Se limpio

La felicidad se expandía bulliciosa en su alma, como si una cascada acabara de irrumpir cantando una estruendosa sinfonía (*).

Ocurrió repentinamente.

Lo vio a lo lejos, descendiendo de la montaña y la multitud con Él, Parecía nimbado de extraña luz.

A su alrededor había un halo de serena tranquilidad. Algo pasó dentro de sí.

Un coraje inusitado lo impulsó hacia adelante. Hasta entonces, había sido un animal desvariado, capturado y forajido.

Imposibilitado de entrar en las ciudades, vagaba por los campos, casi siempre integrado a la farándula de los desgraciados de su jaez.

Cuando afloraron las primeras manchas violáceas en la piel tostada y las pústulas nauseabundas y dolorosas comenzaron a tomar cuenta de su cuerpo, también comenzó a morir…

Todos lo despreciaron.

Los vínculos de la familia se quebraron y los sueños de la juventud se convirtieron en tinieblas horribles. Fue acosado y expulsado. Su nombre y procedencia pertenecían al pasado. Ahora, ¡era solamente un inmundo!

Los dolores terribles mataron su fe, así como troncharon todas sus esperanzas. Era un apátrida en el propio lugar de su nacimiento. Un forajido sin haber cometido crimen alguno.

Mezclado entre los animales, se cubría con el manto de las noches estrelladas y con los trapos infectos, y ante el azote de los vientos y la caída de las lluvias, disputaba las cuevas a las fieras y los desperdicios, a los perros…

Había perdido la facultad de llorar. Se insensibilizó.

Tan sólo sentía su propio dolor, profundo y cruel, castigándolo sin cesar.

* * *

— ¡Señor, si tu quisieras, podrías limpiarme!” Yo creo que eres Aquel a quien todos esperarnos. Di ¡quiero…!

Las lágrimas fluyeron por primera vez a sus ojos, después de muchos años. La voz se le estranguló en la garganta entumecida.

—”¡Quiero: sé limpio!”

Un estertor nervioso sacudió todas sus fibras. Un inmenso descontrol se adueñó de su organismo exhausto. Deseó gritar, pero no pudo hacerlo. Experimentaba la sensación de una transformador general y violenta.

Estupefacto, sin el dominio de la razón, seguía, atónito, la renovación que se operaba rápidamente en sus tejidos febriles y putrefactos.

Su cuerpo, era nuevamente un diamante entre las telas toscas de sus harapos. Se arrojó al suelo y gritó tartamudeando:

—¿Qué quieres… que yo… haga…?

¡Oh! ¡Infinita alegría!

Todo su ser se estremecía de júbilo.

—”No lo digas a nadie. Ve, muéstrate al sacerdote y ofrece, por tu purificación, lo que Moisés determinó, para que les sirvas de testimonio”.

El extraño Rabí se tornó diáfano. Irradiaba una belleza incomparable. Parecía sonreír.

La turba se acercó, muda de asombro y constató la cura. Mientras tanto él, radiante y desbordante de emociones, echó a correr. Con la mente en torbellino, el corazón palpitante, volvió a la ciudad.

Antes, había sido expulsado a pedradas. Ahora retornaba cantando felicidad. Mientras tanto, sin poder guardar silencio por el camino, fue contando el prodigio de que había sido objeto.

* * *

La noche cayó sin preámbulos. A la luz de las estrellas lejanas, el Maestro reunió a los discípulos, en agradable tertulia.

Cuando llegó la hora de la cena, estando preparada ya la hoguera acogedora, fueron distribuidos el pan y los pescados ahumados. Acercándose al Rabí, Simón indago, curioso:

—¿Era necesario que el leproso pagase el tributo?

— Es justo respetar la ley, respondió Jesús.

Y deseando aclarar el acontecimiento a los compañeros, aún no repuestos de la gran emoción vivida, prosiguió:

– Legalmente, él estaba muerto. Devuelto a la vida, por merced de Nuestro Padre, tiene que ser reconocido por aquellos que representan la tradición. Al tributo no lo interpretemos, como mero pago o loa, sino como testimonio por reingresar a los estatutos de los hombres.

Azuzado por la curiosidad, Andrés indagó:

– ¿Fue lógica la recomendación de silencio? ¿No es más necesario que todos identifiquen las señales del Mensaje de Vida, para que se predispongan al Reino de Dios, que está próximo?

El Maestro extendió su mirada por los alrededores, como queriendo delimitar los sitios en donde se encontraba, y respondió:

—No hace mucho tiempo, os dije que erais la sal de la Tierra… ¿Para qué sirve la sal si pierde su sabor? Diluyéndose en la comida, la sal se torna presente sin alardes y todos la pueden identificar…

Después de una breve pausa y como si desease caracterizar mejor los días próximos, esclareció:

—El Reino de los Cielos no se advertirá por las atracciones externas. La Tierra, siempre fue pródiga de hombres y mujeres extraordinarios, profetas y rabies, curadores y adivinos, y sin embargo, el Hijo del Hombre ha estado velando por encima de todos ellos.

Y elucidando mejor a los discípulos incipientes. prosiguió:

— El leproso de hoy, se contaminó espiritualmente en un pasado no lejano. Ayer, soberbio y egoísta, se bañó en las lágrimas de los oprimidos, abusando de su cuerpo como los vientos bravíos lo hacen de las datileras solitarias. Retornó a los caminos del tormento, interiormente atormentado, para resarcirse penosamente. El legado que hoy recibió es, ante todo, de responsabilidad, más que de merecimiento. El Padre misericordioso no desea la punición del hijo rebelde o ingrato, sino su renovación…

Y como si consultase el leve murmullo de la noche, finalizó con un acento de tristeza en la voz:

—Sin embargo, no todos pueden compren esto.

—En este momento, palpando las carnes restablecidas, exhibe el cuerpo a los curiosos y habla sobre Aquel a quien desconoce, con alegría y liviandad. La cura más importante no la experimentó: es aquella que no pertenece a las formas sino al espíritu. A pesar de haber sido lavada su lepra exterior, él continúa leproso. Tened cuidado con el contagio de las miserias que los ojos no ven, pero que entenebrecen la razón y perturban el corazón…

Simón, deseando más esclarecimientos, indagó con respeto.

— Rabí, si el enfermo no se puede beneficiar con la cura, ¿prestó ésta alguna utilidad?
Simón — respondió, bondadoso, Jesús —, el Reino de los Cielos es un mensaje de amor para todos: desalentados y sufrientes, atormentados y enfermos, todos recibirán la invitación de acuerdo con sus necesidades. A nosotros nos corresponde diseminar las dádivas de luz y de bendiciones, sin la preocupación inmediata de cómo serán recibidas o utilizadas. Cada corazón es responsable de las simientes que recoge. Disfrutando de la dádiva de luz, puede escoger libremente dónde atesorará las esperanzas. El sol distribuye vida en todo lugar, indistintamente, y aunque el pantano continúe pútrido, el astro rey insiste sobre él, donde la peste y la muerte se abrigan, sembrando esperanzas…

Se levantó y apartándose del grupo en silencio, se sumergió en la noche y desapareció.

Al fondo, la montaña continuaba envuelta en sombras. Y mientras las gemas de los minutos formaban el collar de los siglos, los acontecimientos de aquel día entraban en los días del mañana sin fin …

(*) Mateo 8: 1 al 4
Marcos 1: 40 al 45
Lucas 5: 12 al 16
(Nota de la Autora Espiritual)

Amelia Rodrigues
Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “Las primicias del Reino”

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