El obsesado Gadareno

El mar era un espejo levemente ondulado, reflejando las partículas de luz del sol naciente y arrojando dardos de oro. (*)

El mes de Kislev (1), portador de las tempestades, es también el mensajero de la fertilidad, conductor de los vientos perfumados y suaves.

Se oía por los alrededores ruidos atenuados, y los peñascos tristes de Gergesa o Gerasa quedaban atrás.

Las laderas negras y viscosas, gastadas por las brisas marinas se mostraban tétricas, sin ninguna vegetación. Se diría que era un suelo ingrato donde nada crece a excepción de espinos y cardos silvestres.

En lo alto, un grupo de hombres, mujeres y niños, alargando la mirada sobre la faz líquida del mar, preciosa, concesión del Jordán a lo largo de su generoso curso, interrogaba sin palabras.

El barco se deslizaba suavemente, casi en silencio, con la gran vela llena por el viento, semejante a un ala movible que ensombrecía las aguas. En la popa, la figura de Jesús parecía una exclamación de dolor. Mirando la tierra agreste y desnuda, sentía el sufrimiento de la gente que allí habitaba.

Hacía mucho que había programado aquella visita a las tierras que se encontraban en las montañas de Bazán, en la Decápolis, alimentando la posibilidad de llevar hasta allí el mensaje de la Buena Nueva. Proclamar y difundir las primicias del Reino era Su ventura, pues para ello había venido. Vivir con el pueblo, sufrir las aflicciones del pueblo, pero, sobre todo, esclarecer y liberar el espíritu del pueblo de los grilletes vigorosos de la ignorancia y de la superstición.

El pueblo era su rebaño. Para ese rebaño vino a dar la vida. Sin embargo, era necesario que las ovejas conociesen a su pastor a fin de que pudieran identificar su voz y obedecer a su llamado. A pesar de eso, experimentaba un sufrimiento profundo porque el pueblo no lo comprendía; era el sufrimiento que nace del amor desdeñado.

Gerasa no lo recibió, pese al tono festivo con que anunció su llegada y a la ofrenda preciosa que donó al aproximarse a sus límites. ¿No había roto las ligaduras que ataban al obsesado a la obsesión, como el rayo luminoso penetra en la espesura de la noche y anuncia la fuerza de su presencia?

Los gerasenos comerciaban con cerdos y prefirieron a éstos en vez de a Él, el Amigo que quisieron ignorar… El viento melodioso encrespaba las aguas, haciendo que su musicalidad vibrara en la tristeza que envolvía al barco, y azotaba los cabellos de los hombres preocupados y silenciosos. Gerasa los había herido con un gran dolor…

* * *

Alguien preguntó, parado en la pequeña planicie del peñasco, observando al barco que se perdía en la distancia:

— ¿Quién era?

– No sabemos —respondió otro.

— ¿Por qué nos quería hablar? ¿Nos traía algo?

— Ni siquiera lo dejamos hablar; no lo indagamos.

— ¿Qué desearía de nosotros?

— No tenemos idea. Tal vez haya sido mejor expulsarlo de nuestras tierras, como lo hicimos.

— Tal vez…

Y como se habían vuelto para contemplar la embarcación, que bien podría ser considerada un punto en la inmensidad, una mujer sugirió:

— Parecía un Rabí, de esos que andan por la Galilea…

— ¿Qué nos puede ofrecer de bueno la Galilea? —respondió airadamente un representante de la ciudad. — Lo que sí podemos afirmar, son los perjuicios que nos ha ocasionado.

– ¿Y dónde se encuentra el endemoniado? —preguntó otro.

—¡Busquémoslo! — exclamó, encolerizado un joven. — Hagámoslo confesar. Él es el portador de espíritus inmundos y por lo tanto podemos ser rigurosos con él.

— Tengamos cuidado – advirtió un comerciante de puercos -. Los daños de hoy son voluminosos; perdimos nuestros mejores cerdos y esto va a afectar la economía de nuestra ciudad. El enfermo parece recuperado. Dejémoslo…

El barco era… una casi nada en el mar.

El día bordaba la tierra de luz y la naturaleza se agitaba colmada de fiesta. Mil ecos entonaban un cántico de alegría. Desde los peñascos de Gerasa, podía verse el otro lado del mar.

Los gerasenos volvieron a la ciudad, a dos kilómetros de allí, donde se erguía el caserío de arquitectura griega, cercado de ricos pastizales que se perdían en los límites del desierto.
Jesús y los discípulos retornaron a Cafarnaúm.

* * *

Recordaba que todo había sido muy simple.

El alba aún no había corrido los pesados mantos de su rostro de luz, cuando él escuchó rumor de pasos, en medio del pavor en que vivía. Se irguió de un túmulo vacío, de los muchos existentes en las cavernas excavadas en la roca, entre las cuestas usadas como criptas sepulcrales. Sintió de pronto la fuerza de las furias que lo dominaban, en terrible y nefasta subyugación.

Podía formarse una idea de lo que había hecho, por las equimosis y hematomas que mostraba en el cuerpo dolorido y los miembros laxos, por el gusto a sangre en la boca, y el inmenso cansancio que lo poseía…

¡Cuánto había descendido! —meditaba—. Los juegos del placer en los antros de perdición lo llevaron a aquel estado. Atormentado por fuerzas subyugadoras, abandonó el hogar y a la familia, colocando en los labios de los padres la copa de amarguras sin par, al punto de hacerlos sucumbir de vergüenza y horror, en los laberintos del sufrimiento.

Comenzó a caer muy joven, hasta enlodazarse entre los cerdos y buscó la sombra de las sepulturas, donde se refugiaban los endemoniados, manteniendo en las muñecas y los tobillos, trozos de cuerdas inmundas y un eslabón de hierro, como los que se colocaban a los animales feroces…

Ahora recordaba las torpezas y sufrimientos y no podía evitar las lágrimas que vertía en abundancia. Vagó por los bosques cercanos, disputando a los animales los restos alimenticios o, desvariado, pasó días interminables en indescriptibles peleas, luchando contra animales salvajes que lo aniquilaban…

Ordenando los pensamientos, recordaba tan sólo el aire fresco que lo envolvió, y aquellos dos ojos tranquilos y buenos que lo bañaron de agradable armonía.

— ¡Señor…! —balbuceó, nervioso, debilitado y empapado de sudo. – ¿Qué quieres que haga…?

—»Vuelve a tu casa y cuenta cuán grandes cosas te concedió Dios.»

— No tenga a nadie, respondió. Los míos me odian por lo mucho que los hice sufrir. Déjame seguir contigo, ya que te apiadaste de mí.

– ¡No, por ahora no! Ve primero a anunciar lo que recibiste, para que todos sepan lo que puede hacer el Hijo del Hombre.

Se irguió de un salto y salió corriendo, seguido de cerca por los propietarios de los cerdos que se habían despeñado en el abismo. Sin embargo, ignoraba cómo habían sucedido las cosas.

Estaba libre. Es decir, ¡en plena libertad! Gritaba, trastornado de felicidad. Y también sonreía. Los otros lo miraban con miedo y lo escuchaban, sin dar crédito a sus palabras, pese a la curación de que daba muestras.

Legión, así era llamado debido a los espíritus inferiores que le dominaban; era temido y detestado. Sin embargo, fueron inútiles sus explicaciones y el testimonio elocuente de su juicio equilibrado. Y cuando Él se acercó a las puertas de la ciudad, lo recibieron sin ninguna consideración, sin ningún respeto, expulsándolo de inmediato.

En los días subsiguientes. Él anunció por donde estuvo, la promesa del Hijo del Hombre. Empero, los gerasenos, indignados por no haber disfrutado de su presencia y Sus dádivas, guardaban en lo íntimo un sordo despecho contra el exendemoniado, que no tardó en manifestarse en cólera generalizada:

— «Ya que Él te curó – exclamaron perentorios – y para ti vale más que nosotros, vete a su lado y déjanos, lo mismo que a nuestras tierras.»

El odio popular es como un huracán sin ruta, que destruye todo lo que encuentra, en su vorágine.

— ¡Vete! —gritaban las voces—. ¡Olvídate de nosotros!

Una piedra surcó el espacio; gotas de sangre caliente alcanzaron el suelo y el polvo del camino se hizo barro en la tierra. Los ojos del recién curado se enrojecieron, la boca se torció en rictus extraño, y exclamó:

—¡Maldita seas, Censa, que expulsas a tus hijos y desprecias a los Enviados!

Aquella voz resonó como poderoso trueno y los lugareños, presentes en aquella escena de vergüenza y dolor, jamás olvidaron lo que vieron aquellos días, ni las expresiones de aquellos dos hombres a los cuales les cerraban sus puertas.

* * *

Después de caminar por las tierras de la Decápolis, narrando la cura que le había hecho el Galileo, demandó las playas del otro lado del mar, y se perdió entre la multitud, que seguía las prédicas en el lago y en las ciudades, en los montes y al borde de los caminos, ofreciendo sus manos y sus brazos a los afligidos y abatidos que necesitaban ayuda.

Nunca más se apartó de los sufrientes, sus hermanos de infortunio. Procuraba darles la fortuna de la esperanza, como él mismo la había recibido del Rabí. Lo seguía, deslumbrado y agradecido, dando lo que recibió y amando como fue amado, trabajando también, por la extensión del Reino de Dios, que Él anunciaba.

(*) Mateo 8: 28 al 34.
Marcos 5: 1 al 11.
Lucas 8: 26 al 39.
(1) diciembre-enero. (Nota de la Autora Espiritual)

Amelia Rodrigues
Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “Las primicias del Reino”

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