Ante falsos profetas

Prevente en atribuir a los falsos profetas el fracaso de tus emprendimientos morales. Recuerda que todos somos tentados según el género de nuestras imperfecciones.

No despertarás el hambre del pez con un cebo de oro, ni atraerás la atención del caballo con un plato de perlas, pero sí ofreciendo a su percepción ligero bocado sangrante o algún cazo de maíz. De ese modo, igualmente, todos somos inducidos al error, en la pauta de nuestra propia estulticia.

Dominados de orgullo, creemos en aquellos que nos incitan a la vanidad y, sedientos de posesión, asimilamos las sugerencias infelices de cuantos se propongan explorarnos la insensatez y la codicia.

Es preciso recordar que todos somos, en el traje físico o despojados de él, espíritus en camino buscando en la lucha y en la experiencia los factores de la evolución que nos es necesaria, y que por ello mismo, si ya somos aprendices de Cristo, tenemos la obligación de buscar su ejemplo para medida ideal de nuestra conducta.

No vale, así, alegar confianza en la palabra de cuantos sostengan nuestra fantasía, con respecto a ficticios valores de que seáis depositarios, en el presupuesto de que vengan hasta nosotros en la condición de desencarnados; pues que la muerte del cuerpo es, en el fondo, simple cambio de vestimenta, sin afectar, en la mayoría de las circunstancias, nuestra formación espiritual.

«No creas, de ese modo, en todo Espíritu» —nos dice el Apóstol—, ya que semejante actitud implicaría la creencia ciega en nuestros propios engaños, con la exaltación de reiterados caprichos.

El oído que escucha es hermano de la boca que habla.

Ilusión admitida es nuestra propia ilusión.

Apetito insuflado es apetito que tranquilizamos.

Mentira creída es la propia mentira en nosotros.

Crueldad aceptada es crueldad que nos pertenece.

De alguna suerte, somos también la fuerza con la cual entramos en sintonía.

Busquemos, pues, al Maestro de los maestros como la luz de nuestro camino. Y comparando con sus lecciones avisos e informes, mensajes y advertencias que nos sean dirigidos, de ese o de aquel sector de esclarecimiento, aprenderemos, sin sombra, que la humildad y el servicio son nuestros deberes de cada hora, para que la verdad nos ilumine y para que el amor puro nos regenere, preservándonos finalmente contra el asedio de todo mal.

Dictado por el espíritu Emmanuel
Extraído del libro “Religión de los Espíritus”
Médium Francisco Cândido Xavier

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