Hojas al viento

La situación de la familia era terrible. Seis hijos, el más mayor, 12 años; el menor, en los brazos de su madre, apenas de algunos meses. Padres e hijos cansados, hambrientos, sin casa, sin dinero, sin esperanzas. Poco equipaje, en maletas viejas, mucha amargura en el corazón.

– ¿Qué es esto? ¿Vinieron de la Guerra? –Pregunta, apenado, el encargado del albergue donde buscaban posada.

– Pues, sí, muchacho. Responde el jefe de la familia. Venimos de Minas. Yo tenía empleo, casa donde vivir, los hijos escolarizados. No estaba mal. Pero un día el patrón se enfadó, me gritó y yo le mande al infierno. Casi le pego, porque ningún hombre habla así conmigo,¡no!

*****

¡Qué tristeza! Toda una familia en penuria, porque el macho, no llevó humillación para la casa. Muchos matrimonios son desechos, mucha gente va a parar a la prisión, por el mismo motivo.

Un momento de cólera, una reacción de odio, una agresión, y tenemos la existencia complicada. No hay ningún mérito en responder al mal con el mal, a la ofensa con la violencia, a la mala palabra con los insultos. Cualquier animal hace eso.

Si diésemos un puntapié a un perro, él nos responderá con un mordisco. El caballo nos dará una coz. Sólo los hombres de verdad están dispuestos a comprender, manteniendo la calma. En cuanto no entrenemos este tipo de coraje, jamás seremos dueños de nosotros mismos. Estaremos siempre influenciados por el comportamiento de las personas próximas, como hojas al viento.

Richard Simonetti

Extraído del libro “Cruzando la calle”

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