Madurez y consciencia

La consciencia alcanza la plena conquista, cuando el ser madura en su proceso psicológico de evolución.

Esa madurez es el resultado de un continuo esfuerzo en favor del autoconocimiento y del coraje para enfrentarse, trabando con esfuerzo intimo las limitaciones y los procesos infantiles que en él aun predominan.

No sabiendo superar las frustraciones, se fija en el inconsciente y se torna su víctima, huyendo para los mecanismos de la irresponsabilidad toda vez que se ve a brazos con dificultades y enfrentamientos.

La madurez psicológica no se restringe al periodo de desarrollo de la infancia, y si, a las varias fases de la vida, considerándose que el aprendizaje y el crecimiento no cesan nunca, tornándose una constante hasta el momento de la individualización, en el cual el espíritu comanda la materia y el estado mental se mantiene en armonía con lo físico.

No sea de extrañar que individuos adultos mantengan comportamientos infantiles y que jóvenes se presenten con equilibrada madurez.

Naturalmente, el espíritu es el agente de la vida y de él proceden los valores que son o no considerados durante la existencia corporal.

El mecanismo para la madurez psicológica del ser se expresa de manera natural, aguardando que la voluntad y el continuo esfuerzo para el reconocimiento de las debilidades físicas, emocionales y otras, proporcionan el ánimo para corregirlas y superarlas.

Las funciones psíquicas, que Jung clasificó en número de cuatro – sensorial, sentimental, intelectual e intuitiva – deben constituir un todo armónico, sin predominancia de alguna en detrimento de la otra, proporcionando la madurez, por tanto, la plena realización de la consciencia.

La madurez psicológica se exterioriza cuando se ama, cuando se alcanza ese sentimiento extraído, demostrando la liberación de la edad infantil.

Egocéntrico y ambicioso, el niño se apega a la posesión y no dona, exigiendo ser protegido y jamás protegiendo, amado sin saber amar, ni como expresarlo. Su amor es posesivo y siempre se revela en el recibir, en el tomar.

Su tiempo es presente total. El adulto, diferenciándose de él, comprende que el amor es la ciencia y arte de donar, de proporcionar felicidad a otro.

Su tiempo es el futuro, que el momento construye etapa a etapa, a la medida que madura su afectividad y su psiquismo.

Mientras el amor no siente placer en donar, experimenta el periodo infantil, caracterizándose por la envidia, por la inseguridad, por las exigencias inoportunas, por tanto, egocéntrico, impropio.

Quien ama con madurez, se llena con la felicidad del ser amado y se beneficia por el placer de amar.

Hay en él comprensión de libertad que alcanza los niveles elevados de la renuncia personal, en favor del amplio movimiento y alegría del ser amado.

Lo que hoy no consigue, siembra en esperanza para el mañana.

El anciano maduro se realiza en constantes experiencias de amor y vivencia culturales, emocionales, sociales caritativos, libres del pasado, de las reminiscencias que le constituyen placer disfrutado, sin embargo, sin sentido.

Como el crecimiento del hombre maduro no termina, su consciencia lo promueve a la certeza de que, desvestido del cuerpo, él proseguirá evolucionando.
Sintetizando toda la sabiduría de que era portador, Jesús, en la condición de Psicólogo Excelente, prescribió para las criaturas humanas la necesidad de amarse unos a los otros.

Con esta lección impar, no solamente reformuló las propuestas egocéntricas de la Ley Antigua, de reacciones crueles, por tanto, infantiles, como abrió perspectivas extraordinarias para la integración de la criatura con su Creador, el Amor Supremo.

Posteriormente, buscando proporcionar la madurez de las criaturas, Allan Kardec preguntó a los Mensajeros de la Luz, en la pregunta número 893 de “El libro de los Espíritus”:

– ¿Cuál es la más meritoria de todas las virtudes?

Y ellos respondieron:

– Toda virtud tiene su mérito propio, porque todas indican progreso en la senda del bien. Hay virtud siempre que hay resistencia voluntaria al arrastre de las malas tendencias. La sublimidad de la virtud, pues, está en el sacrificio del interés personal, por el bien del prójimo, sin pensamiento oculto. La más meritoria es la que asienta en la más desinteresada caridad. Dado que, a través del autoconocimiento, el ser pensante descubre las propias imperfecciones, las trabaja y, llevado por la necesidad gregaria, sale de la soledad y ama.

Espíritu Joanna de Ângelis
Médium Divaldo Pereira Franco
Momentos de consciencia
Traducido por R Bertolinni

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