la consciencia adormecida, después de preguntar a los instructores de la humanidad, al respecto del progreso, de ellos recibió la confortadora y segura respuesta, conforme la pregunta número 779, de “El libro de los Espíritus”:

– El hombre se desarrolla naturalmente por sí mismo, pero no todos adelantan al mismo tiempo y de igual manera. Entonces, precisamente, los más evolucionados ayudan al progreso de los otros por medio del contacto social.

Espíritu Joanna de Ângelis

Médium Divaldo Pereira Franco
Momentos de consciencia
Traducido por R Bertolinni

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