Consciencia y evolución

El despertar de la consciencia faculta la responsabilidad al respeto de los actos, frente al desvelar de los códigos divinos que yacen en germen en el ser.

Creado simple e ignorante, el espíritu tiene como fatalidad la perfección que le está destinada.

Alcanzarla con rapidez o demorarse por conseguirla depende de su voluntad, de su libre albedrío.

Pasando por la hilera de la ignorancia, adquirió experiencias mediante las cuales puede discernir entre lo que debe y lo que no le es licito realizar, optando por las acciones que le proporcionen felicidad, bienestar, sin los efectos perniciosos, aquellos que se tornan desgastantes, atormentantes. De ese modo, se torna responsable por su destino, que está para construir, modificar, por medio de las decisiones y actitudes que se permita.

El bien le es el fanal y esta se constituye de todo aquello que es conforme las leyes de Dios, que son naturales, vigentes en todas partes.

La herencia de la ignorancia primitiva lo aferra en el mal, que es contrario a la ley de progreso, no, reteniéndolo indefinidamente e imposibilitándolo de ser feliz.

Debe, por tanto, emplear esfuerzos y romper los eslabones con la retaguardia, avanzando en las experiencias iluminativas, al principio con dificultad, frente al vicio instalado, para después acelerar los mecanismos de desarrollo, por fuerza incluso del placer y alegría disfrutados.

Lentamente, debido a la propia consciencia, descubre los tesoros preciosos que están a su disposición y de los cuales puede utilizar con infinitos beneficios.

Salud y enfermedad, paz y conflicto, alegría y tristeza pueden ser elegidos a través del discernimiento que guía las acciones. Sin esa claridad, los estados negativos se le tornan habituales e, incluso cuando establecidos, pueden alterarse a través del esfuerzo empleado para vencerlos.

Nunca te entregues a la falta de esperanza, al abandono. No eres una piedra suelta, en el lecho del río del destino, rodando incesantemente. Tienes una meta, que te aguarda y que alcanzarás.

Adéntrate, mediante la reflexión, y descubre tus incalculables posibilidades de realización.
Afírmate al bien, a fin de que su germen en ti fecunde y crezca.

Serás lo que pienses y planees, pues que lo da tu mente y del sentimiento proceden los valores que son cultivados.

Tu estado natural es salud. Las enfermedades son los accidentes de tránsito de las acciones negativas, proporcionándote rehabilitación. Es indispensable mantengas atención y cuidado en la conducta del vehículo carnal. Así, piensa en el bienestar, anhélalo, estimulándolo con realizaciones correctas.

Tu constitución es armónica. Los desequilibrios son ocurrencias, en la corriente eléctrica de tu sistema nervioso, por distorsión de carga que las sensaciones cultivadas proporcionan.

Mantén los interruptores de la vigilancia encendidos, a fin de que interrumpan los altos voltajes que los producen.

En tu origen eres luz avanzando para la gran luz. Solo hay sombras porque aún no te dispusiste a mover los poderosos generadores de energía adormecido en tu interior.

Haz claridad, iniciando con la chispa de la buena voluntad y dejándola crecer hasta alcanzar toda la potencia de que dispone.

El amor es tu camino, porque procede de Dios, que te creó. De ese modo, verticaliza tus aspiraciones y agiganta tus sentimientos en la dirección de la causalidad primera.

Todo puedes, si quieres.

Todo lograrás si te dispones.

Buscando penetrar en el orden de las divinas leyes que proporcionan el entendimiento de la vida, Allan Kardec preguntó a las venerandas entidades, conforme registró en la pregunta 117 de “El libro de los Espíritus”:

¿Depende de los Espíritus mismos acelerar su progreso hacia la perfección?

– Por cierto, que sí: llegan más o menos pronto, según su deseo y su sometimiento a la voluntad de Dios. Un niño dócil ¿no se instruye más rápido que uno reacio?

Espíritu Joanna de Ângelis
Médium Divaldo Pereira Franco
Momentos de consciencia
Traducido por R Bertolinni

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