La mujer hemorroisa

El corazón marchando a ritmo acelerado, le oprimía el pecho, y el aire que aspiraba, parecía cargado de humo. Desde el día anterior, la angustia dominaba su espíritu.

La noche le pareció interminable y una expectativa incomparable la asaltó desde que supo los lamentables acontecimientos del Huerto…

A la traición de Judas, le sucedió la deserción de los amigos, la negación de Pedro, y Él, a solas, fue el instrumento del escarnio y de la arrogancia de todos, conducido a la mayor humillación por aquellos que, desde hacía mucho, ambicionaban prenderlo.

Las noticias, en tono de cantilena causadora, corrían burlonas por todos los labios, y hasta eran repetidas por bocas que antes habían estado muertas y que ahora podían hablar gracias a Él.

El día había comenzado con un sol abrasante, que todo quemaba. El viento ardiente, en aquella hora de la tarde, escaldaba.

La siniestra caravana que lo empujaba en dirección al Gólgota, y que aún no había atravesado las puertas de salida de la ciudad, aumentaba cada vez más, con la afluencia de nuevos espectadores despiadados, los mismos que Lo saludaron pocos días antes, cuando Él llegó a Jerusalén.

Ella los oyó gritar: «¡Adelante! ¡Azotadlo!»

Sintió el dilacerar de su propio corazón.

La ladera, era de difícil acceso y las burlas continuaba mientras que el látigo vibrante rasgaba sus carnes ensangrentadas…

Ella Lo amaba, ¡sí! Lo amaba con todas las fuerzas de su corazón, de su vida. Vivía, porque había recibido la vida de Sus manos.

Miró a su alrededor, lagrimeante. Allí estaban, entre otros, María, Su madre, Magdalena, con las manos crispadas, llorando desesperadamente, Juana de Cusa, María de Cleofás, Salomé, Marta, Juan, todos ellos dominados por un dolor profundo. Tal vez, más lejos, estuviesen otros: Nicodemo, Zaqueo, José de Arimatea, Lázaro, los ciegos y paralíticos que recuperaron la salud, estupefactos, vencidos…

Y los gritos y las imprecaciones se redoblaron…

* * *

Había abandonado su ciudad natal, Cesarea de Filipo, en la Decápolis, desilusionada y marcada por el estigma humillante. Todos la consideraban impura, y por consiguiente, era despreciada.

Recurrió a todos los métodos curativos. Consultó inútilmente a los sacerdotes, a los médicos locales y a los que venían de otras tierras. La enfermedad despiadada, resistía a todos los remedios.

Se dejó exorcizar, usó los preceptos señalados por la Ley, se sometió a experiencias que la maltrataron intensamente, y no obstante ello, todo fue inútil. Su mal era un castigo, una señal de desventura impuesta por Dios.

Sin más esperanzas, y después de haber gastado cuanto poseía, resolvió trasladarse a la próspera Cafarnaúm, en la vana tentativa de conseguir un remedio no usado hasta entonces o de conocer algún médico que aún no hubiese consultado.

El flujo sanguíneo, sin embargo, no cesaba.

Se veía obligada a esconderse, ocultando la marca de su desdicha.

Ahora y por primera vez, tenía la oportunidad de hablar con Él.

Su nombre, Sus prodigios, los conocía por medio de aquellos que, de Sus manos, habían recibido la salud como máximo galardón. Y Él estaba allí, a pocos pasos.

Iba en dirección a la casa de Jairo, el jefe de la Sinagoga, cuya hija se encontraba entre las redes de la agonía, y toda la ciudad lamentaba aquella pérdida irreparable.

Habiéndolo amado por su bondad y por su comprensión de los problemas humanos, Jairo buscaba al Rabí desde muy temprano, por todos los lugares. Fue a la casa de Simón, lo buscó en la morada de los hijos de Zebedeo y por fin lo encontró en la playa, cuando regresaba de un viaje que había hecho al otro lado del mar. Y con Jairo, una gran y curiosa multitud lo siguió.

También ella estaba entre los que lo seguían, encontrándose a dos pasos de Él, dominada por una ansiedad incomparable. Le faltaba el coraje necesario para abordarlo, puesto que eran muchos los oídos atentos que estaban junto a ella. No eran pocos los que la conocían y las marcas de su miseria orgánica, delataban el mal que la había tornado excesivamente pusilánime. Delgada, vencida por la anemia, aún delante de los médicos, sentía el bochorno que le imponía la enfermedad. Con todo, pensó que, si desperdiciaba aquella oportunidad, perdería el minuto más precioso e importante de su vida.

Con la mente en torbellino, se aproximó emocionada, con miedo. Creía en Él. Lo sentía invadir su mundo interior, como si de Él se desprendiese una fuerza ignorada, milagrosa. ¡En sus ojos, en su porte, en todo su Ser había tanta serenidad y grandeza…!

En medio de la multitud que se iba adensando en la calle estrecha, sin poder controlar su íntimo torbellino, gritaba sin voz, pidiéndole ayuda sin palabras.

Venciendo la agonía que la asaltaba, con la visión turbada, en un movimiento irresistible, tocó el borde de las vestimentas del Rabí y… ¡Oh! ¡Ventura! La sangre dejó de manar; ya no sentía dolor alguno y toda ella experimentó una extraña e inusitada sensación.

Cuando aún no había recuperado el equilibrio, Lo oyó preguntar:

— “¿Quién me tocó?»

Y le dijeron sus discípulos:

— “Maestro, es la multitud que te atropella y comprime.»

Él miró alrededor, como buscándola.

En ese momento, la mujer se arrojó a sus pies y gritó:

— ¡Fui yo, Señor, que era desdichada! Sabía que, tocando tu vestimenta, podría recuperar mi salud.

—»Hija — le dijo con ternura y bondad — tu fe te salvó; vete en paz, que ya estás curada de tu mal.»

¡Qué inefables emociones las de aquel día! Hubiera permanecido allí, inmóvil y dominada por la gratitud, con lágrimas de júbilo y adorándolo, si hubiese podido. Y se vio llamada a la realidad, por los que indagaban sobre lo que le había sucedido.

Después de transcurridos algunos días, volvió a los suyos y a los sitios de donde viniera, del otro lado del mar. Todos querían verla, escuchar su narración, constatar su cura.

Junto con la salud recuperada, le vino también un ansia incontenible de modificar su vida. Recobró la paz del cuerpo, pero verificó que había perdido la paz del espíritu.

Después de conocer al Maestro, tenía la seguridad de haber encontrado la verdadera vida. Estar lejos de Él, era perderla. Sabía, sin poder comprender por qué, que Él, era el Enviado. Necesitaba abandonar todo y seguirlo…

Después de resistirse por algún tiempo, se despidió de los amigos y parientes – que antes la detestaban – y fue a Su encuentro. Desde entonces, oía Sus prédicas en la orilla del mar, o en las ciudadelas próximas, perdida entre la multitud.

Lentamente se llenaba su espíritu de paz, como el sol inunda de luz la tierra, cuando llega el carruaje de la madrugada. Y por seguirlo a todas partes, no ignoraba que había quienes lo detestaban; en lo íntimo de su corazón, temía por Él…

* * *

Las imprecaciones la despertaron. La realidad surgía dolorosa, en el clamor que manifestaba su odio e intemperancia.

Lo curvaba el peso de la cruz, al subir por aquella colina de Acra.

De pronto, Él resbaló y cayó. No pudo contenerse: tomó un paño de blancura inmaculada, que llevaba consigo y corrió junto a Él (1). No tuvieron tiempo de obligarla a retroceder.
Aquel semblante ensangrentado y dolorido, la amargaba profundamente. Envolvió la faz en el lienzo blanco y- la secó cariñosamente.

Cuando retiró el mismo, hubo una exclamación de estupor: había quedado estampado el rostro del Rabí, teñido por la sangre.

Entonces, gritó:

– ¡Eh! Vosotros que pasáis, ¡escuchadme! ¡Mirad … El llanto le embargaba la voz.

¡Látigo! —gritaban los judíos – ¡Látigo para Él! ¡Lacerémosle! ¡No tengamos piedad!

No obstante, ello, Él la miró demoradamente, en aquella fracción de minuto. Los labios entreabiertos nada dijeron. Sin embargo, ella oyó en su interior Su voz. como antes:

—¡Ve en paz! Me acordaré de ti.

La caravana atravesó la Puerta Judicial, descendió la ladera y comenzó a subir la colina de la Calavera. Él cayó nuevamente. El clamor de angustia de las mujeres se elevó sobre el vocerío.

Macerado y trémulo, magnetizando a la multitud con Su mirar dolorido, dijo:

—»Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad mejor por vosotras mismas y por vuestros hijos», Vendrán días amargos y terribles en que clamaréis: «Bienaventuradas las estériles y los vientres que no engendran y los pechos que no amamantan!» clamaréis a los montes: “¡Caed sobre nosotros y cubridnos!» «Pues si tal acontece al leño verde, ¿qué harán del seco?» (2)

Llegando al tope de la colina, comenzaron a desvestirlo…

Después, más tarde, estaba muerto.

Al pie de la cruz, recordando Sus hechos, rememoró Sus palabras:

—»Y cuando sea elevado por encima de la tierra, atraeré a todos hacia mí.» (3)

Él estaba erguido. La multitud lo seguiría después.

Descendió del monte y salió a servirlo, acompañando a los que lo amaban.

(*) Mateo 9: 20 al 22.
Mareos 5: 25 al 34.
Lucas 8: 43 al 48.
(1) Pese a que, en Actos de Pilatos, uno de los Evangelios apócrifos, informen que esa mujer llamada Verónica o Berenice es la misma hemorroísa, Eusebio de Cesarea, el historiador, aclara que, después de curada, la portadora del flujo sanguíneo retornó a sus tierras y mandó fundir, en bronce lo hecho por Jesús con relación a ella y lo colocó en la puerta de entrada de su casa. ÉL mismo tuvo ocasión de verlo. No obstante, preferimos la información contenida en «Los Actos de Pilatos»
(2) Lucas 23: 27 al 31.
(3) Juan 12: 32.
(Notas de la Autora Espiritual).

Amelia Rodrigues
Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “Las primicias del Reino”

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