Zaqueo, el rico de humildad

Segregados, los publicanos (1) o recaudadores de impuestos, constituían la clase detestable y vivían bajo lluvias de odios y sarcasmos. (*)

El pan adquirido con el sudor de la aflicción era portador también de la aflicción de aquellos que estaban obligados al pago de las pesadas tasas, impuestas por las huestes victoriosas que dominaban a Israel.

Jericó era un gran centro de actividades comerciales y una ciudad famosa; en ella se había hospedado en el pasado Cleopatra, que se había quedado encantada con su aire suave y perfumado.

Embellecida por Herodes y Arquelao, su caserío suntuoso y sus moradas palaciegas de mármol, se destacaban por la austeridad y la belleza de líneas.

Situada un poco sobre el valle del Jordán, se beneficiaba en los días tórridos con los vientos y brisas frescas y en los días fríos, la temperatura se mantenía agradable, sin llegar a bajar notoriamente.

Conocida por su centro comercial, era escogida por los negociantes, cambistas, peregrinos y caravanas que iban en demanda de los diversos países del Oriente, exhalando, al atardecer, el aroma de las rosas que abundaban, diseminadas por todas partes.

Los campos y prados se veían favorecidos por las sombras de las higueras, granados, cacahuetes, y salpicados por flores de un rojo intenso y amarillentas, de tonos dorados. Sus planicies cubiertas de trigo y caña de azúcar rivalizaban en esplendor con las plataformas coloridas por la balsamina abundante, que le ofrecía un aire de belleza risueña y primaveral. Las palmeras de dátiles, las más célebres de Israel, producían tres especies distintas, y poseían el dulcísimo sabor de la miel.

Su aduana estaba en constante movimiento y los negocios alcanzaban elevadas y expresivas sumas.

Jericó, esplendorosa y de economía pujante, era la ruta obligada que conducía a Jerusalén…

* * *

Zaqueo había adquirido en subasta pública el derecho a la recaudación de impuestos, y con ellos, la maldición de que eran acompañados.

Poseedor de una fortuna importante, vivía en un suntuoso palacio, al que había adornado con obras de arte traídas de diferentes países y estaba rodeado de lujo, como si con ello consiguiese llenar el vacío afectivo que sentía en el corazón, por saberse detestado por toda la ciudad, como consecuencia de su tarea.

De índole afable, justificaba el oficio con la explicación de que no eran pocos los hijos de Israel que lo disputaban delante de los emisarios de César.

Hacia todo lo posible por disipar las nubes cargadas de maldad y animosidad, que ensombrecían sus días. Empero, todas sus tentativas resultaron inútiles. Redoblaba sus esfuerzos, y la falta de éxito en ello, lo desanimaba notablemente.

Escuchaba, molesto, las amenazas proferidas entre dientes por aquellos que se veían obligados a liberarse del infamante deber de pagar el tributo a César, por su intermedio…

De baja estatura lo que daba más aflicción a sus angustias, y gordo, Zaqueo era el prototipo humano de la idiosincrasia de la ciudad.

Muchas veces, acariciando a los hijos, atormentado, analizaba el futuro y hacía proyectos … Cuando poseyese muchos bienes y pudiese abandonar la innoble tarea, dejaría la ciudad y recomenzaría una nueva vida, lejos de Jericó, muy lejos… Una sonrisa afloraba a sus labios y una esperanza mal dominada estimulaba su corazón, dándole fuerzas para resistir todos los tormentosos contratiempos del momento.

El futuro le pertenecía. Bastaba tan sólo esperar…

Zaqueo había oído hablar de Jesús.

Las noticias que llegaron a él eran semejantes a un mensaje de amor, cantando esperanzas. Le parecía irreal que alguien pudiese amar tanto. Y él también tenía sed de amor, ansias de afectos, de amigos…

Sentía la falta de la musicalidad sonora de la amistad y de las sonrisas amplias del entendimiento y la comprensión.

La información de que Él comía con pecadores y que hablaba demoradamente hasta con publicanos, lo hizo llorar íntimamente. Y las lágrimas corrieron abundantemente, cuando sus auxiliares, en la aduana, le dieron la seguridad de que entre los que lo seguían con ardor, había uno que había sido publicano también y que Él lo había arrancado de una Colectaría

* * *

¡Y Zaqueo se vio envuelto en un sentimiento de admiración y afecto por aquel Desconocido! A veces, meditando, anhelaba verlo, oírlo, conversar con Él. En su interior creía firmemente que Él era el Mesías.

Su palabra viajaba por el aire; sus hechos eran de todos y en todo lugar conocidos. Lo amaban los infelices, los desheredados de la esperanza, los oprimidos, los proletarii. Lo odiaban los que le temían, porque en Él reconocían al Salvador.

* * *

Bartimeo, el ciego, vivía en Jericó desde que Zaqueo tenía uso de razón. Con su escudilla miserable, mendigaba por las calles y los caminos.

Con frecuencia, Zaqueo lo socorría. Le agradaba ayudar a los miserables, mitigar el dolor, él, que sabía muy bien lo que era la soledad. A ellos, los sufrientes, no les negaba la moneda amiga que los puritanos y celosos de la Ley no querían ofrecer, escondiendo en el semblante de falsa pureza, la expresión constante de asco …

Bartimeo, ciego y despreciado, tenía algo en común con Zaqueo: la soledad con que ambos caminaban, en medio del pueblo.

* * *

En pleno mes de marzo del año 30, un cierto atardecer, Jericó tomó aspecto festivo. Desde hacía unos días, la ciudad hospedaba peregrinos que, iban hacia Jerusalén, para celebrar con toda pompa la Pascua, que ya estaba próxima. Pero aquella tarde el movimiento era inusitado.

Decían que el Rabí había arrancado a Bartimeo de la ceguera y que el antiguo infeliz había entrado en la ciudad, entonando hosannas y exhibiendo sus ojos claros, bañados de indefinible luz.

¡Milagro! — exclamaban unos.

— ¡Farsa! —gritaban, coléricos, otros.

Todos querían acercarse al ex ciego, informarse.

El tumulto natural que se había formado con la algarabía desordenada provocadas por todos se vio interrumpido cuando alguien grita: “El Rabí galileo se encuentra en las proximidades y no tardara mi llegar a la ciudad.”

Zaqueo sintió en su alma una explosión emocional. No podía contenerse.

¡El Esperado llegaba!

Éste era el momento; el más precioso momento de su vida. Necesitaba verlo.

Si bien era cierto que no tendría la osadía de hablarle, mas…

Si perdiese la ocasión, nunca más, ¡oh!, ciertamente, nunca más tendría otra.

Impaciente, con el sudor bañándole el rostro, se puso a correr — perdiendo hasta la postura de dignidad que a sí mismo se impusiera—, en dirección a la puerta de la ciudad.

La multitud se iba haciendo más densa, a medida que avanzaba. Era imperioso verlo, tan sólo verlo, verlo pasar.

Anhelante, dominado por mil inquietudes — sabía que le sería imposible verlo, pues siendo bajo como era, y detestado, la multitud que se encontraba al borde del camino no le cedería lugar— divisó una vieja y vetusta higuera, que extendía sus ramas sobre el camino.

Las raíces, rugosas y curvas que se elevaban del suelo, le permitían un acceso fácil.

El Publicano no titubeó. Avanzó, resuelto y se acomodó en el árbol.

Vio al Maestro, sereno, que se adelantaba acompañado por el pueblo.

Gritos y exclamaciones se confundían ovacionando al extraño Caminante, que parecía envuelto en diáfana claridad…

Zaqueo dejó que la voz estrangulada en la garganta irrumpiese cristalina y, sin percibirlo, se unió al entusiasmo general, envuelto en el mismo entusiasmo también.

¡Qué hermoso era el Rabí! ¡Jamás vio belleza igual a aquélla, tan llena de majestad y transparencia!

El Señor detuvo su paso junto a la higuera y miró a Zaqueo.

Fue un instante fugaz. No obstante, toda la vida del cobrador de impuestos desfiló fulminante, por la tela de su pensamiento.

Volvió a verse en el pasado…

—”Zaqueo — dijo el Visitante Sublime – desciende de prisa, pues hoy será necesario que repose en Tú casa”.

No podía ser verdad. ¡Soñaba! Un fuerte zumbido oprimía sus oídos, y un entorpecimiento profundo, dominaba su mente. “Desciende de prisa”, resonó en su espíritu.

El hombre bajó rápidamente de la higuera, transfigurado por la emoción, a solas, olvidado de todo, como si flotase en el aire embalsamado del atardecer. Deseó sonreír, gritar su complacencia, pero no pudo; no podía decir o hacer nada.

Su cerebro ardía como brasa encendida.

Se sabía rico —y los ricos eran detestados.

Publicano —y la Ley mosaica lo condenaba.

Se reconocía indigno — e Israel no lo perdonaría nunca…

Pero esa Voz continuaba ordenando: “hoy será necesario que repose en tu casa”.

Sacudió la inercia mental en que se encontraba y marchó hacia su hogar. Era indispensable preparar la recepción.

Las lágrimas brillaban en sus ojos cansados y el corazón ya no estaba oprimido, después de tan larga soledad. La esposa, abrazada a él, lloraba también.

Buscaba la forma de empequeñecerse en la grandeza de su casa lujosa y engrandecerse en la pequeñez en que la aflicción lo colocaba, para recibir al Rabí, el Amigo Único…

Era casi de noche. Un resplandor de oro bordaba los montes de luz y abría un abanico de plumas centellantes que adornaban las nubes que pasaban ligeras…

A la puerta de su casa, Zaqueo y su familia aguardaban.

Teme que el Rabí no entre en su hogar. No se siente digno de hospedarlo, sin embargo, sería capaz de darlo todo, con tal de tener ese honor.

—¡Señor! — alguien exclamó— ¿Pernoctarás en la casa de ese publicano…?

¡Publicano! (Resonó la palabra en los oídos de Zaqueo), marcándola a fuego en su ansioso y dolorido corazón.

—”Señor, — tartamudea el recaudador de impuestos — doy a los pobres la mitad de mis bienes, y si en algo defraudo a alguien, ¡se lo restituiré cuadruplicado!” ¡Entra en mi casa!

No pudo continuar, dominado por una poderosa emoción. Jesús sonrió, con una sonrisa simple y buena, semejante a un mensaje de amor.

—”Hoy — dijo suavemente —, vino la salvación a esta casa, puesto que también, éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido.”

Y tras una pausa, en la que se escucharon los murmullos de la noche que iba llegando, el Señor narró la inconfundible parábola de las diez minas, tomando como imagen preliminar, al príncipe israelita Arquelao, que “partió para una tierra remota, a fin de tomar para sí un reino, y volver después…”

Zaqueo se empequeñeció y engrandeció.

Se sometió a la humillación, glorificándose en la humildad.

* * *

Cuentan los narradores de los eventos evangélicos, que transcurridos muchos, muchos años después de la epopeya de la Cruz, por solicitud de Simón Pedro, el antiguo publicano fue a dirigir una floreciente iglesia cristiana en tierras de Cesarea, rico de amor y de humildad, dirigido por Jesús…

Lucas, 19: 1 al 10.

Los publicanos, en Israel, adquirían por cinco años y en subasta pública, el derecho de recaudar los impuestos, de manos de los dominadores romanos, excediéndose, muchas veces, por la exorbitancia de las tasas aduaneras y cobradas sobre la tierra. Eran divididos en tres ramos diferentes: Decumani (recibían los diezmos); Partitores, se encargaban de las aduanas, y Pecuarii recibían los impuestos sobre la tierra y los pastajes. Eran dirigido por el adquirente de los derechos de la cobranza a quien prestaban obediencia y a quienes se unían, por ser despreciados por sus compatriotas. Considerados como innobles por estar ligados al extranjero dominador y por infringir a la Ley y a Moisés, eran, por otro lado, detestados por los invasores que los subestimaban y los humillaban con reproches.
(Notas de la Autora Espiritual).

Amelia Rodrigues
Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “Las primicias del Reino”

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