El instinto y la inteligencia

11. – ¿Qué diferencia hay entre el instinto y la inteligencia? ¿Dónde termina uno y dónde comienza la otra? ¿Es el instinto una inteligencia rudimentaria o es una facultad distinta, un atributo exclusivo de la materia? El instinto es la fuerza oculta que induce a los seres orgánicos a actos espontáneos e involuntarios con miras a su conservación. En los actos instintivos, no hay ni reflexión, ni combinación, ni premeditación. Es así como la planta busca el aire, se vuelve hacia la luz, dirige sus raíces hacia el agua y la tierra nutritiva; como la flor se abre y se cierra, alternativamente, según la necesidad; que las plantas trepadoras se enroscan alrededor de su punto de apoyo, o se enganchan con sus zarcillos. Es por el instinto que los animales son advertidos de lo que les es provechoso o nocivo; que se dirigen, según las estaciones, hacia los climas propicios; que construyen, sin lecciones preliminares, con más o menos arte, según las especies, lechos tiernos y abrigos para sus crías, ingeniosas trampas para atrapar a la presa de la cual se nutren; que manejan, con destreza, las armas ofensivas y defensivas de las que están provistos; que los sexos se aproximan; que la madre alimenta a sus pequeños y éstos buscan el seno de la madre.

Entre los hombres, el instinto domina exclusivamente en el principio de la vida; es por el instinto que el niño hace sus primeros movimientos, que agarra su alimento, que grita para expresar sus necesidades, que imita el sonido de la voz, que ensaya a hablar y andar. Incluso en el adulto mismo, ciertos actos son instintivos: tales como los movimientos espontáneos para evitar un peligro, para apartarse de un riesgo, para mantener el equilibrio; tales son también el pestañeo de los párpados para atenuar la claridad de la luz, la apertura maquinal de la boca para respirar, etc.

12. – La inteligencia se revela por actos voluntarios, reflexivos, premeditados, combinados, según la oportunidad de las circunstancias. Es incuestionablemente un atributo exclusivo del alma. Todo acto maquinal es instintivo; el que denota la reflexión, la combinación, una deliberación, es inteligente; uno es libre, el otro no lo es. El instinto es un guía seguro, que jamás engaña; la inteligencia, sólo por el hecho de ser libre, a veces, está sujeta a error. Si el acto instintivo no tiene el carácter del acto inteligente, a pesar de eso, revela una causa inteligente, esencialmente previsora. Si se admite que el instinto tiene su origen en la materia, es preciso admitir que la materia es inteligente, seguramente, aun más inteligente y previsora que el alma, puesto que el instinto no se engaña, mientras que la inteligencia se engaña. Si se considera el instinto como una inteligencia rudimentaria, ¿cómo se explica que, en ciertos casos, sea superior a la inteligencia racional? ¿Qué puede darle la posibilidad de ejecutar cosas que la inteligencia no puede producir? Si es el atributo de un principio espiritual ¿qué será este principio? Una vez que el instinto desaparezca ¿sería aniquilado? Si los animales no están dotados más que de instintos, su futuro no tiene resultado; sus sufrimientos no tienen ninguna compensación. Esto no estaría conforme ni con la justicia ni con la bondad de Dios. (Cap. II, N° 19).

13. – Según otro sistema, el instinto y la inteligencia tendrían un mismo y único principio; en un comienzo sólo poseerían las cualidades del instinto, mas, llegado a cierto grado de su desarrollo, sufriría una transformación que le otorgaría las de la inteligencia libre. Si así fuese, en el hombre inteligente que pierde la razón, y ya no se guía sino por el instinto, la inteligencia retornaría a su estado primitivo; y, cuando recobrase la razón, el instinto se tornaría inteligente, y así alternativamente, a cada acceso, lo que no es admisible. Además, con frecuencia, la inteligencia y el instinto se muestran simultáneamente en el mismo acto. Al andar, por ejemplo, el movimiento de las piernas es instintivo; el hombre coloca un pie delante del otro, maquinalmente, sin pensar en ello; pero, cuando quiere acelerar, o moderar su marcha, levantar el pie o desviarse para evitar un obstáculo, hay cálculo, combinación; actúa con propósito deliberado. El impulso involuntario del movimiento es acto instintivo, la dirección calculada del movimiento es el acto inteligente. El animal carnívoro es llevado, por el instinto, a alimentarse de carne; pero las precauciones que toma, varían según las circunstancias, para atrapar a la presa y su previsión ante las eventualidades, son actos de la inteligencia.

14. – Otra hipótesis que, por lo demás, se alía perfectamente a la idea de la unidad de principio, resulta del carácter esencialmente previsor del instinto, y concuerda, con lo que nos enseña el Espiritismo, en cuanto a las relaciones del mundo espiritual y el mundo corporal. Se sabe ahora, que los Espíritus desencarnados tienen por misión velar por los encarnados de quienes son protectores y guías; que los envuelven con sus efluvios fluídicos; que el hombre actúa a menudo, de manera inconsciente, bajo la acción de esos efluvios. Se sabe, además, que el instinto, que produce actos inconscientes, predomina en los niños, y, en general, en los seres cuya razón es débil. Mas, según esta hipótesis, el instinto no sería un atributo ni del alma, ni de la materia; no pertenecería al ser vivo, sino que sería un efecto de la acción directa de los protectores invisibles, que suplirían la imperfección de la inteligencia, provocando, ellos mismos los actos inconscientes necesarios para la conservación del ser. Sería como el andador con cuyo auxilio se sostiene el niño que no sabe todavía caminar. Pero, así como se suprime, gradualmente, el uso de andadores a medida que el niño se sostiene solo, los Espíritus protectores dejan a sus protegidos entregados a sí mismos, a medida que éstos pueden guiarse por su propia inteligencia. Así, el instinto, lejos de ser el producto de una inteligencia rudimentaria e incompleta, sería el resultado de una inteligencia extraña en la plenitud de su fuerza; inteligencia protectora, supliendo la insuficiencia, bien sea de una inteligencia más joven, que la llevaría a hacer, inconscientemente, para su bien, lo que ésta fuese incapaz de hacer por sí misma, o bien de una inteligencia madura, pero, momentáneamente, impedida en el uso de sus facultades, así como ocurre en el hombre, en su infancia, y en los casos de idiotismo y de afecciones mentales. Dícese, proverbialmente, que hay un dios para los niños, los locos y los borrachos; ese refrán es más verdadero de lo que se cree; ese dios no es otro que el Espíritu protector, que vela sobre el ser incapaz de protegerse por su propia razón.

15. – En este orden de ideas, se puede ir más lejos. Esta teoría, por racional que sea, no resuelve todas las dificultades de la cuestión. Si se observan los efectos del instinto, se nota, antes de todo, una unidad de miras y de conjunto, una garantía de resultados, que no existen más cuando el instinto es sustituido por la inteligencia libre; se reconoce además una profunda sabiduría, en la apropiación tan perfecta y tan constante de facultades instintivas a las necesidades de cada especie. Esta unidad de miras no podría existir sin la unidad de pensamientos, y la unidad de pensamientos es incompatible con la diversidad de las aptitudes individuales. Sólo ella puede producir ese conjunto tan perfectamente armonioso, que prosigue, desde el origen de los tiempos y en todos los climas, con una regularidad y precisión matemáticas, sin fallar jamás. La uniformidad en el resultado de las facultades instintivas es un hecho característico que implica, forzosamente, en la unidad de la causa; si esa causa fuera inherente a cada individualidad, habría tantas variedades de instinto como hay de individuos, desde la planta hasta el hombre.

Un efecto general, uniforme y constante, debe tener una causa general, uniforme y constante; un efecto que denota sabiduría y previsión debe tener una causa sabia y previsora. Ahora bien, una causa sabia y previsora, siendo necesariamente inteligente, no podría ser exclusivamente material. No encontrándose en las criaturas, encarnadas ni desencarnadas, las cualidades necesarias para producir tal resultado, será preciso remontar más alto, es decir, al Creador mismo. Reportándonos a la explicación, que se ha dado, sobre la manera como puede concebirse la acción providencial (Cap. II, Nº 24); si nos imaginamos a todos los seres penetrados por el fluido divino, soberanamente inteligente, se comprenderá la sabiduría previsora y la unidad de miras que presiden a todos los movimientos instintivos, para el bien de cada individuo. Esta solicitud es tanto más activa cuanto menos recursos tenga el individuo, en sí mismo y en su propia inteligencia; por eso se muestra más grande y absoluta en los animales y en los seres inferiores que en el hombre. Según esta teoría, se comprende que el instinto es un guía seguro. El instinto maternal, el más noble de todos, que el Materialismo rebaja al nivel de las fuerzas atractivas de la materia, se halla realzado y ennoblecido. En razón de sus consecuencias, no sería necesario entregarlo a las eventualidades caprichosas de la inteligencia y del libre albedrío. Dios mismo vela por sus criaturas nacientes a través del organismo de la madre.

16. – Esta teoría no destruye, en nada, el papel de los Espíritus protectores, cuyo concurso es un hecho admitido y comprobado por la experiencia. Pero hay que notar que la acción de éstos es esencialmente individual y se modifica según las cualidades peculiares del protector y del protegido, y que, en ninguna parte, tiene la uniformidad y la generalidad del instinto. Dios, en su sabiduría, conduce por sí mismo a los ciegos, mas, confía a las inteligencias libres el cuidado de conducir a los clarividentes, para dejar, a cada uno, la responsabilidad de sus actos. La misión de los Espíritus protectores es un deber que aceptan voluntariamente y que constituye, para ellos, un medio de adelanto, según la manera como la cumplan.

17. – Todas estas maneras de considerar el instinto son necesariamente hipotéticas, y ninguna tiene un carácter suficiente de autenticidad para ser dada como solución definitiva. La cuestión se resolverá algún día, cuando se hayan reunido los elementos de observación que faltan ahora; hasta eso es preciso limitarse a someter las diversas opiniones al tamiz de la razón y de la lógica y esperar que se haga la luz; la solución que más se aproxima a la verdad será necesariamente, la que corresponda mejora los atributos de Dios, es decir, a la soberana bondad, a la soberana justicia (Cap. II, N° 19).

18. – Siendo el instinto el guía, y las pasiones las impulsoras de las almas, en el primer período de su desarrollo, se confunden en sus efectos. Hay, sin embargo, entre estos dos principios, diferencias que es esencial considerar. El instinto es un guía seguro, siempre bueno; en determinado momento, podrá llegar a ser inútil, mas, nunca perjudicial; se debilita con el predominio de la inteligencia. Las pasiones, en las primeras edades del alma, tienen, de común con el instinto, el hecho de que los seres son impulsados por una fuerza igualmente inconsciente. Ellas nacen, más particularmente, de las necesidades del cuerpo, y se prenden más que el instinto, al organismo. Lo que las distingue, sobre todo, del instinto, es que son individuales y no producen, como este último, efectos generales y uniformes; al contrario se las ve variar en intensidad y naturaleza, según los individuos. Son útiles, como estimulantes, hasta la eclosión del sentido moral, que de un ser pasivo, hace un ser racional; en ese momento, se hacen no sólo inútiles, sino también nocivas al adelantamiento del Espíritu, cuya desmaterialización retardan; se debilitan con el desarrollo de la razón.

19. – El hombre que no actuara constantemente sino por el instinto, podría ser muy bueno, pero dejaría dormir su inteligencia; sería como el niño que no abandonara los andadores y no supiera servirse de sus miembros. El que no domina sus pasiones puede ser muy inteligente, pero, al mismo tiempo muy malo. El instinto se aniquila por sí mismo; las pasiones no se doman sino por el esfuerzo de la voluntad.

Allan Kardec
Extraído del libro «La génesis»

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