La familia de Betania

Cercada por inmensos campos de cebada, pequeños bosques de olivos e higueras que ofrecían sombra al camino de Jericó, que serpeaba junto a las murallas, Betania quedaba a una hora de Jerusalén. (*)

Desde la Puerta Dorada, la carretera de Jericó llegaba al Cedrón y bordeaba el Monte de los Olivos, antes de proseguir hacia Betfage.

El escenario de Betania difería notablemente de la opulencia barullenta de la ciudad de los profetas. A pesar de las tormentas eléctricas de Mareswhan (1) que caían repentinamente a semejanza del toque de las trompetas, el aire traslúcido y leve permitía, como aún hoy, la visión a distancias enormes. Al sur, en dirección a las tierras de Moab o al nordeste, por encima de los montes Gerasiano, el cielo tranquilo y el aire transparente, siempre ofrecen visibilidad incomparable.

La aldea, sencilla, parecía contrastar en su verdor con la áspera Judea, a la que pertenecía. Allí todo era poético: alfombras de flores menudas caían sobre la grama verde, y la corona del Monte de los Olivos a lo lejos, teñía el paisaje deslumbrante con el verde ceniciento de sus árboles.

Los declives llenos de follaje exhibían casas blancas de terrazas floridas. Y a pesar de estar muy próxima a la capital, parecía muy distante, en comparación al lujo y al bullicio de la gran ciudad.

* * *

Betania era un remanso que se tornaba en agradable refugio, después de las fatigantes jornadas. Muchas veces Jesús buscó aquellos sitios para retemperar su corazón y estimular a otros.

En aquel mes de octubre del 29, cuando comenzaban las primeras señales de las tormentas y los ánimos de Jerusalén se exaltaban, el Maestro se dirigió a la encantadora Betania.

La red de intrigas apretaba su cerco. Los miembros del Sanedrín acechaban y distribuían espías por la senda del Rabí. Deseaban sorprenderlo en estado de blasfemia.

Pese a ello, Jesús continuaba imperturbable la siembra de la verdad. Él sabía que los hombres son espiritualmente “niños” y que el odio, es la consecuencia del amor primitivo atemorizado.

Si por un lado el despecho y la envidia tejían la maraña odiosa de la persecución implacable, por otro, un velo de amores abría sus tejidos, envolviendo a muchos espíritus valientes y afectuosos.

En Betania, Lázaro y sus hermanas Marta y María, eran el testimonio elocuente de ese amor. Sin temer a los fariseos ni a las murmuraciones de los vecinos pusilánimes y recelosos, albergaban a Jesús en su hogar, cercado de rosas perfumadas y construido de paredes cubiertas por enredaderas.

En las proximidades, los cedros y los duraznos en flor, constituían un hermoso cuadro, en el que se destacaba la casita de forma cúbica, con amplia terraza y con columnas abrazadas por la hiedra verde-oscura.

Amaban a Jesús y no lo ocultaban. Lo consideraban un miembro de la familia, y recibirlo en casa, significaba para ellos engarzar una estrella en las paredes domésticas.

Muchos de esos amigos amorosos, poco tiempo después, entraron en Jerusalén entonando cánticos: siguieron el cortejo de la cruz, subieron el Gólgota, se deslumbraron con la Resurrección, siguiendo finalmente, hacia Galilea, a fin de recibir las últimas instrucciones, antes de que Él ascendiera… Y prosiguieron heroicamente, avanzando por las huellas dejadas, ampliando las esperanzas del reino…

También a esos amigos, a quienes Él mucho amaba, les había ofrecido los más expresivos tesoros de luz y de vida.

A Lázaro, que lo había enriquecido con su amistad pura, lo arrancó de las sombras de la catalepsia, al encontrarlo en el sepulcro, en medio los tejidos fúnebres que exhalaban miasmas, respondiendo así al llamado que las hermanas de éste le habían hecho desde lejos…

* * *

Coronados de oro diáfano y violeta, los montes y las colinas se aquietaban al abrazo del atardecer. Del valle fresco, subían suaves aromas.

Las voces de la Naturaleza entonaban una Pastoral. La brisa corría en forma leve.

Las primeras lámparas con su luz rojo-amarillenta comenzaron a brillar en las casas.

Después de terminadas las Fiestas de las Tiendas en Jerusalén, donde debieron soportar virilmente las luchas que los cercaban, Jesús y los suyos, necesitaban descansar.

El Maestro no ignoraba las dificultades, y los Doce, de cuando en cuando, se sentían amedrentados.

Confraternizando con el sol en el ocaso, la luna, bañada en plata, bordaba el firmamento.
Habiendo sido avisado por un discípulo, que se adelantara a los demás, Lázaro aguardaba, jovial, al Rabí y a los otros compañeros, en la puerta de su casita alegre y hospitalaria.

— Haya paz en esta casa — dijo el Señor.

— Que la paz sea contigo Maestro —respondió Lázaro, al tiempo que lo abrazaba efusivamente y besaba el rostro del Huésped querido.

Las dos hermanas se apresuraron a recibir a los visitantes, ofreciéndoles el agua para las abluciones, mientras que el hogar se llenaba de la lógica algarabía que había llegado con ellos.

Marta, corrió presurosa a los quehaceres domésticos. preparando los alimentos, disponiendo los lechos, arreglando la mesa… Fatigada, va de un lado a otro y reclama el auxilio de María, llamándola.

Mientras que afuera el murmullo se iba acallando y la noche avanzaba calzada de silencio, el Rabí narraba a Lázaro los últimos acontecimientos, y exponía los planes futuros.

María, sentada a sus pies, lo miraba con arrobamiento, mientras que seguía la narración con extremada atención.

– ¿María! – gritó su hermana.

Y al encontrarla, reclamó:

—¿Maestro! ordénale que me ayude. En cuanto yo no tengo sosiego a fin de terminar con las tareas sonrió, afable, ella te está importunando, sin preparar la casa para la comida.

– ¡Marta, Marta! – respondió el Maestro sonriendo —, Estás atareada con muchas cosas, de las cuales, una sola es necesaria; y María, escogió la mejor parte, pues nadie podrá substraérsela.”

En cuanto Marta, desorientada, se aquietó, el Señor narro dulcemente:

—Un hombre casado recibió la noticia de que un Rey pasaría por su hogar. Preparó la casa con su esposa. Cuando el Monarca llegó, él se acercó para escucharlo, mientras que la mujer corrió a atender las pequeñas tareas. Pero el Rey no podía permanecer mucho tiempo allí, y luego de una comida ligera, partió. Tan sólo aquel que lo escuchó, se enteró del programa de su reinado, que era lo más importante…

—Discúlpame – dijo Marta, justificándose—, son los viejos hábitos demasiado arraigados.

—Para alcanzar la plenitud —agregó el Amigo —, sólo basta una cosa: espíritu de lucha capaz de quebrar las viejas ataduras, y una vez renovado, entregarse totalmente a las cosas del Padre Celestial.

—Tienes razón- concordó la anfitriona.

—El pan, el abrigo – esclareció Jesús -, nos los da la tierra. El cielo estrellado es un excelente protector, y el suelo gentil, es un granero sagrado. Sin embargo, la palabra, es semilla de vida. Las preocupaciones sobre las cosas inmediatas caracterizan la horizontalidad en que muchos se pierden perturbados por el propio afán de lucha en que se envuelven. La búsqueda incesante de la verdad a cambio de múltiples cosas para adquirir la paz interior, con seguridad espiritual, es la vertical libertadora.

El hombre se agota inútilmente y se pierde a sí mismo, como si estuviese en un laberinto cruel, por ignorar las diferencias capitales que existen entre los valores imaginarios y los reales. Unos, se aferran a la posesión y son vencidos por lo que poseen. Otros, se encarcelan en las pasiones y sucumben bajo el peso de ellas. Muchos más se prenden a las ambiciones y se enloquecen al recorrer sus senderos escabrosos.

El Maestro dirigió la mirada en torno de sí.

La sala iluminada, era un adorno más en la noche. Atentos y curiosos, los dueños de casa y los discípulos escuchaban en silencio.

Tras una breve pausa, y con mayor énfasis, el Rabí prosiguió:

— Los vencedores del mundo, mientras viven, carecen de sosiego, y cuando atraviesan el umbral del sepulcro, se muestran vencidos y sufrientes, amarrados a la retaguardia. Solamente los que consiguen vencer al mundo y a sus alucinaciones, ascienden verticalmente rumbo a la gloria espiritual sin infortunios. Por esa razón, el “Hijo del Hombre” no posee una piedra donde reposar su cabeza, a pesar de que las aves de los cielos tienen sus nidos, y las serpientes y los lobos, sus cubiles”. Desdeñando todas las cosas, tan sólo una se tiene: amar a todos indiscriminadamente, a fin de que el reino del entendimiento, en perfecta comunión de ideas, pronto se establezca entre las criaturas de la tierra.

— Señor —indagó Juan emocionado —, ¿demorará mucho en llegar esa hora de entendimiento humano?

—Las simientes —respondió el Interlocutor— están siendo sembradas en estos días. La floración y la cosecha pertenecen a Nuestro Padre. Sembremos todos, amándonos los unos a los otros, incansables y sin prisa, y fascinados por la verdad, avancemos resueltos, pues sólo esto es realmente necesario.

Afuera flotaban suaves aromas en el viento que murmuraba en la arboleda, mientras las estrellas espiaban, desde muy lejos, como vigilantes atentos aguzados por la curiosidad…
Marhcswhan – mes de noviembre. (“) Lucas, 10: 38-42.

(Notas de la Autora Espiritual).

Amelia Rodrigues
Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “Las primicias del Reino”

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